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Una mujer siempre debe ir bien vestida, peinada, perfumada y con una sonrisa

21 de febrero de 2018

Aglaia Berlutti



En un mundo de progreso, avances y luchas sociales sigue siendo malo ser feminista. ¿Pero por qué aún queda tanto camino por delante? La siguiente crónica de Aglaia Berlutti es un cuestionamiento abierto, una denuncia social desde la voz de la inocencia; pero también es una búsqueda en la memoria del momento exacto en el que la identidad de la mujer es cuestionada.





DOLOR Y AMOR EN TIEMPOS DEL NUEVO FEMINISMO


En una ocasión, mi madre me insistió en que yo había nacido inconforme. La idea me hizo reír, porque jamás me he considerado especialmente “rebelde”, sino más bien muy consciente del hecho de la justicia y de la forma en que la comprendo como parte de mi vida. Mi mamá sacudió la cabeza, muy convencida de su extraño concepto.


—Creo que siempre fuiste un poco de jamás aceptar nada. Oponerte por mero instinto a cualquier cosa que pudiera parecerte injusta —respondió mi madre. —Supongo que esa es la raíz de cualquiera que se piensa a sí mismo como parte de un movimiento reivindicatorio.


— Nací feminista, entonces —bromeé. Mi madre me dedicó una de sus miradas burlonas.


—Naciste inconforme, como le ocurre a todos. Sólo que creo que en algún punto, decidiste que eso era bueno y que no había necesidad de justificarte por serlo.


Tenía razón. O al menos me sorprendió pensarme a mí misma de esa manera. Como dije, nunca me he considerado especialmente rebelde, contestataria o idealista. De hecho, con los años he descubierto que quizá mi mayor virtud intelectual es la curiosidad; la necesidad de hacerme preguntas, de cuestionarme una y otra vez lo que cualquiera podía considerar absoluto. En algunas ocasiones eso me ha resultado útil. En otras, no tanto. Probablemente en lo que respecta al feminismo fue el detonante para algo más. Atreverme a mirar a mi alrededor y preguntarme: ¿por qué el mundo es como es?, ¿y por qué debo aceptarlo?


No es una pregunta sencilla. Recuerdo que la primera vez que me la hice fue cuando un desconocido me riñó en plena calle por llevar el cabello desgreñado y la camisa blanca del colegio sucia y arrugada. Para mi sorpresa, aquel hombre de rostro sonrojado y gordo parecía especialmente disgustado por mi aspecto.


—Muchacha, ande pa’ su casa y arréglese como una niña— me reclamó. Y lo hizo delante de una pequeña multitud de transeúntes que me miraron con cierto interés, y al parecer bastante de acuerdo con el comentario. De pie en la calle, lo miré alejarse, alarmada y confundida por lo que acababa de ocurrir.


Cuando llegué a casa, me miré en el espejo con una creciente sensación de miedo que no supe explicar muy bien. Seguía teniendo el aspecto de la niña pálida y flacucha que era, de manera que me pregunté qué otra cosa necesitaba para que esa cualidad mía —de ser yo misma, de ser una niña como cualquier otra— fuera más evidente. Miré la falda plisada un poco larga, la blusa torcida, el cabello en punta y me pregunté si verme así me hacía ser menos femenina, menos lo que suponía tenía que ser. El pensamiento me asustó, me preocupó y después me enfureció. ¿Alguien podía decirme quién era? ¿O cómo debía de verme? ¿La ropa que llevaba podía decir sobre mí más que cualquier otra cosa?


— Se llaman tradiciones y estereotipos —me explicó mi madre cuando se lo pregunté— Usualmente, la cultura donde nacemos intenta definirnos de alguna manera. O al menos, lo hace en toda una serie de formas sutiles que pocas veces notamos, pero están allí. Y en nuestro país, se espera que una mujer siempre vaya bien vestida, peinada, perfumada y con una sonrisa.


**


Entender el feminismo no es tarea fácil, sin embargo autoras como Simone de Beauvoir han logrado poner en palabras uno de los debates más complejos de nuestra historia. Si te interesa conocer más sobre la lucha feminista, estos son los tres libros imperdibles para conocer los principios fundamentales del feminismo.



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Aglaia Berlutti


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