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Dos días en el infierno: La masacre del Palacio de Justicia

Letras Dos días en el infierno: La masacre del Palacio de Justicia

Checa este cuento que hace una crónica ficcionada de la Operación Antonio Nariño por los Derechos del Hombre, y cómo fue reprimida con la masacre militar más sangrienta en la historia de Colombia.


Este texto es un extracto de "1985: Dos días en el infierno", por Eduar Said Beltrán


05 de noviembre de 1985, El augurio. Fue una mañana confusa y melancólica. La atmósfera parecía presagiar la estrepitosa suerte del trueno de los fusiles y la tragedia cabalgaba en las sombras del Palacio. A Gerónimo se le encomendó preparar las armas y afinar la puntería; todo estaba dispuesto, sólo aguardaba con impaciencia esa llamada.


Dos días en el infierno: La masacre del Palacio de Justicia 1


6:47 pm. Bogotá, Colombia. El teléfono por fin sonó:


–¿Aló?


Era la voz de Alfonso Jacquin, mente maestra de la toma, profesor de derecho constitucional y que sería uno de los protagonistas más recordados de esta nefasta fecha. 


–Oiga, escúcheme muy bien, tenemos luz verde para proceder… ¿Me entendió? 

Haciendo un gesto inconsciente, Márquez respondió a la orden –Sí, señor.  


Fue así, en medio de la desolación perpetua de la noche que Gerónimo Márquez contemplaría su última luna de plata; la ciudad estaba inundada por un mar de luces y voces, la estela fugaz del ajetreo diario. Como sortilegio que surgía de un ancestral sentido del destino, el pánico y el terror lo invadían profundamente. Para constatar su desdicha lanzó los dados, marcaban cuatro y tres, mal presagio. Su piel se erizó, fumó un cigarrillo más y se fue a reposar la mente a las lejanas tierras de Morfeo. 


Cuando la aurora por fin dibujaba las primeras caricias sobre el horizonte, abrió los ojos, se arregló, desayunó con la cúpula y ultimaron cuidadosamente los detalles; cada uno sabía lo que tenía que hacer, ya no había marcha atrás. 


Dos días en el infierno: La masacre del Palacio de Justicia 2


11:30 am. 06 de noviembre de 1985. Operación Antonio Nariño por los Derechos del Hombre


Un grupo de 35 guerrilleros toma el Palacio de Justicia; los hombres entran por el estacionamiento en el sótano del edificio en dos camiones cargados con armas y explosivos. Encabezando la primera línea está el comandante Almarales, detrás de él Gerónimo Márquez, aferrándose a su fusil y con la esperanza de cumplir el objetivo.


En el transcurso de unas cuantas horas se hace evidente la toma del Palacio. Aproximadamente 500 personas se encuentran dentro, pero nadie sabe con certeza qué sucede, algunos logran escapar y otros no corren con la misma suerte. Los organismos de seguridad acuden al lugar del enfrentamiento y se produce una batalla campal, las balas llueven y nadie pregunta por los muertos: cunde el miedo. 


Se intensifica el combate, Gerónimo, Jacquin y Almarales están hacinados en el cuarto piso. Llamaradas de proporciones apocalípticas consumen el lugar, los cañonazos, los tiros, los gritos y las bombas resuenan indiscriminadamente; nadie quiere cesar el fuego, la Fuerza Pública exige la completa rendición de los insurgentes, los insurrectos demandan el juicio del siglo contra el presidente Belisario Betancur por faltar a su palabra en los acuerdos de tregua, diálogo y cese al fuego. Almarales ordena llevar a todos los rehenes a la Sala Plena como acto desesperado. 


Dos días en el infierno: La masacre del Palacio de Justicia 3

Mientras tanto, afuera, el general Plazas Vegas informaba a la ciudadanía


Hemos tenido algunas bajas, pero la gran mayoría de las bajas son de ellos y sobre todo hemos rescatado la casi totalidad, yo creo que la totalidad de los rehenes que se encontraban vivos”.


-Y la decisión que hay en este momento por parte de las fuerzas regulares, ¿cuál es? -preguntaba algún periodista. 


Mantener la democracia, maestro, aquí no van ellos a asustarnos ni a atentar contra ninguno de los poderes... contra ninguna de las ramas del poder público, en este momento esto es un atentado contra la rama jurisdiccional y eso hay que dejarlo muy claro: que el Ejército está en condiciones de mantener todas las ramas del poder público funcionando porque esto es una democracia y para eso estamos, para hacerla respetar”. 


Jueves. 07 de noviembre, la Retoma. Se asoman los primeros rayos de sol, hay cuerpos calcinados, heridos, muertos, personas irreconocibles, es un caos infernal. Gerónimo está exhausto, sofocado por las llamas y respirando por fortuna, una compañera se le acerca y le informa que ha escuchado por la radio que el Ejército planea incursionar de nuevo. 


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–¡Maldita sea! –sentencia Márquez.


Se sitúa el Estado de Sitio, las garantías constitucionales ahora quedan suspendidas; el ejército no concede piedad, y ferozmente retoman el Palacio. A diestra y siniestra entran repartiendo plomo, presurosos en su afán de terminar con la hecatombe no discriminan de guerrilleros, gente civil, magistrados, trabajadores ni operarios, es un carnaval de carnicería.



Malherido y con los últimos cartuchos, Gerónimo aguanta su destino en un recinto cerrado, entran los soldados y se tiñe el piso de lo que parece ser una esquirla de raro color procedente de su clavícula derecha, se retuerce de dolor; huele finalmente la mortaja que lo envolverá al final de su calvario, unas letales ráfagas apagan lánguidamente su vela, y el alba lo recibe como ofrenda en los brazos de la repudiada justicia. Cae abatido.  


Durante esos dos días de aquel fatídico noviembre de 1985, el padre se cansó de dar la extrema unción, la población de viudas aumentó y el Diablo bailó la danza del Garabato con la muerte a sangre y fuego. Las inverosímiles versiones de los sucesos, por parte de ambos bandos, recuerdan que en nombre de la democracia cualquier acto es justificable y legítimo, y que la cuenta de cobro la pagan todos, sin excepción alguna. Las secuelas subsisten, las actitudes beligerantes se mantienen, las evasivas se comparten y los responsables siguen reacios al perdón y la reconciliación. 


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Poco después se le informó a la madre de Gerónimo Márquez que los restos de su primogénito descansaban en paz en el Cementerio Central. Pero ahora, la Fiscalía General de la Nación le notifica que la cripta 1400 a la que lleva más de treinta y dos años regando de lágrimas, no pertenece a su hijo. Sus exterminadores están protegidos por las máscaras legales del Estado: victimarios sin escrúpulos; la desaparición forzada es la materia prima de quienes sostienen el rentable negocio del control social, el espejo del orden.


La señora Margot comienza una nueva expedición para encontrar los huesos de Gerónimo y lleva consigo la pesada carga de extrañarlo. Las fábulas en el Cono Sur sí se tornan realidad, son el pan de cada día. 


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Referencias: