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Tiene dedos muy hábiles y un aliento tan caliente que me quema toda la piel

11 de enero de 2018

Cultura Colectiva

Nunca es fácil describir, desde lo literario e imaginativo, situaciones que tocan la tecla sensible de las sociedades. Cuando la vida y el bienestar de los más pequeños es mancillado, muchos mecanismos emocionales y culturales se disparan. Con este crudo relato breve, Gato Lector ofrece una visión catastrófica de la niñez y por medio de una anécdota envolvente con un desenlace atroz.





Dulces sueños

Todas las noches, desde hace cuatro meses, un monstruo viene a verme. No es un monstruo como los demás: éste es aún mucho más terrorífico. Tiene largas manos con las que me atrapa, con dedos muy hábiles y un aliento tan caliente que me quema toda la piel. Su fuerza es tanta, que siempre, siempre, me deja llorando, absorta en esa pesadilla.

Todo sucede en la noche, después que mamá apaga las luces. Yo me arrincono en la punta de la cama que pega con la pared, y me arropo de pies a cabeza. Me pongo a rezar: “Ángel de la guarda, dulce compañía, no me desampares, ni de noche ni de día. No me dejes sola, porque me perdería”.

Pero no hay oído que escuche mis oraciones.

Sólo me limito a detener mi respiración y pensar que desaparezco, o me vuelvo invisible, para que no me vea. Pero siempre, siempre, me encuentra.

Esté donde esté.

La puerta cada noche cruje más y las paredes se vuelven oscuras... Es que hasta mi cuarto se aterra con la presencia del monstruo. Sé cuándo se está acercando a mí porque me empieza a sisear, como una serpiente que pronto devorará a su presa. Sus enormes patas se hunden en la madera del piso, haciéndolas gritar de suspenso. Entonces es ahí donde me cubro aún más y nuevamente empiezo a rezar el ángel de la guarda.



El monstruo todas las noches se sienta a un lado de mi cama, mirándome con esos ojos rojos, sediento. Mientras finamente pasa su mano sobre mi cuerpo envuelto en sábanas, acariciándome, como si en algún momento sus uñas se fuesen a incrustar en mi piel, y me fuesen a rasgar como la página de un libro.         

Todas las noches hace lo mismo. Pero hoy, no son todas las noches. Hoy es diferente.

El monstruo tira todas las sábanas que me cubre hacia el suelo, y me deja descubierta, como cuando abres una concha para ver su perla. No abro los ojos, me cubro la cara con mis manos y comienzo a temblar. Quiero gritar, pero no puedo... El monstruo me pone sus manos sobre mis brazos y las siento calientes, como si su cuerpo contuviera al infierno dentro. Me quema e intento gritar... Otra mano me cubre la boca. Intento moverme, intento saltar y correr. Pero la mano ágil me paraliza el brazo, y su cuerpo se abalanza sobre el mío, y me detiene. Me quedo indefensa, como un gato débil en la calle bajo la lluvia, con un maúllo casi imperceptible que nadie logra escuchar.

—No grites —me dice jadiando de sed—. Si no gritas, no dolerá y te dejaré vivir.



Pero sé que es mentira. Porque lo que el monstruo me hace todas las noches es como si miles de agujas entraran y salieran de mí, con fuerza y con diferente ritmo. Y yo con la boca tapada, con los brazos inmovilizados, queriendo gritar del dolor que es tan fuerte, como si tres tornados se reunieran dentro de mí.

Y no hago más que llorar y llorar… y rezar porque todo pase rápido.

Pero es cuando el tiempo se tarda más en pasar y hasta parece detenerse.

Luego que me besa el cuerpo con esos labios escamosos, me deja tirada en la cama, temblando de dolor y de miedo, me arropa como el más dulce padre que haya existido y me recuerda:

—No le digas nada a tu mamá o este monstruo la hará desaparecer... Sigue como vas y verás a tu mamá sonreír como siempre lo hace…

Se vuelve a vestir, mientras camina hacia la puerta. Al final, se despide con la frase "dulces sueños" mientras la cierra.

Yo me quedo ahí, en la cama, ahí, sin más qué hacer, porque ya todo estaba hecho. Medito sobre aquello que viví, lloro porque todo es siempre igual y no hay nada que pueda hacer; antes, no comprendía el verdadero significado de la palabra impotencia. Hoy, ya lo sé.

Tener un padrastro es tan diferente a como lo pensaba...


FIN… TAL VEZ

*

Las imágenes que acompañan al texto son propiedad de Büşra Şavlı.

***

Si quieres leer más cuentos sobre el amor, la vida y la muerte, te compartimos este artículo. Además, aquí puedes leer algunos cuentos breves de amor que te abrazarán el alma.


TAGS: Terror Cuentos Nuevos escritores
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