Letras

¿Qué pasa cuando el amor de tu vida un día desaparece?

Letras ¿Qué pasa cuando el amor de tu vida un día desaparece?





Los amores breves son los que más nos marcan:



Todos los días me acuerdo de Matías, ese increíble novio bonachón y reventado que tuve cuando viví en una isla muy pequeña del Caribe, cerca de Venezuela. En ese año, 2012 para ser exactos, una tía abuela (de mi lado paterno), había muerto víctima de una terrible infección en su columna vertebral, debido a que se administró una inyección. Al querer dar el pinchazo en su nalga, algo salió mal, la aguja cayó al piso, ella, ingenua, la recogió y se inyectó así, sin más; tres días después, se desvanecía en su recámara, y quedó desmayada.

Su vecina, al percatarse de la ausencia, entró a su casa, rompió una ventana, y de inmediato la llevó al hospital. Una semana más tarde, la tía Lara López moría en un sanatorio de Salubridad de la Ciudad de México; sola, sin familiares cercanos o algún hijo, sólo me tenía a mí, una sobrina lejana. Me dejó algunas pertenencias, como un montón de libros de metafísica, superación personal y una buena suma de dinero, mismo que utilicé para tres cosas importantes, pagué algunas deudas que tenía, otro tanto lo metí a un fondo de ahorro, y lo demás lo usé para viajar; así regreso a la historia con el buen Matías.

En ese año me sentía como Forrest Gump cuando le dan ganas de correr, y lo hace durante tres años, dos meses, 14 días y 16 horas, tratando de dejar su pasado atrás, ya que Jenny lo había dejado abruptamente. Así me sentía, corriendo sin parar de un lugar a otro, luego de que mi novio de aquel entonces me había engañado con una mujer mucho mayor que yo, y mi perrita Nikon se había perdido. Claro que me dolió más la pérdida de mi mascota.


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Para no hacer el cuento largo, llegué a una isla del Caribe, me sentía muy cansada, así que conseguí una pequeña habitación, pagué un mes completo de renta al dueño, boté todo al piso y dormí como por tres días seguidos. Cuando por fin me recuperé, salí a una playa cercana que me había llamado la atención por el oleaje tan alto que mantenía. Me senté en un camastro y disfruté del paisaje hasta que, de repente, una ola impredecible cruzó los limites, y me arrastró con todas mis cosas hasta donde iniciaba la acera y continuaba la calle. Confundida, me levanté, quité mis cabellos de la cara y Matías me dio su mano para levantarme. Ahí comenzó nuestra historia, después de la revolcada que me dio el mar, la vida me puso a este chico frente a mí. Inmediatamente entablamos amistad, comenzamos a salir y un día nos hicimos novios.

Era un chico moreno, muy guapo, de estatura mediana, su cabello se rizaba siempre al secarse con la luz del sol y la brisa del mar. Tenía ojos color miel, tres tatuajes adornaban su cuerpo, dos de ellos eran muy feos, pero le hacían gracia, debido a su atlético cuerpo. Todos los días me cocinaba el desayuno y siempre me daba un beso en la frente al despertar, me abrazaba apretando todo mi cuerpo con su peso, me hacía bromas cariñosas que, a veces, terminaban porque yo caía en desesperación. Surfeaba, hablaba mucho y estaba loco de remate, pero siempre me contaba las mejores historias.

Se ocupaba de un pequeño restaurante que había puesto con ayuda de su papá, le encantaba ir a pescar, y por supuesto andar de fiesta. A los tres meses de relación nos fuimos a vivir juntos a un pequeño departamento que estaba a dos cuadras de una playa tranquila. Esa época efímera, ha sido de lo mejor en mi vida, por fin me sentía tranquila y no necesitaba correr o irme a otro lado, tenía una vida sencilla, quehaceres que no me provocaban ansiedad alguna y lo mejor de todo es que lo tenía a él y vivía en un paraíso.


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Al cumplir un año de relación, recibí una llamada de mi madre diciéndome que tenía que regresar a México a solucionar unos asuntos pendientes con mi casa. Matías me abrazó muchísimo y, consolándome, me animó a tomar el vuelo con el argumento de que regresaría muy rápido y nos iríamos juntos de paseo a unas playas de difícil acceso. De mala manera, pero convencida por mi novio, lo hice; tomé el primer avión que pude, pasé 15 días haciendo trámites y, sin dudar, regresé a mi isla.

Llegué al comedor para ver de inmediato a mi Matías, pero para mi sorpresa, el establecimiento estaba cerrado; al interior, en la puerta principal, aún se leía el nombre Restaurante Boca Samí, debajo de unos rayones con pintura de color rojo. La hamaca de Matías se mecía vacía, no había una sola alma en el lugar. Fui a nuestro departamento y todo estaba intacto, su ropa permanecía doblada en el closet, estaban todas sus cosas. Parte de mi ropa la había enviado a la lavandería, estaba dentro de una bolsa transparente sobre una mesita de madera que teníamos en nuestra recámara, en la etiqueta se leía: tres kilos, Azul Almazán, el sello de pagado y la fecha del día en que había tomado el vuelo hacía mi ciudad.

Me quedé perpleja y comencé a llorar, nadie sabía nada de él ni de su padre. Así esperé horas, días, semanas. Salía a correr todos los días por la mañana, igual que Forrest, con la duda y la incertidumbre, por todos lados se escuchaban historias, unas que decían que se habían perdido en el mar, otras que habían huido por deudas, algunas más disparatadas contaban que, seguramente, se dedicaban a algo ilícito. En fin, se dijeron muchas cosas, nunca supe qué pasó, jamás se volvió a comunicar conmigo; pero, al menos, me quedé con el mejor sabor de boca, pues Matías me había hecho feliz como nadie nunca en mi vida lo hizo. Así pasa a veces, las buenas cosas de la vida un día se desvanecen con el viento.

Dos años más tarde regresé a México, me fui a vivir a otra playa, y aún sigo con la maldita duda.


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En el amor tenemos dos opciones: o se ama y se decide permanecer, o no se ama y entonces todo se vuelve un pretexto para irse; si te ha sucedido, quizá este poema te ayude a entender por qué el amor no siempre es como lo deseamos.

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Las fotografías que acompañan al texto pertenecen a Kat Irlin.





Referencias: