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Quise traerte a mi mundo, este infierno de lo humano, pero tú eras una diosa

6 de junio de 2018

Elisenda Romano



Los artistas son seres frágiles capaces de todo, incluso de enamorarse de la nada. En el siguiente cuento de Elisenda Romano se explora el dolor que surge cuando se ama la soledad.





EL BESO DE VENUS


Sus dos amigos tardaron un rato en venir, pero no más de lo que él había predicho. Tocaron la puerta, les abrió y ninguno le sonrió. Sólo querían ver a su nueva novia, una dama que les miraba desde el fondo del aula, envuelta en un rayo de luna que definía su redondez.


—¡Es preciosa! —dijeron.

—Lo es —respondió él. Las manos le temblaban, pero no tanto como la luz que resplandecía en su mirada y tampoco más que la respiración agitada que no terminaba de salir de su pecho. —Sé que mi vida no será lo mismo sin ella, por eso os necesito para llevarla a casa.

—No quiero sentirme culpable si os destrozan a los dos —dijo uno de sus amigo, tocando con su índice el lugar donde se estremecía su corazón de acuarela. —Tranquilo, en breve estaréis ambos en casa sanos y salvos.


Tomaron a la mujer de cada uno de sus brazos y la ayudaron a salir con una delicadeza casi exasperante. Él miraba con espanto a la nívea mujer avanzar a través de los pasillos, casi flotando, hasta abrirse camino por aquella pesada puerta de metal que podía decapitar su hermosa cumbre. 


Cuando salieron, dejaron a la mujer sola mientras abrían el coche. La muchacha desprendió un gemido al ser depositada en el suelo, al mismo tiempo que de sus delicados pies de corza se desprendía un polvo nacarado que se elevó por el aire y se desvaneció en el resplandor de las titilantes farolas.


—¡Con cuidado! —se quejó él, sudando por los costales.


Los jóvenes no tardaron en volver a tomar a su querida por los brazos, la metieron en la parte de atrás del coche, ocupando todo el asiento trasero, y condujeron con los nervios a flor de piel. Se detuvieron en el edificio del joven, la guiaron hacia el ascensor y de ahí a la habitación de él, que se había ampliado hacia el balcón, en el cual residían sus caballetes, oleos, acuarelas y acrílicos. Fue en este lugar donde, con dulzura, la dejaron. Antes de que se fueran, él se los agradeció con todo su corazón, el cual le palpitaba de emoción en su estrecha caja torácica todavía contraída por el susto de ser vistos por la policía, el guardián de la facultad o, peor aún, por su propia madre, quien le obligaría a sacar a la muchacha de ahí.


Apagó todas las luces y se quedó en la oscuridad perentoria que sólo era amparada por las luces de la ciudad, las cuales se cernían en torno a sus brazos cansados de transportar lienzos y trabajar sobre los tiesos pechos de las estatuas para concederles un peso más humano. El muchacho se acercó despacio hacia la mujer y se puso ante ella para apreciar de cerca cómo la punta de su nariz mataba la rectitud del velo vaporoso, el cual caía en picado por su frente. Ella le traspasó con sus ojos azul húmedo sin mostrarse contrariada por aparecer en un hogar distinto, y continuó con su vista insensible.


—Te prometí que te traería aquí.


La mujer no le contestó, y prosiguió con la cabeza ladeada hacia la izquierda. La única parte de su cuerpo que cualquiera podría juzgar que se movía eran sus ojos cristalinos. A pesar de la brisa que entraba por el tramo de la ventana abierta, los cabellos pelirrojo oro que le caían en ondas hasta la cintura se mantenían quietos sobre su busto. Sus pies de carne rosada se estremecían por la aspereza de la base, pero él no lo notaba, sólo podía admirar su brazo derecho sobre su muslo y el izquierdo sobre la rama de laurel en la que su tierno y contorneado muslo de piel de porcelana estaba apoyado.


—¿No eres feliz aquí? —se giró para abrir la ventana, pues el aire denso y pétreo de la estancia le asfixiaba. —Al menos te he podido tener cerca una noche, al menos he sido testigo de tu cabello lustroso reposando sobre tu divino pecho, tu cintura moldeada por manos de diestro escultor, un dios quizá, porque nada más bello he visto en la vida que tus dedos concebidos para tañer un arpa o peinar tus cabellos. ¿Por qué te habré bajado del cielo? ¡Qué egoísta he sido! ¿Por qué no te habré dejado en el mundo de las ideas en lugar de pedir a mi imaginación creadora que te transportase al más vil de los elementos? Tu piel sólo puede estar hecha de sal, tus cabellos de luz y tus ojos de océano, y yo me quise hacer pasar por un dios todopoderoso y cogí lo que más cerca estaba de mi mano, el barro, lo moldeé entre mis dedos indignos y te hice a mi imagen y semejanza para matar las asesinas horas que me susurraban a los oídos esa dichosa palabra...


La mujer adquirió ante la luz una quietud y un color de cal, sin embargo él sólo veía carne rosada, cabellos rojos bailar al son del viento y ojos cuyos párpados con dulces pestañas se lanzaban al vacío una y otra vez admirando un punto indefinible que no estaba en ningún lugar de este mundo humano.


—¡Sé lo que necesitas para convencerte! ¡El agua de los enamorados! Pues bien, os escanciaré el vino de mi propia boca.


Se puso de puntillas para alcanzar sus rígidos labios, que desprendieron el frío de la muerte sobre la caliente faz del muchacho quien, con los ojos cerrados y los labios erectos, se balanceaba sobre sus pies desacostumbrados a apoyarse sobre los puntas.

Él exhaló su aliento sobre su boca entreabierta, pero ella ni se inmutó, se dejó aprisionar por sus labios húmedos, que se empolvaron con el contacto. La besó con vergüenza porque en la rigidez de sus labios notaba que ella no quería ser besada ni acariciada por sus manos de artista agrietadas por la pintura. Pero él no se dignó a liberarla tan rápido, tras meses de trabajo cortejándola con sus herramientas, la besó con más ímpetu, sintiéndose desnudo por las caricias que sus manos no le daban y vacío al sentir que ella cedía, se alejaba de él, se apartaba de su boca y se lanzaba hacia la oscuridad de la habitación, donde él no pudiese llegar y sus manos romas no la tocasen nunca más.


Suspiró con los labios entreabiertos adoloridos por la fricción. Al abrir los ojos sólo vio la habitación vacía. Buscó en cada pliegue de oscuridad la mirada de la mujer y en cada pedazo de luna su cuerpo, pero no vio nada. El muchacho, desorientado, retrocedió hasta que un rayo de luz de farola cruzó la moqueta de su habitación en cuyo suelo residía la macabra escena de una estatua de escayola despedazada.


**


Escribir y leer poesía es una forma de sanar el alma. Si quieres leer más poemas de amor y desamor, te invitamos a que conozcas a los autores de los poemas para los que se resisten a superar las decepciones y los poemas para los que no quieren olvidar.



TAGS: Cuentos Nuevos escritores Amor
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Elisenda Romano


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