El día que mataste nuestro amor para convertirlo en el fantasma de la casa

Miércoles, 28 de marzo de 2018 11:14

|Cesar Zetina

—Dime, ¿cómo es que no te encontraba? —preguntó él.

—No se podía, no podías estar entre dimensiones.

—¿Dimensiones?, déjate de sandeces, querida, y respóndeme.

—Esa es la verdad, afortunadamente estás aquí y ahora viéndome. Ya me ves, ahora puedes retirarte.

Él miró el cuarto en el que estaban. Las cortinas llenas de la tristeza de su interior, la cama con miles de papeles encima, los poemas que le había escrito años atrás. Parecía como si hubiera olvidado los eones juntos y ahora los tirara por la borda como si fueran cualquier cosa.

—He venido por ti, no puedo irme así, sin nada —dijo el hombre acercándose a ella.

—No, querido, vienes por ti, vienes por una idea que no existe.

—Tú eres la que habla de dimensiones... Yo nunca me fui. Yo nunca me retiré de aquí. Sólo decidiste matarme, y aun así aquí estoy, amándote.

La tinta de los poemas escritos desaparecía. La luz en el cuarto deseaba desaparecer, se retraía hasta las esquinas, donde el horror en forma de sombra salía.

—Todo se deshace a nuestro alrededor. ¿Ves? Todo era una ilusión —dijo ella sonriéndole de manera dulce—, nada era algo real, sólo te utilicé por un momento. Ya tengo todo de ti.


poemas de desamor 1


Las cortinas del cuarto cayeron al suelo por el viento que entraba por la ventana. Él miró hacia el parque de enfrente. Ahí habían tenido su primera cita, había sido el primer beso, había sido el primer hola... Cuando aún tenía la ilusión.

—Perdón, querido, pero, sin rencores. Aunque tuvieras, no puedes hacerme nada en tu condición tan deplorable, estás muerto, y se sintió tan bien matarte —habló la mujer acercándose a la puerta—, siempre quise ver a un fantasma que se quedara en esta dimensión por el amor que creía real.

Ya no escuchaba nada, miraba fuera, miraba al ave que volaba a lo lejano mientras el cielo oscurecía. Los niños jugaban en el parque, gritaban y reían de felicidad. Para, de pronto, desaparecer, y volverse sólo otra parte más de su memoria tan rota. Entonces leyó en voz alta el último poema que había escrito en su mente, entre las ideas rotas y huecas, justo a un lado de las ilusiones despedazadas:


Yo quiero darte amor,

pero no sé cómo hacerlo

Quiero darte todo mi amor,

pero no sé cómo hacerlo.

Si me pidieras todo de mí,

yo con gusto lo daría.

Si tu pidieras mi corazón,

yo siempre te lo daría.

Porque así es el amor,

cuando alguien quiere, siempre da

para que el otro no pase dolor.

Aunque a uno nada le queda.


poemas de desamor 2


Sonrío la mujer. Sabía que aquel sujeto no se retiraría solo, de alguna o de otra manera se iría con lo que quería. No era tonta.

—Entonces, ¿lo pensaste en tu tiempo libre? —cuestionó impertérrita la mujer.

—Sí, después de que el último cuchillo clavado me quitó el aliento, justo cuando desvanecí comencé a escribirlo, en mi mente lo guardé como algo precioso, justo a lado de tus palabras y de tus supuestos buenos deseos.

Ella miró su espalda, su cabello cayendo por encima de sus orejas.

—No me iré sin ti —sentenció el hombre—, lo haré aunque tenga que matarte como tú me hiciste a mí.

—En ese caso, hazlo rápido.

Todo en el cuarto desaparecía lentamente. La oscuridad se tragaba todo, excepto sus resplandores, era imposible que la oscuridad se tragara algo así; era imposible, ya que su resplandor era parte de esa oscuridad.



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El acto de querer a alguien es la decisión más complicada que se puede tomar porque es posible querer sin que el otro lo entienda. 


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Las fotografías que acompañan al texto pertenecen a Nicole Ashley.


REFERENCIAS:
Cesar Zetina

Cesar Zetina


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