El libro que pronto se puede convertir en tu película favorita

martes, 11 de abril de 2017 7:48

|Liliana


Mezclar la realidad con la ficción es cosa de todos sus días, a través de cada una de sus novelas ha dejado claro que los sucesos reales son sólo un elemento más para la construcción de sus historias. Con personajes reales o inventados, se da la libertad de crear una historia alterativa sobre algo que sí sucedió; como en su novela más reciente, en la que retoma un elemento verídico del que se sabe muy poco y a su alrededor genera una historia como pocas, dando vida a una ficción ubicada en el siglo XIX.

Jordi Soler comenzó su carrera como novelista desde muy joven y a la par, fue pieza fundamental para la música por su participación en estaciones de radio, mezclando así sus dos grandes pasiones. A pesar de que reside en Barcelona, nunca ha dejado atrás a ese niño que se crío en La Portuguesa, Veracruz y al lanzar su primera novela “Bocafloja” dejó muy en claro que su prosa dinámica, casi visual, al mero estilo de una película, lo posicionaría al paso del tiempo como uno de los escritores con mayor trascendencia de su generación.

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En “El cuerpo eléctrico”, su más reciente novela, narra la historia de Lucía Zárate, una liliputense veracruzana que en tiempos de Porfirio Díaz se convirtió en la estrella de un freak show que triunfó en Norteamérica y Europa. En el libro la acompaña Cristino Lobatón, un hombre de pueblo que mediante el circo y el tráfico de opio llega a convertirse en el hombre más rico de Estados Unidos.

“Dejar un poco de mí en cada libro me ayuda a entender lo que soy”.

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Soler es un ciudadano del mundo, viaja constantemente, pero nació en un pueblo, de la misma forma que Cristino Lobatón – personaje principal de su novela – oriundo del mismo estado que el autor: Veracruz. Una de las interrogantes que el escritor mexicano ha tenido durante su vida es qué tan cosmopolita es y aunque conoce la respuesta, lo refleja en el hombre enviado por el presidente Díaz para presentar a Lucía al mundo.

“Mi personaje quiere ser un cosmopolita perfecto, pero se da cuenta que es un error olvidar sus orígenes. Yo escribí ese personaje así porque hace muchos años me di cuenta que ser un niño de pueblo es sumamente valioso, sobre todo al estar en contacto con la naturaleza, es una experiencia sin igual, te ayuda a no olvidar de donde vienes”.


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Como escritor nunca se ha quedado sin relatar un sólo día incluso, afirma que el mito de la página en blanco es una ridiculez de gente que no tiene qué decir, pero él se dedica a ello, inventa historias todo el tiempo. Es la forma en la que funciona como escritor y como persona, su equilibrio depende de como su mente esté pasando por una historia alternativa que no tenga que ver con él. No termina una novela y ya comenzó la otra, así son sus días, así son sus noches.

Cuando no escribe se siente desprotegido e intranquilo, es un tema casi físico para él. Menciona que su salud depende de lo que escribe, necesita regresar cada día a la historia que está inventando, es curioso que simplemente define su profesión como su razón de ser, no como un talento y de ser así, es el único que tiene, afirma.



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Jordi Soler nunca ha conseguido sacar la música de su sistema ni siquiera de sus radioescuchas que lo siguen recordando con cierta nostalgia. En esta ocasión curó un playlist en Spotify homónimo a su libro, en el cual cada canción va dando saltos entre ritmos y melodías que te lleva a recordar cada rincón de la novela. Soler considera que debe escucharse una vez terminado el libro, ya que piensa que la lectura debe hacerse sola, sin distracciones o al menos para Jordi es una proeza inimaginable.




“Pienso que no hay que leerlo con el playlist, la lectura hay que hacerla en silencio, esta es una impronta, un fantasma musical de la novela que se puede oír antes o después de ella, es música muy atractiva, podrías distraerte fácilmente, sólo es una representación sonora de lo que yo considero que pasa en la historia”.



Mientras escribe en soledad retoma una pieza musical por libro, no más, no menos, sólo un disco o una obra que lo acompaña durante todo el proceso. Ama la música, pero no tiene audífonos, aclara que de usarlos podría estamparse contra una pared o cualquier otra cosa, ya que se concentra de tal forma en las melodías que se desconecta por completo de lo que sucede a su alrededor.



“Siempre escucho sólo una pieza, pero si voy escuchando por la calle una canción, me rompo la cabeza contra un poste, siento que la música está demasiado cerca”.

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Durante el proceso de “El cuerpo eléctrico” sólo escuchó a un músico barroco originario de la República Checa para disparar el momentum de escribir y fue una pieza coral de Heinrich Ignaz Franz von Biber que le resultó muy inspiradora: “Missa Salisburgensis”, incluso, comenta que en su novela anterior utilizó una obra de este mismo músico, por lo que le preocupa no poder liberarse de von Biber.

“He pasado más de dos novelas escuchándolo, incluso el 40 % de la música que tengo en mi celular es de él”.



Su vida como escritor es tal que no ve el tiempo en días ni en años; Jordi Soler lleva su calendario por novelas. Esto sucedió en un punto muy temprano en su carrera, pues antes de ser periodista o hacer radio ya era novelista. Su día a día se va en escribir, afirma que si no escribe amanece o atardece un poco marchito, si pasan cuatro días comienza a desintegrarse y si pasan 15 días –que no ha pasado nunca – está seguro que tendrían que llevarlo al hospital.

“Escribir es mi oxígeno, ha sido mi vida desde hace 35 años, no conozco otra”.

Para su novela retoma diversos factores reales para vestir al personaje ficticio que protagoniza la historia, Cristino Lobatón, bien podría ser “Lobatrump”, pues es un empresario y visionario que pudo haber conseguido ser el primer presidente veracruzano en la historia de Estados Unidos.


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“Yo sólo escribo la novela, no soy el narrador, llega un punto donde mis personajes se mueven solos, me obligan a llevarlos a cierto destino”.

¿La ficción puede superar a la realidad? Soler menciona que no existiría la realidad sin la ficción. Ésta no sólo se apoya, abusa de ella, se basa en la cotidianeidad, si su personaje es un hombre, no vuela, se atiene a las leyes de lo posible, la gente que lee lo que escribe completa una visión distinta. Los novelistas existen para jerarquizar la realidad, su trabajo es poner en un dispositivo una idea para que todos la entiendan.

“Dicen que soy un escritor cinematográfico, de hecho este libro podría considerarse como una superproducción, por fortuna soy escritor, de lo contrario no sabría como conseguir el dinero para completar la misión”.

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 En “El cuerpo eléctrico” inventa muy poco, simplemente vampiriza la realidad y con el pasar de las páginas, sin darse cuenta lo hace también con el papel principal que acompaña a la liliputense,  Cristino Lobatón – el empresario rico y dueño de un freak show – compra un tren y conoce a unos chinos que tienen opio. En ese momento Jordi Soler, en su estudio en Barcelona, en pijama –siempre escribe en pijama– se da cuenta que dentro del tren, Lobatón construyó un laboratorio de opio y junto con unos indios, arranca así la industria del narcotráfico.


“Nunca hago un esquema, nunca sé a donde voy a llegar, voy día a día escribiendo una aventura”.

Así es su técnica desde hace treinta años y al ver que está terminando una novela, un par de meses antes comienza a escribir la otra, pues desprenderse del libro, de los personajes es totalmente doloroso, es una especie de divorcio que le deprime. 


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“Todo mundo piensa que estoy loco, pero cuando me despedí de Cristino fue muy triste, le explico a mi familia y se ríen, pero fue muy complicado”.

Pone un punto final y empieza otra, en este momento Jordi Soler se encuentra una escribiendo una novela que se lleva a cabo en Canadá – donde vivirá por un año – en la medida que se mete en la nieve, escribe su nuevo libro, no sólo la plasma, la vive. Retoma elementos de su infancia como la selva donde creció y la convierte en un bosque, así es que este escritor que no para y no lo hará, nos ha regalado momentos y fantasías y en “El cuerpo eléctrico” nos transporta como en una cinta a recorrer los caminos de Cristino Lobatón un empresario y visionario mexicano que comandó un freak show y que además, se convirtió en el primer traficante mexicano de opio a gran escala.




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