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El mago y la marioneta

Letras El mago y la marioneta

 

Hubo golpecitos de martillo que sonaron igual a las teclas de un piano y luego vino el silencio. El mago irguió la cabeza; la punta de su gorro alargado y oscuro dibujó la trayectoria de una cometa; al fondo, un firmamento gris de acuarela. Entre la profusión de barbas encanecidas sus labios finos y rojos formaban una línea horizontal de satisfacción aun sin llegar a convertirse en sonrisa. Fijó su mirada en la obra que estaba a punto de terminar. El artífice contempló las manitas perfectas que acababa de clavetear. Hizo que se movieran como alas de ave y como patas de arácnido. Al compararlas con las suyas se estremeció. Eran más finas y menos torpes. Sus ojos refulgieron con un brillo melancólico de cristal. Cogió el pequeño martillo, dio un par de golpecitos armónicos más y volvió a colocarlo junto a los diminutos clavos que habían hecho posible la unión de las extremidades del muñeco. Pasó su diestra rígida por el cuerpecito que yacía sobre la mesa de trabajo de la misma forma en que un pájaro insomne bordea el horizonte en la penumbra. Al lado del montón de clavos cogió un rollo de cuerda. Jaló algunas líneas, las midió y las ató a las manitas. En tal acto hubo amor en forma de paciencia y precisión. Hizo varias pruebas con el fin de verificar que las amarras no se enredaran entre sí al moverse. En la sala se escuchó algo similar a un improbable murmullo. Al escenario lo rodeaban cortinas grisáceas y púrpuras a las que apenas llegaban residuos de la luz exterior que se colaba por el techo desvencijado y caía sobre la mesa donde trabajaba ese hombre oscuro, bañando el centro del montaje. Levantó el cuerpecillo al que daba vida y tirando de las cuerdas le infundió movimiento. Contempló de qué manera se meneaban los piecitos, los minúsculos zapatos todavía sin pintar, las manos, los brazos y la cabeza. Movió la cruz desde la cual pendían las amarras y el cuerpecillo danzó con una armonía insospechada, acorde al ritmo de una melodía hermosa. Un bisbiseo, tal vez de admiración, se escapó de entre las butacas. En el escenario, dos, tres pasos, una manita que saludó y la otra que lanzó un beso al aire arrancaron alguna risa y el intento de un aplauso. Indiferente, el fusco titiritero cogió al cuerpecillo y lo colocó de nuevo en la mesa. Eligió el pincel más fino de entre sus utensilios y empezó a delinear los ojos de su creación. Continuó con los labios y en ellos plasmó una expresión que, en otro tiempo, seguramente hubiera sido apreciada enigmática y perfecta. Maquilló las mejillas, la frente, la carita entera y al hacerlo puso un empeño grave, convencido de que él nunca sería dueño de una vitalidad igual a la que imprimía al cuerpo que estaba haciendo nacer. Al pasar una brocha por el rostro de la marioneta en ésta surgió un rubor tan vivo que hacía suponer que el artífice en vez de retocar borraba una máscara de polvo y serrín. Al final pintó los zapatos y el resto de las partes. La tarea le llevó pocos minutos. Levantó al muñeco. Lo contempló durante unos instantes y exhaló, preludiando que el acto se aproximaba al final. Con una languidez inefable se llevó la diestra a la boca como si fuera a beber agua, se inclinó sobre la marioneta y sopló. Entonces el muñeco levantó la cara, movió la cabeza en dirección de su artífice y, después, mirando hacia la galería, sonrió. Un rayo de luna parecía estar enfocado sólo en ese rostro alegre y agradecido. Y así, con lentitud, por la obstrucción de una nube, se fue apagando. Con la penumbra total estallaron cientos de aplausos en la sala derruida casi en su totalidad. La ovación continuó durante un par de minutos. Las luces del foro no se encendieron. Las grietas en las paredes y en el techo dejaron que el rayo de luna se colara de nuevo cuando el cielo se despejó. Fue como si el telón se reabriera. La carita mantenía la sonrisa, los ojos irradiaban y entre sus manos diminutas apenas podía sostener el cuerpo inanimado de quien había interpretado el papel del oscuro creador, para quien pedía aplausos, mientras doblaba los ropajes negros, el gorro alargado, peinaba las barbas blancas de nailon, cuidaba de no enredar las amarras con las que había manipulado al otro, y guardaba ceremoniosamente al mago dentro de un baúl entre clamores y aplausos atronadores en ese teatro vacío.

 

Este es uno de los cinco cuentos que conforman la colección inédita Chismes del fin del mundo, escrita por José Luis Enciso. 

 

 


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