La definición de miedo según Stephen King

Miércoles, 1 de noviembre de 2017 16:58

|Abril Romero


“Para mí, el terror, el terror auténtico, en oposición a los monstruos y demonios cualesquiera que pudieran estar viviendo en mi imaginación, comenzó una tarde de octubre de 1957. Acababa de cumplir diez años. Y resulta apropiado poder decir que estaba en un cine…”


Así comienza narrando Stephen King en su famoso ensayo “La danza macabra”. La película que vio esa tarde fue “La tierra contra los platillos voladores”, un film donde los invasores del espacio no vienen en busca de paz, sino de saqueo. Justo cuando estaban preparando su ataque contra Washington, todo se detuvo repentinamente. La pantalla quedó en negro. La película no se había estropeado; sencillamente alguien había apagado el proyector. La audiencia no protestó: la posibilidad de que se destruyera el modo de vida que conocían era tan aterradora, que prefirieron callar. A partir de esa tarde, surgió en Stephen la curiosidad por el terror y el deseo de desentrañar las imágenes comunes que consiguen perturbar la consciencia individual.



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Crear terror es una decisión


Todos tenemos un postulado enterrado en nuestras mentes: sentir interés por el horror es malsano y aberrante, por eso se asume que para escribir terror genuino es necesario haber vivido escalofriantes experiencias en la infancia, traumas tan intensos que te arrebatan el sueño, se cuelan en tus recuerdos y te impiden llevar una vida normal. Sin embargo, para Stephen King, provocar miedo no es una consecuencia de un evento fatal, sino una elección. En sus palabras: “Los escritores se hacen, no nacen ni se crean a partir de sueños o traumas de la infancia (…) convertirse en escritor (o pintor, actor, director, bailarín, etc.) es el resultado directo de una decisión consciente (…) un montón de estudio y trabajo duro”.



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Lo macabro está dentro de nosotros


Los demonios, hombres lobo, vampiros y demás criaturas no son otra cosa que la representación de las pasiones y temores humanos; ese lado salvaje, perverso y violento que hemos sido obligados a negar para poder ser aceptados en una sociedad “civilizada”. El maestro del terror explica mejor esta premisa: “gran parte de la atracción de las historias de horror es que nos permiten ejercitar esas emociones y sensaciones antisociales que la sociedad exige que mantengamos a raya en la mayor parte de las ocasiones, no sólo por el bien de la sociedad sino también por el nuestro”. El deseo de sufrimiento y destrucción que en otros contextos sería reprobable, es válido en la ficción: “El cine de horror se ha convertido en la versión moderna de los linchamientos públicos”. Afirma con contundencia Stephen King.



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¿El horror puede ser arte?


Críticos y expertos de arte siempre han atacado al género de terror por considerarlo burdo, violento y evocar reacciones intensas con estímulos básicos. Sin embargo, aquello que alcanza, estruja y expone las emociones humanas sin duda alguna tiene su mérito artístico. Stephen King da respuesta a esta interrogante afirmando que: “La obra de horror no puede ser otra cosa; alcanza el nivel de arte simplemente porque está buscando algo más allá del arte, algo que precede al arte. (…) El buen cuento de horror avanza bailando hasta alcanzar el centro de tu vida y encontrará la puerta secreta a esa estancia de cuya existencia creías que nadie más conocía.”



La obra de Stephen King ha atemorizado a distintas generaciones de lectores y espectadores de cine porque, aunque las pesadillas del inconsciente colectivo puedan cambiar de década en década, los cimientos, el pozo de nuestros temores más grandes permanece constante y vital. Un ejemplo que muestra cómo los temores trascienden al tiempo se encuentra en Hotel Victoria: La Serie, un lugar donde las leyendas de México saltan a la pantalla y perturban al espectador del mismo modo en que lo hicieron con los primero oídos que escucharon los lamentos de “La llorona”.




No te pierdas Hotel Victoria: La serie todos los días en nuestra página de Facebook, la cual demuestra que el miedo es más poderoso que el tiempo y la razón. 

REFERENCIAS:
Abril Romero

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