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El ocaso de mi muerte

Letras El ocaso de mi muerte

Me encontraba nadando solo, tan solo que podría decirse que cada segundo, cada minuto y cada hora que pasaba las hacía mías, completamente mías. Mientras el agua fría rodeaba mi cuerpo hasta el cuello, intentaba recapitular los hechos. Una ola había chocado con el extremo derecho de mi velero empujándome bruscamente a un costado donde mi cabeza encontró un tubo metálico; cuando recuperé el sentido aún me encontraba en el otro extremo del barco, el izquierdo. En el instante que tomé fuerzas para pararme, otra ola similar impactó en el mismo costado que la pasada aventándome hacía afuera del velero, es decir, en medio del mar, en medio de la nada.

Ahora estaba perdido sin saber que mi bote se alejaba cada vez más y más, sin posibilidad alguna de alcanzarlo; cuando me percaté a la distancia que se encontraba de mí, no hice ni el menor intento para atraparlo, hubiera sido absurdo. Lo observé alejarse muy lentamente hasta que desapareció.

 

 

Ya me había imaginado una situación similar en alguna ocasión, pero la verdad es que mis pensamientos no se asemejaban en nada a lo que estaba viviendo, era una situación extraña. Uno pensaría que el temor invadiría mi cuerpo pero no era así; me encontraba realmente tranquilo. No dejaba de pensar en cómo mi vida había pasado, pasado sin demasiadas diversiones, convirtiéndose en una cuestión de día a día; nada grande, nada pequeño, nada eterno y entonces sucede, apenas sin saber porqué, apenas sin pensarlo. Estoy solo, solo como nunca lo había estado, no hay más que el mar acompañado por la puesta de sol a mi alrededor. Es necesario que llegue a pensar que no escucharé más, que no veré más y que el mundo continuará para otros.

Esperando el ocaso pensaba en ella, sería lo único que realmente extrañaría; me disgustaba la idea de imaginar su reacción cuando encontraran el pequeño velero sin su tripulante. Probablemente llorará durante algunos meses sin sentir gusto por la vida, pensé, pero de cualquier forma sería yo quien moriría esta noche. A pesar de siempre haber tenido la suerte de un perro que logra cruzar una autopista congestionada sin ser atropellado, hoy no esperaba ser salvado por nadie.

El sol estaba por tocar la superficie del agua mientras el aire se hacía gradualmente más y más tenue a medida que perdía las ganas de seguir nadando. Considerándome una de esas personas locas por vivir, locas por hablar, con ganas de todo al mismo tiempo, ya me había hecho a la idea de que moriría esta noche. No podría pensar con claridad en mi muerte pero la veía en todas partes.

Mientras se escondía el sol muy lentamente, un ligero cosquilleo pasaba por todo mi cuerpo; supuse que era un signo de estar caminando hacia la tumba, un signo más expresivo que un cumpleaños y, a pesar de que en estos momentos no me importaba morir, me desagradaba la certeza de que el sol estaba por ocultarse. No imaginaba lo bello que puede ser una puesta de sol tan cotidiana, era un ocaso perfecto, era el ocaso de mi muerte.

 

La pintura que acompaña a esta publicación fue realizada por el autor del texto y sirvió como inspiración para la realización del mismo.


Referencias: