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Somos como peces tratando de escapar de una red

21 de junio de 2018

Fernanda Glez



A veces la vida se vuelve tan dura y el amor tan lejano que parece que lo mejor es adentrarse a un túnel en el que no se vea la salida. En el siguiente cuento de Fernanda González se exploran estos sentimientos.





EL SALTO DE LA RANA


Como peces tratando de escapar de una red, la gente se empujaba a las puertas del metro. Cachete con cachete, el sudor y los pensamientos se compartían. Aún entre tanto barullo, El rana pudo escuchar el susurro:


—No te vas a atrever.

—¿Y tú qué sabes?

—Nunca te animas, ¿qué hace esta vez diferente?

—Que esta vez lo hago.

—Eres un rajón de cagada, por algo te sacaron del grupo.

—Chinga… No me sacaron, yo decidí salirme.

—Ajá, que te lo crea tu pendeja esa. Si no te atreves a cortarla menos a esto.

—Es diferente.

—Es la misma mierda. No tienes los huevos para hacerlo. En todas las veces que según tú estás a punto de, ves a Mariana y te rajas.

—Ya te dije que esta vez es distinto.

—Naaah, te mueve demasiado la vieja...


Rana no quería a Mariana. No la quería de la forma que se quiera a las personas. Ella era la única que lo quería. Una vez escuchó a Toño Esquinca decir que es obligatorio quererse a uno mismo y de esa forma uno se siente vivo. El querer a Mariana, de alguna forma, era aprender a quererse, o por lo menos un avance. 


El tiempo corría y Rana quería hacerlo de una vez por todas; aunque, por segundos deseaba que el tiempo se detuviera, pero la pausa ya es sinónimo de muerte. Todos los caminos concluían en lo mismo. Esperaba que en el camino hubiera una trampa falsa, un mosaico que se levantara y lo condujera a un túnel con salida a la playa. O a fines prácticos, que el reloj de Mariana se descompusiera para no tener que verla.


Eran las ocho, le quedaban unos minutos para hacerlo o ya no tendría otra oportunidad, si no era hoy ya no lo haría. Se lo había prometido a su pez rojillo. Por un momento creyó ver entre la gente una trampilla abriéndose, el aroma de la playa se escapaba por la pequeña abertura. Pero un ráfaga con olor a sudor, garnacha y gasolina sofocó toda ilusión. Mariana caminaba hacia él, hasta estar a su lado. No lo había visto, sólo había sido una irónica coincidencia. Llevaba puestos sus audífonos y leía
A sangre fría
con detenimiento.


"No la vayas a cagar, no vayas a ver a los ojos a Mariana y da el brinco de una vez, cabrón". Rana ya no aguantaba un segundo más. Odiaba tener que seguir con los procesos mecánicos que lo llevaban a seguir respirando.


El metro se acercaba a la estación, no lo escuchaba, ni al árbol que caía en la soledad del bosque. Su corazón latía más fuerte que la velocidad del metro y el saludo de Mariana. La luz casi golpeaba su cara. No la miró. No a los ojos. El Rana se acercó a la orilla. Mariana preocupada lo siguió. Se puso a su lado. El Rana la tomó del brazo. El metro llegó. La empujó. El Rana ya no tenía por qué seguir respirando.


**


Algunos grandes poetas mexicanos han escrito sobre la muerte. Si te interesa conocer sus obras, te recomendamos leer a Jaime Sabines y al joven escritor Gerardo Arana.



TAGS: Nuevos escritores Escritores latinoamericanos escritoras
REFERENCIAS:

Fernanda Glez


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