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El sol nace en sus ojos para morir en sus labios

6 de marzo de 2018

Enrique Ocampo

La prosa de Enrique Ocampo, autor del libro de relatos Salto de fe, se caracteriza por su carácter orgánico, visceral y de ritmo certero pero al mismo tiempo acompasado, de regodeo poético en las palabras, las imágenes y las metáforas que construye sutilmente. Su universo trasciende sobre lo real, indaga en los imaginarios lingüísticos como hechos exaltados. El erotismo, el drama y el simbolismo unifican un texto impecable.


El amor en los tiempos de la lanza en astillero, adarga antigua, rocín flaco y galgo corredor

Con el sol despuntando sobre su yelmo, nuestro flamante emisario del amor, sir Nicholas S., ensilló a su caballo, se santiguó con las diez y tantas bienaventuranzas de la pasión y, blasón en mano, redoble en el aire, mirada en la colina y corazón palpitante, se lanzó al rescate de su amada, la radiante Lucilla.

Doce segundos de galope, media gota de sudor y el paso de cuatro jilgueros le tomó a nuestro afamado y gallardo caballero del amor comenzar su soliloquio, ni tan sólo por ir dirigido a Trementino, su caballo, ni tan loquio por no existir en la guerra del amor hazaña suficientemente descabellada como para ser tachada de irracional:

―No veas esa colina, Trementino, que no es más que una dulce hipocresía de los dioses. Tú y yo sabemos que el sol no sale por las montañas del este ni se pone en el valle del oeste, sino que nace en los ojos de Lucilla para morir en sus labios; ¡y cómo no habría de morirse ahí toda la naturaleza y la historia y la poesía, si nadie mejor que Lucilla sabe cómo robarle el aliento hasta a las piedras del lago! No ha pisado tierra santa ni pagana ser más divino que aquel que es dueño de mi estocada, de mi armadura del morrión a los escarpes, de mis melifluos suspiros de nostalgia y mis aciagos gritos de batalla y de mi corazón, del alma hasta las arterias; que si tuviera cien corazones épica hecatombe le ofrecería a sabiendas de que mi vida nunca aspirará a más alto propósito que el de desvanecerse por que ella me dirija la mirada otra vez.

Un rebufo de Trementino fue la única respuesta audible en la cordillera que llevaba rumbo a la cueva del dragón, pero nuestro héroe, sir Nicholas S., decidió tomarlo como una señal para continuar su monólogo:

―Maldigo del alto cielo al dragón Seritro, Trementino. Maldigo a toda su estirpe y a sus entrañas de fuego y a sus alas de maldad y a su mirada petrificante; maldigo sus garras inclementes que arrebataron la paz de mi inmaculada Lucilla. ¡Que se oiga en toda la tierra mi decidido grito de furia! ¡Que la voz de Seritro se quiebre y sus llamas se extingan de pavor cuando sepa que sir Nicholas S. va en camino de rescatar a la más honorable y excelsa doncella de este y de todos los mundos! ¡Que mis pasos retumben en su pútrida y oscura cueva! ¡Que los dioses mismos reconozcan y bendigan mi causa, la del amor, y me honren con el valor y la fuerza para vencer al mismísimo demonio alado, raptor de toda la luz del universo materializada en la preciosa Lucilla!

Al escuchar la palabra Lucilla, Trementino apresuró el paso y la decisión. Nuestro caballero galopante, sir Nicholas S., dio el visto bueno a esta coincidencia y se dirigió a Trementino:

―Qué justo y qué leal eres, mi siempre noble corcel. Que todo ser viviente se estremezca al escuchar el nombre de Lucilla y se alegre al saber que comparte mundo con ella es mi misión. Tu humilde y siempre confiable servidor ya experimentó el sublime reconocimiento de la perfección encarnada aquella tarde de abril cuando, por ningún motivo otro que la acción de los dioses, se encontró de frente con la belleza y la gentileza de Lucilla. ¡No la conocía siquiera y ya la extrañaba, Trementino! Extrañaba sus labios desconocidos, sus presencias ignoradas, su calor utópico y sus ojos imaginados. ¡Todavía no la conocía y ya no podía vivir sin ella! Pero, ¡qué hermosa es la vida! Qué increíble que me honró con mirarme a los ojos y, aunque ella siguió su vida, la siguió con la mía clavada en su alma. ¿Qué puede más pedir un caballero humilde y apasionado como yo que haber visto su mirada una vez sola en la vida? No necesité más que el recuerdo de aquella tarde para emprender la campaña imposible de rescatarla de las garras de Seritro, en el mismo instante en que me enteré de que no se le había visto por el pueblo y que el dragón infame rugía con más furia de lo normal.

La odisea de dos días de nuestro valiente guerrero continuó con solo un par de tropiezos irrelevantes para la causa del amor, antes de colocarlo, altivo y bravío, frente a la cueva de Seritro.

―¡He muerto todos los días de mi vida esperando por tu amor, bella Lucilla! Hoy por fin el cielo me concederá la oportunidad de mostrarte mi gallardía y de salvar al amor de las garras de la inclemencia. ¡Que cada hombre, planta y bestia recuerde este día como el día en el que sir Nicholas S. recuperó al amor de su vida de las garras del demonio! ¡Que los dioses recuerden este día como el día en el que el romance sobrevivió y venció sobre lo mundano!

Con todas sus fuerzas, nuestro indomable paladín, sir Nicholas S., empuñó su espada, Orquilia, y, con el escudo amarrado al alma, el fiel Trementino unido a su corazón y un grito desgarrador, se adentró a todo galope en la cueva del malvado Seritro.

Dos minutos después, con la humedad salina de la cueva goteando sobre sus hombros, sir Nicholas S. se detuvo en seco. La purísima Lucilla estaba siendo partícipe de un bacanal sodómico y grotesco con el dragón Seritro y otras bestias innombrables. Mudo y congelado, alcanzó a ver cómo Lucilla le guiñaba el ojo entre gemidos y sudor mientras continuaba siendo penetrada sin piedad por el mismísimo demonio, gritando de éxtasis y suplicando por más.

*

La imagen que acompaña al texto es propiedad de Fox Harvard.

***

La intensidad de los momentos más cruciales se magnifica con la narrativa, los elementos estéticos del lenguaje y la capacidad creadora de una voz que hila y conduce imágenes como un sueño dirigido. Cortes rápidos, instantes de pausa. Sobre el cuadrilátero, todo luce como una batalla existencial en la que el amor da náuseas.

TAGS: Cuentos Amor Desamor
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Enrique Ocampo


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