Letras

El sueño de un escritor

Letras El sueño de un escritor

 

–¿Así que te llamas Andrés Silva? –Masculló un enfermero de los buenos. Aquellos que con sólo verles ya sientes la inyección en el culo. Asentí con la cabeza sin abrir el pico.

–¿Sabes por qué estás acá? –Reviró.

–¿Porque el mundo es atroz? –Cuestioné.

Las carcajadas vinieron en cascada. Primero el enfermero, después los que pasaban por allí parando oreja y otros chicos que deambulaban por los pasillos repletos de murmuros, movimientos con chillidos, aullidos de locura.

Me llevaron a una habitación vacía. Sólo una silla y una mesa pequeña. El enfermero se hacía nombrar Arturo. Al menos eso decía en su placa que portaba en la camisa que envolvía a su corazón oscuro.

–¡Aquí te quedarás! “Escritor Chiflado”. Ahora sí tendrás tiempo de sobra para escribir tu próximo Nobel! –Y al tiempo que se alejaba podía escucharlo reír sin parar. Cerró la puerta, no sin antes haber arrojado al aire un bote de pintura. Me quedé observando la escena a la par que los hombros se encogían y una tos se hacía presente dentro de mí.

Allí estaba yo, recluido en un manicomio, aislado del mundo que me había enviado derechito a esa pieza.

 Comencé a escribir desde que tenía uso de razón. Al principio sólo reescribía cuentos infantiles. Viajaba entre los bosques de Robin Hood y los molinos del gran Quijote. Sancho me provocaba compasión y ternura. Un gordo abotargado a un burro siguiendo a un senil demente. La vida es así.

escritor
Fotografía por Sean Kernan

Con el paso del tiempo me perdí en la calle entre la bruma de los vicios y las carencias de compañía. Mi padre se escondía atrás de su papel de proveedor para fugarse de una realidad que le asfixiaba. Su semblante lucía derrotado, aturdido, enmohecido. Mi madre, una dócil de las emociones, se dejaba llevar cual perrito de compañía entre los pensamientos fútiles y vacíos de tanta gente. En medio de ese binomio de bostezo estaba yo.

Me largué de la casa tan pronto conseguí un empleo. Repartía diarios por las noches en las calles más oscuras de la Ciudad de México. Allí comencé a leer todo tipo de noticias. Las policiacas me provocaban risa. Los deportivas me entretenían. La sección de política era mi somnífero de cabecera.

En las tinieblas de la duda me agencié una chica de por allí. No era una mujer de impacto. Trabajaba en una tienda de abarrotes en el horario nocturno. Yo pasaba todas las madrugadas como a eso de las cuatro en punto a dejarle los ejemplares del diario que me llevaba de una colonia a otra por unos cuantos pesos para sobrevivir y mantenerme en la pelea.

Nancy era el nombre de la susodicha. Para no sucumbir en el trajinar de la calle me las arreglé para que fuéramos novios. Sus carnes no eran de espectáculo, no así su corazón: Suave y generoso.

Todas las mañanas después de haber culminado nuestra jornada nos íbamos a una azotea en donde ella vivía. Se hacía acompañar por un perrito que movía la cola cada que le veía llegar. Al principio su mascota me ponía ojos de pocos amigos. Al cabo de un par de días ya se acercaba y se echaba patas arriba esperando a que le rascara la barriga con cosquilleo incluido. La verdad es que yo hacía lo propio y me quedaba un buen rato jugando con él mientras Nancy preparaba el desayuno.

–Algún día seré famoso y tendremos una camadas de estas colas que se menean a pesar de todo –exclamé con semblante ligero.

Mi chica reía. –Sí chico, antes de ello siéntate y tomemos café.

Ella no tenía muchos anhelos, o tal vez poseía tesoros simples: Buscaba un compañero de vida, hijos para amamantar y verles crecer, un par de perros de raza cualquiera, y tal vez alguna casa de campo en donde pudiese reposar en el otoño de sus días y, un hombre que lo mismo le aguantara sus achaques y pedos diversos así como sus días de gloria y buena fortuna.

De mi empleo me echaron por leer en vez de repartir. Indignado les propiné un discurso épico: Les restregué en verso los derechos laborales, la lucha consumada de la esclavitud mundial, la guerra franquista y más hechos históricos. Un guardia de seguridad me sacó de la agencia repartidora. Invoqué piedad esperando un cheque. Todo fue en vano.

Pasaron los meses, la miel se convirtió en veneno:

–¡Tú estás loco Andrés! ¡No tienes madera de escritor! Para eso se nace, y tú, cariño eres sensible y delicado, pero de eso a que seas un literario o artista estás pero que muy desubicado. –Sonreía mientras me vomitaba su opinión. Si no fuese porque su corazón me producía cierto sosiego le hubiese cacheteado sin miramiento alguno.

Sin embargo, ella estaba en lo cierto. Después de una hora, yo me ponía dócil y casi patas arriba, listo a recibir mi dosis de cariño ante mi carencia acumulada.

No es que fuera un indigente, más bien estaba dentro de la clase de los marginados que se pierden ante la brisa de la indiferencia.

Por las mañanas me disponía a escribir en una mesa que ella tenía afuera de la azotea. El tiempo de las máquinas a la usanza antigua era historia. Ahora se empleaban computadoras para darle duro a la tecla. Yo sin afanes románticos escribía sobre papel. No había para más.

Lo mismo escribía de existencialismo sobreexplotado que cuentos bucólicos sin trama apasionada. Aun así, allí estaba redactando, trazando viendo como el tiempo corría. Ya rozaba los 35 y aun no publicaba nada “gordo”. Tal vez nunca sucedería el gran momento, tal vez sí. No obstante Nancy me motivaba a no dejar de intentarlo. Digamos que su manera de ver las cosas me provocaba más romanticismo. Entre más me la pasara escribiendo más me fugaba en mis fantasías.

El dinero me cacheteaba en frente de la realidad. Era mi novia la que ponía el sustento. Yo sólo prometía. Por desgracia de promesas no se paga el alquiler. El tiempo, cabrón que no perdona siguió su marcha. No recuerdo cuándo fue la última vez que le vi a ella, mi chica. Se marchó sin decir ni pío. Busqué al perrito risueño. Sobra decir que ni su risa escuché. Así las cosas, me mantuve firme en mi afán por seguir arrastrando el lápiz. Hojas y hojas de letras que yo producía no bastaron para permanecer en la azotea. Fui echado de pronto. Caminé por las calles sin rumbo fijo. Por allí mendigué una que otra moneda para seguir con mi tarea. Las circunstancias ya no me dejaban gran margen de acción. Me junté por allí con los travestis, les prometía relatos varios a cambio de un techo. Evidentemente mi oficio no les servía.

–¡Aquí se “coge” papi, no se escribe! –Me decían.

–Cada noche se escribe una historia muñeca. –Les respondía.

Sólo una noche me aceptaron en sus congales deprimentes. Al día siguiente, a la calle y sin despedida. El ciclo parecía no tener fin. Intenté buscar trabajo. Me pedían papeleo mínimo que no tenía. Seguí andando.

–La cárcel. –Me dije. Es allí donde no pasaré hambruna y tendré tiempo de sobra. El detalle era que carecía de valor para matar, mucho menos robar. Pobre y cobarde, ingredientes idóneos para el fracaso. El hambre se apoderó de mí. La mugre era ya mi vestimenta. Calvo de la cabeza, peludo de la barbilla, me convertí en un indigente de los buenos. Allí mi disfraz resuelto. Me dediqué a pedir dinero ahora sí a grito pelado. Junté una que otra cantidad para subsistir con comidas mínimas. Orinaba y defecaba por la gran ciudad. Cuaderno y pluma en mano seguí plasmando ensoñaciones. No recuerdo más allá que el estar sentado frente a la mesa de aquella habitación vacía. En ese bote de pintura pegada estaba una nota de despedida:

"Suerte en tu fantasía. Al menos aquí no pasarás frío.
Nancy".

Siempre supe de su buen corazón. Abracé el bote y le besé profundamente. Comencé a decorar la habitación con las manos. Las letras no dejaron de fluir.


Referencias: