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Si vas a matarte, ten la decencia de escoger un día bonito: El tabú del suicidio en México

Letras Si vas a matarte, ten la decencia de escoger un día bonito: El tabú del suicidio en México

Muchas personas no entienden las razones detrás de acabar con tu propia vida, y otros están más preocupados por los gastos del funeral

Muchas personas no entienden las razones detrás de acabar con tu propia vida, por lo que te dejamos este cuento para que descubras el tabú del suicidio en México.


Si vas a matarte, ten la decencia de escoger un día bonito. No quieras seguir jodiendo a la gente aún después de tu funeral; escoges un día lluvioso para agregar dramatismo, pero no te imaginas la que se arma. No se puede hacer la maldita fosa porque esta se llena de agua; imagínate el lodazal que cubre toda la superficie del cementerio. Tener los zapatos atascados de lodo, la camisa mojada y el cuerpo sudado, es nefasto.


Morir en tiempo de agua en Veracruz, es el peor infierno que puedas imaginarte; las gotas de lluvia son calientes en julio, llueve y sale el sol, la evaporación hace que te cocines en tu propio sudor. Es una tortura para las personas que tienen que hacer la fosa, los poros de la piel, abiertos al cien por ciento, la camisa siempre húmeda por la transpiración, las palas se atascan en el lodo negro, tienen que echar cal para que este se impregne lo menos posible, al poco rato se nubla y cae un pequeño aguacero tropical, ha estropeado todo el trabajo, tienes que salir del agujero para ver como se va llenando de agua. Cesa la lluvia y tendremos que bajar de nuevo a la fosa ha sacar con pequeños botes el agua que ha caído.

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Hay que apurarse porque el muerto se descompone, piensas que las nubes negras van a cubrirte del sol por el resto de la tarde.


¡Qué equivocado estás! Un maldito viento empuja esas nubes y los rayos del sol caen sobre tu espalda mojada, pica, la camisa se seca pero nuevamente se moja por el sudor, se encierra el vapor del agua en el agujero de 3 metros de profundidad, el aire de la superficie no alcanza a entrar en ese sitio, hay gente que se desespera porque las palas no parecen servir para sacar los trozos de lodo, ya ni la cal sirve de algo, prefieren sacar el lodo con sus manos, el calor vuelve loca a las personas.


Hay que apurarse porque el muerto se entierra mañana en la mañana. A alguien se le ocurre poner una pequeña lona sobre el agujero, para minimizar el impacto del sol, sin embargo, la humedad está por todas partes, probablemente vuelva a lloviznar en la noche, se tendrá que tapar bien aquella fosa. 


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En el pueblo hay silencio fúnebre, hay conmoción. Algunas familias se solidarizan con la familia del muerto, otras no, creen que no hay razón para ayudar cuando alguien busca su propia muerte, tachan de loco al muerto:


‹‹Se tiene que estar demasiado mal de la cabeza como para matarse›› ‹‹Siempre lo veíamos triste pero nunca pensamos que iba a matarse›› ‹‹Es gente que no tiene nada que hacer, traen la cabeza desocupada para andar pensando en tonterías›› ‹‹Los papás tienen la culpa›› ‹‹Es por tanta cosa que ven en la televisión›› ‹‹Nunca lo vimos con nadie, siempre encerrado en su casa›› ‹‹ Yo no entiendo a esa gente, creen que la muerte es la solución›› ‹‹Es por esa cosa del demonio que traen en las manos, los chamacos están embelesados con el celular››  


En el pueblo, nadie dice nada, solo murmuran entre labios. Las ollas de café están listas para repartirse entre los vecinos que llegan al domicilio de los dolientes; algunos llegan con desechables, otros con pan y café en grano. En la cocina hay un tumulto de señoras preparando el mole y el arroz, las manos sobran y faltan en el fogón, se pregunta si ya se están haciendo las tortillas o hay que ir a moler el nixcón, las abuelas no se dan abasto en pasar la masa por el metate. ¡Hay que ir por los refrescos! Otras manos están desplumando los pollos sacrificados para el mole rojo.    

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El abuelo salió, desde la mañana a cortar hojas de plátano para los tamales, no ha llegado, vete alcanzarlo a la huerta para ver si ya viene. Los señores están sentados en tablones sostenidos por ladrillos, platicando y riéndose discretamente, alguien pregunta si no habrá cerveza, mandan a un muchachillo por un cartón al deposito de don Lupe. Llega Damián con el hedor etílico que siempre desprende por el aguardiente, pregunta que pasa y porque tanto alboroto, hoy comerá Damián y tendrá la cena asegurada si se queda a velar el cuerpo junto con la familia. 


La entrada de la pequeña casa es un batidero, se bordea el charco para no mojarse los zapatos. La lona no alcanzó a cubrir esa área cuando llovió, las bancas que dio la funeraria no son suficientes, el cuerpo llega ahorita a las tres, el lodo se intenta disimular con aserrín que regaló el carpintero, pronto los pies caminan sobre un colchón suave de viruta. Pero las personas no están bajo la lona negra, hace un calor del demonio, prefieren estar parados debajo de la sombra de los naranjos, es refrescante, solo se tiene que lidiar con los zancudos que merodean las zonas. Las más jóvenes andan repartiendo platos con mole y arroz, ¿y los tamales?, pregunta Mauricio, esos son para la tarde, contesta Dulce. No han podido encontrar a la señora que hace los rezos, creo que salió a la cabecera hacer no sé qué cosas 


Bueno, llévenle comida a los albañiles al cementerio, y otros “nailos” porque se está nublando de nuevo; ¡en buen tiempo se le ocurrió a este chamaco morirse!... 

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El abuelo llega de la huerta con las hojas de plátano para los piques, un tamal hecho con frijol entero, cilantro, manteca y sal. El abuelo no puede creer lo que ha hecho su nieto, un muchacho decente, tranquilo y muy cordial. Él piensa que todo empezó por no tener el suficiente dinero para irse a estudiar a la capital, para convertirse en abogado y ayudar a la gente a librarse de la bola de ratas que se aprovechaban. Esa idea se le metió al chamaco desde que don Enrique se aprovechó para quitarnos gran parte de nuestras tierras, con el pretexto de que nadie tenía papeles de nada; por puritita lastima no nos quitó el terreno de la casa porque disque la señora le insistió que no lo hiciera. Y el chamaco hizo un coraje grande por eso; y desde ese tiempo para acá como que ya no fue el mismo, andaba muy serio, muy callado y ya no se juntaba con sus amigos porque estos era hijos de don Enrique, yo le dije que ya no pensara en eso, que le iba a dar un infarto por el coraje que hacia cada que se acordaba, yo le decía que Diosito lo ve todo y que se lo tomaría en cuenta a esa gente. Me decía que como no podía hacer nada, mejor era morirse de coraje que seguir viendo a don Enrique como se hacia rico con esas tierras, y que con ese dinero podía pagarse la escuela. Sí ahora viera que le pedimos dinero prestado a don Enrique para comprar el cajón en el que se va a enterrar, se volvería a morir de puro coraje. ¡Dios me lo guarde a mi muchacho en su gloria!...


En el pueblo hay un silencio fúnebre, nadie dice nada. Una madre llorando, sentada a lado del féretro, intenta averiguar porque lo hizo. Ella cree que fue porque la Aleida se fue del pueblo para estudiar medicina y tendría que pasar siete años hasta que se recibiera y volviera. Yo le decía a mi muchacho, que no se agüitara, que hay muchas otras muchachas. Que decía que la Aleida iba a serle fiel todo ese tiempo y que no se preocupara por eso. Pero ya sabe cómo es la juventud de ahora, tienen la hormona bien alborotada y no se aguantan los canijos a llegar hasta el altar; y un día que fue mi chamaco a visitar a la condenada Aleida, se encontró con la sorpresa de que esta ya “traiba” otro chamaco, y eso le dio harta muina. Tanto que decía, que iba a casarse con la hermana de Aleida, la Lupita, para que le diera envidia. Pero la Lupita apenas tenía quince años y el apenas veintidós…  


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Después de las ocho de la noche, es cuando se empieza a juntar más gente en el velorio. Las viandas de pan no se dan abasto, ni las ollas de café paran de hervir para satisfacer el hambre de los convidados. Muchas personas llegan a la casa del duelo con la intención de cenar tamales, tomarse unos vasos de café y echarse un pancito para el estribo. Ha estas alturas la mayor parte de la gente del pueblo se solidariza con la familia del difunto, solo porque han escuchado que mañana después del entierro van ha matar un puerco y hacerlo carnitas. 


Los albañiles llegan todos sucios de la ropa, costras de lodo tapizan sus pantalones, algunos ya no traen puesta la camisa, se les ve cansados, fastidiados. Llegan pidiendo una cerveza a los señores que ya están borrachos sobre los tablones de madera sostenidos por ladrillos. Están haciendo mucho alboroto, han emborrachado al padre que entre llanto y alcohol maldice la desgracia que le ha acaecido, dice una sarta de majaderías; unas para pendejear las acciones de su hijo, otras para alabar todas sus virtudes como buen estudiante y trabajador.  


Su hija pequeña lo observa, se llama Natalia, y ese nombre se lo puso su hermano ahora occiso, por la cantante que también se llama así; tiene 3 años y observa como su padre y su madre están llorando. No sabe por qué. Nadie se ha dado cuenta que Natalia no ha comido todo el día y tampoco la han bañado. Anda cargando una muñeca vieja de trapo que le regaló su hermano, una muñeca toda sucia y percudida. Juega con los perros de la casa y le gusta aventar piedras a los charcos de agua que se forman en el patio. Nadie ha visto que Natalia se anda mojando con el agua de la lluvia que cae a cada rato. Fue ella quien encontró el cuerpo de su hermano suspendido de la viga del cuarto; creyendo que dormía, empezó a balancear su cuerpo de allá para acá como piñata. Después se aburrió y se las ingenió para colocar una cobija en el bulto flotante, para que su hermano no pasara frío; logró envolver solo las piernas sujetando la pieza con pinzas para tender ropa.


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