El testigo de la noche

El testigo de la noche

Por: Patricia Zabala Revello -

fumar
Mi fosa derecha se calentó mientras succionaba el polvo blanco que rápidamente desaparecía de la mesa. Eran las dos de la mañana, la fiesta estaba en su mayor explosión, la música vibraba en los ventanales del penthouse y mis pezones se erizaban con las ráfagas de aire que repentinamente entraban cuando alguien salía al balcón a fumarse un porrito.

Me sentía vivaz, el efecto ya estaba en mi cuerpo, la excitación se evaporaba lentamente por mis poros, mis brazos saltaban siguiendo los pasos del disc jockey que no dejaba que sus ojos se distanciaran de mí.

Se acabó la tocada, la música nunca paró, él se acercó a mí, me coqueteó y me abrió la boca. Los besos no fueron la tranquilidad de mi desgaste. Me llevó al balcón que daba hacia la calle, donde mi cuerpo caliente se mezcló con el suyo.

El silbido del viento era nuestro único testigo. Una vibración en mi pierna fue la absoluta interrupción: era mi madre. No contesté. Una maceta yacía en el balcón, una rama larga y sin vida salía de entre la tierra, habían clavado pequeños clavos en ella y la enredadera, como un depredador fugaz, asechaba sin errar.

Él miró hacia la maceta e inmediatamente volvió su mirada a la mía, sabíamos lo que queríamos hacer; los impulsos y las ansias viajaban por nuestro cuerpo a gran velocidad, nos retamos un poco pero al final decidimos hacerlo juntos... Mi celular interrumpió una vez más.

Sentía la vida titilar en mi cuerpo, mi alma quería salir y flotar un poco alrededor de la Luna, ver todo desde arriba debe ser magnífico, pensé; subí los pies en la barandilla y sentí al viento chocar contra mi embriagado cuerpo mientras me balanceaba hacia el vacío, logrando un equilibrio perfecto. Su mano rozó la mía y rompió todos mis anhelos, entrelazó sus flacos dedos con los míos y nos dirigimos a terminar la noche con los mejores triunfos. Entre risas y bullicio nos besamos una vez más, una sonrisa mutua brotó de nuestros rostros, nos acercamos a la maceta y proseguimos con el acto. Pusimos nuestras manos en la base, él de un lado, yo del otro; un cosquilleo ardiente se desplazaba desde las puntas de mis dedos, subía hasta mis hombros y se deslizaba por toda mi espalda sin aviso.

Alzamos la maceta hasta el último listón de hierro del barandal y la mantuvimos allí haciendo un pequeño conteo para realizar el empujón final: Uno, podía contemplar la solitaria calle, escuchar al viento y verlo a él sonriendo, trataba de recordar algunas caras de la fiesta y cuántos Delicados había fumado, me acordé de los dos cigarros olvidados que me quedaban, lo presumí un poco pues la escasez dominaba el final de la fiesta. Dos, la maceta ya estaba más afuera que adentro, las hojas se movían despavoridas con el soplo que acompañaba la noche, el tiempo trascurría pausado, la adrenalina se apoderaba de mi cuerpo, la tensión aumentaba, mi frente sudaba y mi corazón palpitante manifestaba el acto fatal. Tres, nuestros dedos no se aferraron demasiado, un auto blanco se estacionó velozmente frente a nosotros, la mujer colérica caminaba hacia el edificio. Sólo fue necesario retirar nuestras manos para que la maceta se desmoronara por los aires, era demasiado tarde para arrepentirse pues esa mujer era mi madre.

 

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