El tren de las 11

Miércoles, 30 de mayo de 2018 16:54

|Martín Klimek
relato sobre los viajes en tren por mexico

Homenaje para todos los que alguna vez viajamos en tren por México… y también para los que no

Disfruta a continuación de un relato de Martín Klimek.


El tren de las 11

Son las 10:34 de la noche de un frío 23 de diciembre, en la víspera de la Navidad de 1985, y el viejo taxi Datsun se dirige presuroso por las intrincadas y empedradas calles del pueblo. 

Mientras nos acercamos, se va presentando de a poquito, la Plaza Grande de Patzcuaro, la cual se mezcla mojada por la lluvia, con sus tristes y parpadeantes faroles, a manera del cuadro de un impresionista opioide que intentara retratar sus tenues luces, fundiéndolas con una vaporosa neblina que se va comiendo de a poquito, los edificios y balcones que circundan su perímetro.

El olor a hojas de pino con tierra y madera impregna como un rocío perfumado todo a su paso, y me hace sentir todavía un poco más como el protagónico de la película de Los Goonies, el niño de Los Gremlins o Michael J. Fox en Back to the Future, ya que Astoria, Oregón o Kingston Falls y Hill Valley de Connecticut tienen mucho parecido con mi tierra de la infancia, sólo con la diferencia de que Patzcuaro, aparte de los lagos y bosques en común, es más bello.

Después de unos breves minutos de serpenteante trayecto —los cuales aprovecho para acomodar mejor en mi pequeña maleta y sin que se den cuenta mis padres, mi abultada colección de muñecos Playmobil que siempre me acompañan—, vislumbro por fin, entre la espesada penumbra, la antigua y porfiriana estación de trenes del pueblo, que elegante y neoclásica se arropa a lo lejos con glacial frío, entre unos grandes y viejos árboles de eucalipto que la cuidan como sus leales y longevos guardianes.

Al bajar del auto mi corazón comienza a retumbar de emoción, debido a la adrenalina que me genera la sola idea de la aventura que unos minutos más comenzaré a vivir. Ni siquiera el viento helado de la noche me quita las ganas: al contrario, me hace desear con mayor fervor esta odisea.

Luis y Fabio ya están ahí. Me esperan justo en la zona en donde se supone que nos íbamos a ver. Ni siquiera sus viejas y oxidadas bicicletas, o algún regaño de sus padres por la tardía hora, les han impedido llegar para despedirme. 

Después de un par de “hola, imbéciles” y dos o tres patadas amistosas, empezamos a charlar de los pormenores de mi viaje. De a dónde iré y qué haré, en los días que me esperan en la Ciudad de México, y que en realidad no son mucho más que encerrarme 6 horas diarias a ver al canal 5, El tío Gamboín y El Hombre Biónico; todo esto en el viejo Hotel Milán de La Roma, mientras mis padres salen de reunión para intentar salvar de manera quijotesca el maltrecho lago de Patzcuaro.

Mientras nos empujamos y reímos, sentimos que a lo lejos comienza a gestarse un huracán. Primero ese peculiar sonido del claxon de la locomotora, que in crescendo y acústicamente apabullante, nos anuncia la llegada de aquella mole de más de 8000 caballos de fuerza… Después, una naciente vibración que se hace acompañar por la neblinosa luz de su faro, que desquebraja la oscuridad en blancos y brillantes fractales, que juegan y se esconden entre los árboles.

Una vez superada nuestra emoción, configurada de estrambóticos gestos mezclados con efusivos bailes tribales, procedemos como siempre, al ritual de poner nuestras monedas en la vía —ellos, cuando vuelva me darán la mía— mientras mi joven y bella madre grita enfurecida y como loca, que nos quitemos de los rieles, amenazándome con que le dirá a mi padre —distraído ahora platicando con un miembro del sindicato socialista de los pescadores de la ribera del lago— para que me dé unos cintazos.

La luz blanca aperlada del gran faro central es cada vez más nítida y el temblor más fuerte. Es como atestiguar una cópula brutal e in crescendo, entre sonidos metálicos graves y profundos que se bufan y jadean entre grititos y chirridos agudos, para luego explotar todos juntos en un orgasmo sinfónicamente irregular, justo cuando el tren comienza a poner sus frenos en potencia máxima, al pasar enfrente de la estación.

Primero desfilan las dos rojas y gigantescas locomotoras General Electric, que orgullosas portan en sus costados la leyenda de FNM. Después de ellas y sucesivamente, marchan entrelazados 7 u 8 vagones de pasajeros, cada uno más bello y elegante que el anterior. Y sí así es, porque primero desfilan los convoyes de tercera clase, luego los de segunda y al final los de primera junto con el vagón Pullman dormitorio que acompañado de su amarillo cabus, será en donde yo entraré.

Todo este apartheid trenístico no hace más que hacerme ligeramente consciente de un embrionario espíritu burgués, al saber que yo, un niño privilegiado, sí tengo acceso a cosas que otros no pueden, lo cual me genera algunas imbéciles y momentáneas ínfulas de grandeza.

El color de los vagones se asemeja al de unas aceitunas oscuras, lo cual le da cierta elegancia clásica y atemporal al Ferrocarril Purépecha, que será el encargado de llevarnos en la bicoca de apenas 11 horas y durante toda la noche, a la magnificente y funcionalista estación de trenes de Buena Vista —hoy convertida en un mall desangelado y de baja estofa— en la Ciudad de México. El bigotón de la boina, como siempre elegantemente vestido, nos abre las puertas del vagón y le pide los boletos a mi padre, mientras vemos a lo lejos cómo nuestras maletas están siendo “acomodadas” en los compartimentos de equipaje, con un trato más o menos similar en cuanto a diligencia y esmero, que el que le otorgarían a una prostituta vietnamita en una base militar yanqui.

Una serie de abrazos de lado, sin mostrar mucho ánimo o interés, me despiden de mis compinches. Aún mientras subo al vagón, se siguen escuchando los gritos mutuos de ¡nena! y ¡maricón! El paso de los años todavía no me ha quitado el recuerdo de esa gran sonrisa simultánea, que me decía sin saberlo, que los 3 teníamos la misma idea cómplice de que estábamos viviendo aquella historia juntos, aunque no me acompañaran. 

Sus manos diciéndome adiós se pierden súbitas, mientras las puertas del vagón se cierran y me indican que hay que avanzar rumbo al camarote. Para todavía potenciar aún más mi nirvana sobre rieles, escucho al boletero decirle a mi padre que esta noche el vagón Pullman viene solo, por lo cual todas y cada una de las ventanas que éste tiene serán exclusivamente para mí.

Al entrar, me muevo a través del pasillo, bordeado por una serie de compartimentos con cortinas de terciopelo rojo, que son las literas individuales —mismas adonde pretendo escaparme para estar por fin solo, una vez que mis padres se duerman— mucho más baratas que los camarotes y muy parecidas a los hoteles cápsula japoneses. Me llama también la atención que los marcos por donde uno accede a las mismas tienen en sus bordes divisiones hechas de caoba.

Justo a la mitad del vagón, por donde el pasadizo alfombrado de color verde oscuro se mira más desgastado, se comienzan a presentar una tras otra, una serie de macizas puertas color olivo militar, que con lucecitas de lectura en su parte superior, alumbran en serie los números de camarote que tienen pegados en sus frentes. La sensación es sumamente confortable y acogedora. Me siento como un huésped del Titanic, en otra dimensión, quizás en otra época. Sólo faltaría escuchar una música de orquesta a lo lejos, para darle una connotación más de época.

Una vez que el botones nos abre la puerta y se va para atender al resto de los vagones, mis papas dejan sus valijas de manos para proceder a acostarse rápidamente, cada uno y por separado, en las dos literas que hay. El camerino tiene una mesita de esquina, un pequeño y funcional baño muy parecido al de los aviones –incluyendo la puerta flexible-, además de una gigantesca ventana con persianas.

A mí como siempre, me tocará al lado de mi mamá que por ser la más ágil, tiene asignada la litera superior –lo cual no me funciona en lo absoluto para poder apreciar el paisaje- ya que la gran ventana está abajo y mi padre la acapara. Aparte mi viejo es propenso a torturarnos con sus infernales ronquidos y yo siempre he luchado por mi independencia y paz espiritual.             

Así que apenas mis padres se duermen profundos, bajo por la pequeña escalerilla y me escapo rápidamente a las afueras del camarote, dirigiéndome sigiloso a donde están el resto de las literas individuales con cortinas de terciopelo rojo, que esa noche están vacías.

La sensación de ver ese largo coche dormitorio sin ningún tipo de vida humana, con sus lamparitas en serie iluminando las puertas a lo largo del enorme e interminable pasillo, me hacen sentir como protagonista de la película de El Resplandor, esperando a las gemelas para que me inviten a jugar con ellas. Así que despavorido y siempre protegido por mis dos muñecos bomberos de Playmobil, me meto súbito a una de las literas, recorriendo aterrorizado la cortina.

Después de recuperar la respiración, pongo la luz de cabecera y comienzo a jugar para olvidar —arropado entre las sábanas y una cobija espesa color ocre— con mis dos amigos, incluido un ratón de peluche que había olvidado mencionar, pero que es su líder indiscutible.

Todo esto mientras un frío halo de viento se intenta colar por la helada ventana, lo cual me obliga a entrecerrar un poco más la persiana, dejando solo un pequeño espacio para poder mirar, esto mientras limpio de manera constante con mi aliento, el frío vapor que se impregna en el vidrio.

Durante el trayecto lo único que alcanzo a apreciar son desconocidos pueblos quietos de borrosas luces, y el contorno de los pinares que le hacen más sombra a la sombra, mientras que el tren pasa como sangre por arteria en medio de los otrora espesos bosques de Michoacán.

Por todo esto, mi aventura se vuelve esencialmente auditiva. La sirena nerviosa, gangosa y dramática del tren pita por cada aldea que pasa, mientras que el triqui - traca de un eco metálico constante -difuminado y acolchado por la fricción de las ruedas con los durmientes- me deleita, hipnotiza y arrulla hasta que por fin logro conciliar el sueño…

En la mañana de Noche Buena, los primeros rayos de sol me despiertan y el paisaje es estrambótico. El verde de los pinares se mezcla con el amarillo incandescente del sol, jugando entre ellos para no dejarme ver el gigantesco monstruo de hormigón que aguarda a lo lejos, montaña abajo, mi llegada. A través de la ventana, ya casi seca del rocío matutino, veo la Ciudad de México, mucho más gris y contaminada de lo que está ahora. Una nata gris posapocalíptica contrasta con el azul del cielo a su alrededor.

Después, las casuchas de lámina al lado de las vías comienzan a aparecerse. Veo una pobreza a la cual no estoy acostumbrado y me hago consciente de que este país es hermoso pero desigual. He despertado.

Al final, después de un azaroso trayecto por la zona industrial del este de la ciudad, más parecido a la película de Max Max que a otra cosa, llegamos a la Terminal de Trenes de Buena Vista, que con sus 6 andenes distintos, se nos presenta orgullosa, mostrando su músculo.

Al bajar me sorprende su estética minimalista tan de los 50-60 —esa de Niemeyer y su Brasilia— plagada de enormes y limpios espacios. Pisos de mármol adalmatado por doquier y un tablero electrónico que me deja boquiabierto por su tamaño, lleno de llegadas y salidas a todo el país —casi todas retrasadas, qué raro—. Sin embargo, y por la magnificencia de su arquitectura, pienso que mi nación en aquella época, todavía construía con anhelo sus inacabados sueños de grandeza.

El viaje de ida ha tenido un final feliz y yo, Martín de 9 años de edad, tendré una hermosa navidad en la herida Ciudad de México de 1985, que aún se lame las profundas heridas del terremoto.

Hoy es el 30 de mayo de 2018. A 33 años, el servicio de trenes de pasajeros ha muerto en el país. Ninguna potencia económica ha renunciado a su uso, al contrario los han modernizado. Las únicas noticias que escucho referente al tema en México son el hurto y descarrilamiento de un tren de carga que viene de Veracruz y otra referente al proyecto del ferrocarril de alta velocidad a Toluca, que señala que lleva demorado en su construcción más de dos años.

Ambas notas se me hacen una excelente analogía de la situación de nuestro país: nos vamos al despeñadero o avanzamos por fin hacia esa modernidad anhelada y pospuesta por nosotros mismos. En lo personal, me gustaría volver a viajar algún día por tren en México… Créanme que a ustedes también.

***

La poesía es la única con la que podemos experimentar a flor de piel emociones que creíamos imposibles en nosotros, por eso te recomendamos los siguientes poemas que nos muestran que hay heridas que nos marcan de por vida. Si quieres conocer más poesía amorosa latinoamericana, te recomendamos estos 10 poemas de Pablo Neruda que dan directo en el corazón.

Martín Klimek

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