El verdadero amor es ciego, duele y es egoísta
Letras

El verdadero amor es ciego, duele y es egoísta

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Por: Diego Fernandez

22 de marzo, 2016

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22 de marzo, 2016



Trataré este artículo sobre el amor con la sutileza y el cuidadoso sosiego de quien pide una canción a la rocola. Es curioso pensar en el amor sin el obligado designio de afirmar que ya se ha dicho todo sobre el tema, que ya se ha agotado el tópico, que es inútil utilizar a Romeo y Julieta para representar el amor enfermizo y la muerte promisoria de un amor eterno que se  cosecha desde el ocaso de la época isabelina.


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Pienso también en una leyenda que repiten los españoles desde hace años, en la que una mujer se convirtió en una piedra de salitre, encallada en la costa, por esperar a su amante pescador que había zarpado del muelle hacían siglos, sin saber que el mar se había enamorado de ella y que fueron el mar y sus celos quienes le había arrebatado a su amado. Triste historia, pero es inservible para explicar un sentimiento que emana del espíritu y lo acorrala hasta la asfixia. Pienso en el amor de los dos volcanes mexicanos con la esperanza de que esa leyenda pueda salvarme del oficio de la escritura. Dice un dicho mexicano -que más que dicho es verso- que “los únicos que mueren son aquellos que no han hecho que los otros puedan ver la eternidad”, porque quien hace que los otros vislumbren la eternidad por lo menos un segundo, se perpetúan en el recuerdo por los siglos de los siglos. Pienso en el amor como eso mismo, como esa eternidad que hay que mirar por lo menos una vez en la vida para evitar dejar de existir con la muerte. Es inevitable caer en la cursilería al hablar del amor amoroso, aquel que comparten dos personas en la búsqueda indefinida de la satisfacción de las necesidades humanas. Se agotan los temas al hablar del amor, pero lo cierto es que a diario se escriben más historias verdaderas que novelas publicadas. No me queda de otra más que sentarme en un parque cualquiera para analizar a las parejas en la búsqueda de una historia que contar. Al hablar del amor es necesario hablar de la realidad, porque el amor, como la realidad, rebasa, en un momento determinado, a la ficción misma.

Pero si hemos de hablar del amor, es preciso remitirnos al pasado; a la fábula con la que Apuleyo dio forma al amor y a la locura que lo acompaña. Psiquis, una de las tres hijas de un rey de Asia, fue quien logró conquistar el corazón de Cupido. Venus, al mirar que Cupido estaba perdidamente enamorado de Psiquis, decidió odiarla y verter sobre ella una maldición que marcó su relación amorosa con el amor mismo. Psiquis es la representación del amor ciego, del amor que rebasa los límites de la atracción física, pues Cupido jamás podía ser visto por su amada, pues su amor radicaba en la ignorancia, en amar sin buscar el contacto de los ojos. Psiquis es la mente del enamorado que se ve cegada por el sortilegio del amor. Psiquis fue instruida por sus hermanas celosas del amor que le tenía Cupido, mismas que le hicieron creer que su enamorado era un monstruo y la convencieron de matarlo. Fue entonces cuando Psiquis tomó una lámpara de aceite y un puñal filoso para asesinar al “monstruo” que la asediaba. Una noche, varada en la oscuridad nocturna de la habitación de Cupido, Psiquis acercó la lámpara de aceite al rostro de su amado, descubriendo que se trataba del dios del amor, y la maldición cayó sobre ella. El amor de Psiquis y de Cupido explica la realidad de los enamorados. El amor es ciego porque la razón se ve atrapada en un oasis de ternura cuando uno cae en las redes del enamoramiento.

tyler olvidar a un amor

El amor también puede desencadenar en mal. Los elementos que acompañan al amor –el deseo, la compañía, la solidaridad, el erotismo, la belleza, la pasión, el recuerdo y el olvido- pueden suponer que el amor reduce la maldad, pero el amor también desemboca en el mal. No dudamos que Hitler amaba a Alemania, tanto que en “Mein Kampf” generó una idea nacional-socialista en la que dictaba que lo más importante era la etnia, es decir, el amor por la raza. El amor se transfigura en maldad cuando utilizamos el sentimiento amoroso para privar de las libertades al prójimo. El amor degenera en egoísmo. Tal es el caso del amor del celoso, Spinoza decía que los celos son el miedo constante del celoso ante la idea de que los fluidos más íntimos de la persona amada puedan entrar en el cuerpo de otro. El celoso impone su voluntad en el otro, “por su propio bien” y así,  por amor, desviamos al ser amado de su propio destino para construirle un camino egoísta.

El amor puede también alterarse en costumbre, al respecto Carlos Fuentes nos dice: “La más viva pasión puede degenerar en costumbre, en irritación a lo largo del tiempo. Una pareja empieza a conocerse porque ante todo se desconoce. Todo es sorpresa. Cuando ya no hay sorpresas, el amor puede morir. A veces, aspira a recobrar el asombro primerizo, pero acaba dándose cuenta de que, la segunda vez, el asombro es sólo la nostalgia. Acomodarse en la costumbre puede ser visto por algunos como una pesada carga. Pero ¿cuántas parejas, también, no han descubierto en la costumbre el amor más cierto y duradero, el que mejor acoge y cobija la compañía y el apoyo que también son nombres del amor?” (Fuentes, 21, En esto creo).

amor

El amor es la plenitud del placer. Es un sortilegio que florece dentro y fuera del cuerpo humano, prolongándose hasta los dedos, los muslos, la cintura, la carne y el espíritu como dos elementos que se endiosan y ensalzan cuando el amor los posee. El amor, en su naturaleza, evade el sentimiento de ansiedad, es cuando no pensamos en nada para evitar que esto termine en un momento determinado. Se sabe que el amor es malo, pero se le conoce muy poco, porque lo malo del amor llega cuando éste se ha convertido en desamor, es decir, el amor, en su esencia, no es malo, sino que la maldad amorosa se refleja en las consecuencias del amor. Los seres humanos somos los únicos que hacemos el amor dándonos la cara, frente a frente, para el animal no hay excepciones, para nosotros, la excepción animal es la regla humana. La mirada es un conducto imprescindible del amor. Las parejas se miran para conocerse, para reconocerse y para dejar que por los ojos entre el amor. Cuando se ama sin medida, todo el mundo huye de la mirada del enamorado, porque dicha mirada ya tiene dueño, sólo tenemos ojos para el ser amado.

La forma impura del amor es la razón. Quizá sea la mejor forma de amar aquella que dicta que se ame sin medida, sin las barreras que erige el pensamiento. Psiquis y Cupido –el dios Amor– se unen para reafirmar la teoría: el amor se imposibilita frente a la razón. La razón está incapacitada para contemplar el amor verdadero y el amor verdadero no sucumbe si se inhibe el deseo del razonamiento.


Referencias: