El viejo señor Ansen
Letras

El viejo señor Ansen

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Por: Jorge Sarquis

6 de junio, 2013

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Por: Jorge Sarquis

6 de junio, 2013

El viejo señor Ansen
Cuando las tardes llegaban y el sol estaba por ocultarse, a veces, su ausencia era tan aguda que el resto del día se consumía en una apatía envuelta de nostalgia. Se quedaba sentado en aquella mecedora del pórtico sin hacer nada, absolutamente nada. Algunos decían que la estaba esperando, otros que para esa hora del día ya no tenía fuerzas suficientes. No importa, el caso es que el señor que rentaba aquellas cómodas habitaciones siempre me pareció un misterio.

Por la mañanas, en el gran comedor, se colocaba en la cabecera con el periódico abierto y una taza de café. Esperaba a que dieran las nueve a.m. para empezar a comer el desayuno que la señora Rosy le llevaba.

Siempre saludaba a todos muy amablemente y les hacía un poco de plática; a la señora Frankl le preguntaba por su clase, le gustaba darle consejos de cómo tratar a los niños del convento; con Víctor, mi vecino de piso, hablaban un poco de política y concluían con las mismas opiniones, eran pláticas rápidas; a la dulce Nina, hija menor del matrimonio que vivía en el último piso, le preguntaba cómo iba la escuela; y finalmente, con Gabriel, el padre de Nina, era con el que se quedaba más tiempo, hablaban de su pintura y la música, del arte, generalmente.

Recuerdo una de las veces que pude quedarme al desayuno, ese día especialmente estaba muy interesado conmigo. <<A ti es el que casi nunca veo muchacho, ¿qué es de ti, qué es lo que en verdad te gusta, te apasiona?>> Recuerdo que me preguntaba muy atento. Y aunque en realidad no me acuerdo muy bien lo que respondí, recuerdo que tartamudeé y divagué mucho, seguramente, porque hasta la fecha nunca he tenido clara la respuesta a ese tipo de preguntas.

Después del desayuno me pidió que le regalara uno de mis cigarros, así que fuimos a fumarlo al pórtico.

Cuando la tía Laura me contactó con la casa del que había sido el segundo esposo de su madre, me pareció una gran idea porque en mi familia se decían muchas cosas del viudo de Luisa. Hablaban de cómo había llegado de inmigrante para luego hacer una fortuna con la compañía de cruceros, decían lo mucho que había amado a Luisa durante toda su vida como a ninguna otra cosa y también hablaban de la manera en la que aquel hombre siempre había apoyado y criado a los hijos de Luisa como suyos; y por último, se preguntaban por qué habría desaparecido después del accidente, de sus muertes.

Volviendo al pórtico: fue allí cuando el señor Ansen, después de casi dos meses, me preguntó cómo estaba mi familia, dijo que aunque no pareciera la extrañaba mucho. A mi no me conocía; bueno, me conoció en alguna ocasión pero no era más que un bebé que no tenía ni el año de nacido, también mencionó eso.

<<Yo todavía estoy de luto; por ella, que recibió perpetuamente su funeral de escándalo… que ha muerto a desabasto, y pronto moriré, moriré por su ausencia>> Cuando dijo esto yo me quedé perplejo, la verdad no supe que decir, no supe hacer nada. <<Yo vengo a estar de luto porque puedo. Porque si no lo hago hasta la fecha, se me vería abajo el alma de vergüenza, por haber callado, por no haber odiado al mundo>>. Como no tenía nada que perder y con la juventud que me respaldaba, recuerdo que dije algo que según yo fue inapropiado. <<Como a ninguna otra cosa y al final eso no cuenta. ¿Qué natalicio nuevo de su ausencia? ¿Qué viento de crueldad este domingo?>>.

Me quedé pensando y sin decir nada, asumí idiotamente que hoy cumplía otro año el accidente, cosa que después, con los años, descubrí que no era así. Él rompió el silencio y dijo que ya era mucho recordar por hoy. Me pidió que le dijera a la señora Rosy que le sacara otra taza de café, que hoy la esperaría ahí desde la mañana.

Pasaron como cuatro semanas y nada, todo continuó como estaba. El señor Ansen todas las tardes seguía sentado en su mecedora y por las mañanas era otro. Yo pronto volvería a casa. La rutina de ese verano era cronómetro, simétricamente perfecta, igual hasta que un día me llegó una carta de mi tía Laura que me decía, entre besos y palabras, que mi abuelo había muerto, que abandonó el hotel de su cuerpo. Lo hemos llorado mucho, se fue tras de su alma, me hubiera gustado que terminara la carta.

Ese día también bajé a desayunar con todos. Me preguntaron por qué estaba tan serio. Les dije, sin romper en llanto, y el señor Ansen, extrañamente, suspiró de envida. ¿Cómo lo supe? Sencillo. Todos me dieron su pésame y el viejo se paró de la mesa sin decir nada, se fue hacia la cocina. La señora Rosy nos dijo que al señor se le había ido el hambre y nos preguntó qué habíamos hecho para ponerlo de mal humor. Nadie dijo nada.

Por fin llegó el día de mi partida, el día en el que dejaba esa grande y bella casa en la que había pasado todo el verano. Todo estaba listo. Ya me había despedido de casi todos, me faltaba el señor Ansen. No lo encontraba en ninguna parte. Subí a su cuarto y nada, lo busqué en la cocina y nada, salí al jardín para ver si seguía con Gabriel y ya saben, tan sólo estaba él pintando, como siempre.

Me di por vencido. Pero cuando salí al pórtico, para recibir al taxi que llevaba esperándome ya tiempo, lo vi. Le dije que me iba, que le escribiría pronto. También le agradecí por todo, por no haberme cobrado la renta y haberme devuelto el dinero de mi madre. No dijo nada pero se paró muy lentamente, se acercó a mí, me susurró casi al oído. Se despidió y me dio un abrazo. Al final me dijo que la muerte por él no vendría, que la muerte para él ya había muerto, que ya lo ha olvidado muchas veces. Después, se sentó en aquella mecedora del pórtico de nuevo y me dio el pésame que no me había dado el viernes.  

 

 

 

 

 

 


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