El vigilante
Letras

El vigilante

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Por: JLenciso

14 de febrero, 2013

Letras El vigilante
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Por: JLenciso

14 de febrero, 2013

Cuenta el escritor Rodrigo Fresán, quien fue un consumado ladrón de libros, que en su juventud vivió un duelo con un amigo para ver quién robaba los siete tomos de En busca del tiempo perdido; modestia aparte, dice que él ganó. Todo, en una sola jornada, en las librerías de Corrientes. Afirma que su carrera fue grande hasta que en una feria libresca vio cómo un jovenzuelo se apoderaba, sin pago previo, de un ejemplar de la obra que el mismo Fresán promovía en ese momento y se lo daba a firmar. Ladrón que roba a ladrón… Con candor que se trasluce artificial confiesa que ese hecho lo “curó”. Acaso lo más despreciable de esta historia sea su final pusilánime.

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Al igual que él, muchos escritores se han vanagloriado del hurto del libro y han pretendido dotarlo de romanticismo. Roberto Bolaño no se cansaba de decirlo, con cierto orgullo agrio y egocéntrico, estúpido si se pretende dar por bueno un criterio maniqueo como que un robo es un acto transgresor que puede y deber ser perdonado si el objeto sustraído es un libro. ¿Y si se tratara de un manuscrito, de un borrador, de algo próximo a publicarse o de un plagio al estilo Sealtiel Alatriste o Bryce Echenique? A los ladrones literarios les cambiaría el rostro si la desaparición implicara a su próximo best seller; ya no justificarían con una sonrisa ñoña la pérdida. Así, el pretendido descargo resulta una excusa a fin de ganar importancia literaria y jugar a ser el pillo intrépido de las letras, el que siempre se sale con la suya.

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La lista de ladrones devenidos en escritores famosos es larga y, el lector ya lo habrá notado, resulta repugnante a quien esto escribe. A mí me basta saber que tal o cual autor hurta libros para que me convenza de que su audacia sustractora es proporcionalmente inversa a su calidad literaria; sé que lo hace con el propósito de apropiarse del fetiche más representativo de las letras –y no en el sentido intelectual, sino acumulativo- pues sabe que es la única manera de demostrar su endeble sapiencia. Cerebros insustanciales. Yo, debo confesarlo, no soy ni una blanca paloma ni un puritano que observa a rajatabla el séptimo de los mandamientos entregados a Moisés en el Sinaí. Pero tampoco soy un ladrón de libros, ¡eso jamás! La primera vez que busqué apropiarme de uno sin comprarlo la suerte marcó mi destino. De una de las librerías de viejo de Donceles, en México D.F, sustraje uno de los libros que ansiaba cuando apenas me acercaba a la obra de Vargas Llosa –yo era un novelista en ciernes e intentaba copiar estilos-: Elogio de la madrastra. Se trataba de una quinta edición, publicada por Grijalbo. Entonces los escritores me parecían seres de otro mundo y los libros objetos mágicos. Yo llevaba unos pantalones de explorador, de esos que tienen bolsillos laterales en los tubos capaces de albergar libros en octavo mayor. Tardé muchos minutos en decidirme, hice movimientos de distracción, empleé toda mi argucia con el objetivo de lograr afanar el volumen y, al final, conseguí resguardarlo sin ser visto. Me sentí grande, eso debo admitirlo, y a la vez un tanto indigno; el rubor en el rostro no distinguía sentimientos. El susto de haber cometido una violación cedió ante la emoción del éxito. No quise sacar la evidencia en el Metro ni en el trayecto a casa, por temor a ser sorprendido y despojado del botín. Al llegar a mi cama, sitio donde leo, la fruición por el relato me duró sólo hasta la página 152. La mala encuadernación omitió una porción del pliego y la historia se reponía en la página 181. Me sentí humillado, no por la torpeza de haber elegido un volumen defectuoso sino por la posibilidad de que los libreros me hubieran visto y, al ser un ejemplar de poca valía, me dejaran salir sin inmutarse, como si les hiciera un descargo. Las dudas matan. Ahí terminé esa carrera y comencé otra, la que actualmente profeso.

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Empecé a obsesionarme con los relatos de grandes ladrones de libros, me encabrité con el cinismo y las fechorías del conde Guglielmo de Libri, la estupidez de Tallemant des Réaux al justificar que hurtar libros no es delito a menos que se lucre con ellos, me asombré con los casos que relata Lawrence S. Thompson en sus notas de “bibliokleptomanía” y odié a los rateros, sigo odiándolos. Por eso me convertí en lo que soy: un vigilante permanente, una especie de justiciero.

Con el tiempo me he profesionalizado, he ido aprendiendo a clasificar, con un vistazo, a los varios tipos de ladrones: los ocasionales, los pobretones, los profesionales. Los primeros suelen robar por robar, son enfermos que lo mismo hurtan un chicle o un auto si se les presenta la oportunidad; los segundos son los más cobardes, pues tratan de resguardar sus acciones en su condición –los libros son caros, dicen, sin embargo no son lo suficientemente valientes para unirse y exigir al sistema corrupto mejores salarios que les permitan pagar lo que cuesta en realidad hacer un libro-, y, al final, los profesionales, unos mercenarios hijos de puta dispuestos a matar por obtener el título que cambiarán por unos pesos.

El cuarto tipo, el más despreciable, son los escritores rateros. Se les nota el aire mesiánico cada que entran a una librería. Su rostro es el de quien se siente protagonista de una crónica, de una épica, de un hecho que sacarán a relucir con orgullo en cualquier momento.

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Me inicié en estas lides justicieras a los pocos meses de mi fracaso con el Elogio… Visité una librería de esas de prestigio y mientras husmeaba las novedades me percaté de que un autorcillo –no diré el nombre, porque aún tengo pendiente romperle la cara, pero es de esos que salen en la televisión-, metía algo entre sus ropas. Supe que era un libro. Al verlo salir, sin pagar, lo detuve en la acera. Lo increpé. El guardia de la entrada, con su mentalidad de siervo, se puso del lado del renombrado y me amenazó con llamar a la policía si seguía molestando al “señor”. Tuve la fortuna de quedar a poca distancia; sólo estiré la mano con velocidad y extraje el libro de su gabardina. Para entonces dos vigilantes estaban rodeándonos y fueron testigos de que el escritor famoso había sacado un libro de Carlos Cuauhtémoc Sánchez. Fue humillante.

Desde ese día empecé a visitar librerías, primero en busca de empleo; después, he llegado a ofrecerme como voluntario. El circuito de libreros ya me conoce mas no me recibe bien, a pesar de que cuido sus intereses, aduciendo que soy desmedido. Cierta razón tienen, cuando descubro un robo no soy discreto: exhibo, golpeo. Suelo ensañarme con los escritores, busco lastimarlos, quebrarles los dedos. Conozco sus artimañas, sus miradas, sus formas de accionar. No falta el ingenuo que aplica el truco de Fresán: firmar de modo furtivo un ejemplar de la librería dedicado a sí mismo; acercarse a algún librero con el fin de pedir que le traigan uno “igual al mío, quiero regalárselo a un amigo”, preguntar el precio, decir que es caro, que mejor le prestará “su” ejemplar dedicado al amigo, agradecer y salir tan campante. Ingenuos. A esos siempre termino picándoles los ojos con las puntas de las pastas, trato de romperles dientes o la nariz con el lomo de un tomo grueso. He llegado a arrancar hojas y usarlas buscando cortarles la cara con el papel, pero aún no soy tan hábil, seguiré practicando. No faltará quien aduzca derechos humanos o artísticos para esos infelices escritores, no obstante, sé que son simples delincuentes, no son de otro mundo.

Por cierto, olvidaba decir que desde que vigilo, también he dejado de escribir; no es posible hacer de todo en esta vida.

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Referencias: