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El día que ella me regaló flores comenzó nuestra historia de amor

12 de junio de 2018

Cesar Zetina

Ella me regaló flores... en mi mano aquel racimo de 20 rosas de colores rojos, blancos y amarillas se aferraban a mi palma con el tallo y sus espinas, se enrollaba tan fuerte, tan cerca que podía sentir que se enterraba en mis venas como si quisiera ser otra parte de mi ser. Ella me regaló flores, me dio un tierno beso y, mientras el rubor encendía el rostro, las manos le temblaban y la sonrisa a plena vista se agrandaba, me recitó unas últimas palabras proferidas con un suave cántico, casi susurrando por la pena cerca de mi oído derecho, mientras me abrazaba con la mirada: te amo. Soltó las palabras tan delicadas, las sentí tan flamantes, quemándome los oídos, haciéndome vibrar de pies a cabeza.


Me petrifiqué, me quedé estático con los pies enterrados en la tierra, y era esa alternativa o volar, salir por los aires, con la felicidad rebozando de mí y poder gritar: ¡qué gran mujer!, ¡qué maravilla!



Sigo viendo las rosas mientras la traviesa chica camina por el sendero hacia la calle, la veo con lentitud, cada vez un poco más, como si el tiempo se estuviera deteniendo sólo para placer mío. Eso lo sentí especial, ninguna otra mujer en tiempos pasados, aquellos tiempos que las telarañas y el polvo los inunda; en ninguna otra ocasión había recibido flores. ¡Tan especial es esta chica que reconoce los sentimientos de un hombre! ¡Me siento comprendido y desprevenido!


Esas rosas, esas únicas rosas han cambiado mi perspectiva volviéndola aún mejor, más cariñosa, más de color de rosa. La chica camina lento, posa el otro pie sobre el piso, presionando fuerte, los músculos de sus piernas completamente tensas y tan tersas; quiero decir algo, quiero llamar su atención con un ligero aliento y poder mantener aún su interés sobre mí, quiero, tengo la necesidad creciente de ser parte de ella, de... me parece difícil de pensarlo, tan embriagante, complicado y enmarañado creer que con un pequeño gesto, que con un sólo momento en que su mano se posó sobre la mía, cuando los ojos se cruzaron a mitad del camino, casi por soslayo, casi por amor, casi por una desesperación, por cariño sincero. No, no puedo creerlo que eso tan sencillo ha podido generar en mí, el pensamiento de un amor.



Mi voz no se escapa, se acumulan las palabras, unas cuantas lágrimas se apilan en mis ojos, quieren salir de la alegría de esta grata sensación que estimula cada una de mis fibras. Comienzo a caminar, tropiezo en mi andar. Muevo las manos, estiro los brazos, sigo tropezándome. Las rosas se alborotan ante mi fuerte andar, mis piernas retumban, comienzo a sentirme libre.


Es entonces cuando la alcanzo, cuando en mitad de su partida la abrazo. Ella siente mi calidez y coloca sus manos sobre mi brazo y lo aprieta. Siento lágrimas caer por mis brazos, siento su calidez crecer y la acerco más a mí.


Esa es la historia que cuento siempre a mis conocidos, de cómo fue que empezó esa historia de amor, mi historia, cuando ella me regaló flores.



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TAGS: Cuentos Nuevos escritores
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Cesar Zetina


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