Te escribo para atrapar tu recuerdo en el papel y olvidarte por completo

Martes, 6 de noviembre de 2018 13:53

|Bryan Hernandez Torres
cuento triste



¿Cuánto nos toma despedirnos realmente? A continuación, te compartimos el texto En la línea de la frontera, cuento triste sobre despedidas y el olvido que llega con el tiempo.



cuento triste 1



EN LA LÍNEA DE LA FRONTERA


"Te escribo desde este lado. Hacía mucho tiempo que quería hacerlo, pero al final de los finales me he tardado demasiado. Sin embargo, aunque ya no estoy aquí, intentaré hacerte llegar este mensaje desde un lugar remoto". Así comenzaba la larga carta de Harumi. En aquellos momentos, montado en un avión comercial con destino a la ciudad de Puebla, atravesaba la frontera entre Estados Unidos y México. 


"Primero que nada quiero que sepas que esto me ha costado muchísimo. He tenido que asir todas mis fuerzas para golpear, una tras otra, las veintiséis letras del alfabeto. Al escribir me invaden muchas cosas y de pronto me siento perdida. Escribo, primero tan rápido a la velocidad de mis pensamientos, luego me detengo, releo, reescribo, arreglo aquí y allá, le doy forma, congruencia, y en muchas ocasiones borro todo y vuelvo a empezar. Un cuento sin fin. Mis ideas flotan en al aire, están suspendidas sin gravedad alguna que las ate al terreno de lo posible. Pero una vez las aclaro y las imprimo en el papel, siento que arreglo algo, algo dentro de mí. Quizá por eso es que escribo. Escribo y no escribo, porque no he escrito nada aún. Hoy en día, esto que lees son mis mejores líneas. Primero cojo una silla, me siento tras el ordenador y abro el procesador de textos. De hito en hito lo observo y luego, como si estuviera en medio de un bosque frío, expongo mis dedos al fuego. Al atisbar entre ellos aparece el teclado. Postro mis manos por sobre de él, acaricio con sutileza las teclas, grabo todo esto en mi memoria como una fotografía. Una vez lo decido, comienzo con este oficio. Cierro los ojos, los cierro fuertemente. Poco a poco van apareciendo cientos de estrellas dispersas. Luego respiro profundo, le doy una calada al cigarrillo y siento como el humo del tabaco entra hasta mis pulmones, da un par de vueltas y sale sin más. En la radio suena "Aruarian Dance" de Nujabes. Una melodía extraña que me hace sucumbir en una irrealidad aparente. Todo es tan onírico que apenas percibo mi presencia. Me siento en la linde de un mundo y en el inicio de otro. Estoy justo en medio de una frontera en donde se está dando un juego de tira y afloja en el cual yo soy la cuerda. A ratos me voy de mí misma, a ratos vuelvo. Me doy cuenta de la hora, se hace un poco tarde y no dispongo de mucho tiempo. Tiempo… Vaya cosa. Nunca me importó mucho, pero ahora lo mido con la precisión de un reloj. Si corro con suerte quizá hoy el día disponga de una hora más, sólo entonces tendré más espacio para repensar las cosas. Pero sólo si corro con suerte… Aquí me envuelve una oscuridad insoportable, me seduce y me atrapa como una cortesana a un hombre. Me opongo, pero al final me quedo sin fuerzas. En esta oscuridad me arrancan los ojos, los hacen añicos las sombras. No veo absolutamente nada. Camino en un laberinto interminable… No quiero irme, al menos no ahora que he llegado tan lejos. No dejes que me lleven, piensa en mí y volveré a estar sentada tras este ordenador escribiendo. Poco a poco vuelvo en mí, expongo mis dedos al fuego nuevamente, se calientan en el fulgor de la fogata. Los muevo uno por uno, siento como se van meciendo en la eternidad del tiempo. Porque, ¿sabes?, aquí el tiempo no pasa. Estoy convencida, me he ido lejos. ¿Me he ido o he regresado? No lo sé. Atisbo al reloj de nuevo, el segundero sigue corriendo. Hago cálculos matemáticos en la cabeza, al parecer aún dispongo de un intervalo largo para seguir escribiendo. ¿Me habrás recordado? ¿Aún no me olvidas? No me lo creo. Estoy segura que ya me olvidaste. Soy realista y sé que pensar lo contrario sería sólo una ilusión. Pero todos vivimos de ilusiones, pensando esto o aquello, así que por mi bien lo creeré. Imagino que ahora que me lees entre párrafos, en la medida de lo posible, me irás dibujando en tu cabeza".


Cerré la carta, no quise leer más. Al mirar al otro lado de la ventana, se iluminaban las ciudades como un banco de luciérnagas en medio de un prado.


—¿Necesita algo? —me preguntó un hombre de mediana edad que estaba sentado justo al lado mío. 

Desde que había abordado el avión y tomado asiento, el hombre no había despegado sus narices de un libro.

—No, en absoluto. Estoy bien, gracias —dije al tiempo en que me secaba el sudor en la frente que me escurría a chorros desde que comencé a leer. 

—¿Esta usted seguro? Yo lo veo un poco pálido. 

—Lo digo en verdad. No se preocupe y vuelva a su lectura.


Una vez dicho esto, el hombre encogió los hombros como diciendo: "¡Qué remedio!", luego volvió a lo que estaba haciendo.

Con el móvil en la mano me quedé pensando en Harumi. Ella tenía razón… La había olvidado. No recordaba nada de ella, absolutamente nada. Mi mente estaba en blanco, como si alguien me hubiera borrado la memoria. Pero haberla olvidado era lo mejor. Todos debemos olvidar a los que se van, estaba convencido de ello. Además, debo añadir que Harumi había muerto un año atrás. 


**


La soledad es el momento en el que descubrimos que no estamos realmente solos. El ruido y vertiginoso ritmo en el que vivimos a veces nos ahoga tanto que olvidamos vivir el presente, por esa razón te compartimos las 6 lecciones espirituales que aprenderás del aquí y el ahora.



Bryan Hernandez Torres

Bryan Hernandez Torres


Colaborador
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