Letras

Encargo a Pete

Letras Encargo a Pete

 

El teléfono lleva timbrando un buen rato pero no te quieres parar de la cama, tu cabeza tiene ciertos indicios de dolor, tu garganta está seca, el agua: hasta llegar a la llave del baño, sí baño, mierda. Piensas si contestar o no contestar el teléfono. La insistencia es verraca, mierda, verraca. ¡Aló! Está bien. Te veo al rato, cuelgas. Temías que te tocara pararte de la cama no sólo para contestar el teléfono. Primero te hidratarás: el vaso está sucio de pasta dental, lo lavas y luego lo llenas con agua de la llave. Caminas por el cuarto buscando qué ponerte, tu interior blanco deja asomar un pedazo de nalga, tu barriga peluda, atractivamente peluda, no te has afeitado hace ya cuatro días, tu pelo dejado como siempre, cosa que igual no importa. Otra vez suena el teléfono: ¡Aló! No, no, Pete no está. Pete había quedado de traer un poco de dinero ayer pero se quedó durmiendo en casa de su abuela, cosa que igual no importa. Hace hambre, imaginas omelette. Las botas están muy sucias: te diriges a la cocina con ese sentimiento de pereza que te caracteriza los domingos. Hoy es domingo, el sol lo delata. Ahora la bermuda caqui y la polo blanca con el loguito de Ralph Laurent. Todavía no puedes creer que te hayas parado a trabajar un domingo en la mañana así sea por Pete. De repente ves el letrero en luces de neón apagadas; miras por la ventana, ves una mesa disponible al otro extremo del salón. La mesera es una nenita de no más de 19 años, de piel morena, bonita, y entonces le guiñas el ojo y le pides omelette, pan y café. La nena se va en silencio mientras la miras desfilar y perderse en la puerta de la cocina, cosa que igual no importa. Junto con el desayuno deja un papelito miniatura volteado en la esquina de la mesa, lo lees: huevos perico tres mil pesos, café mil pesos, pan de mantequilla doscientos pesos, total cuatro mil doscientos pesos. La calle está parca y el sol imprudente, bah, domingo. Empiezas a recordar anoche; los colores de anoche eran diferentes a los de hoy, eran como tenues donde había mucho rosado y mucha fluorescencia, ujum, eran como negro, rosado y blanco, muy iluminado; hoy está amarillo: el azul está amarillo, el verde está amarillo. Te quedas parado en la esquina de una avenida, justo en frente del semáforo; te tomas el pelo, te lo acomodas, sacas del bolsillo de tu bermuda unas gafas negras muy vintage, como las de la pornografía vintage, no, no, las gafas están vintage. El semáforo se pone en rojo, cruzas la calle con paciencia; el bus demora aproximadamente quince minutos en pasar, mierda, son quince minutos que pudieras haber gastado recostado en tu cama. Maldices el teléfono. Pete vive en la puerta grande número 56 43, entonces buscas, 56ª 32, notas que te has pasado una carrera y retrocedes. Buscas la puerta: 56 103, 56 79, 56 71, 56 65, 56 55, 56 43. Timbras una, dos, tres, muchas veces hasta que la abuela de Pete se asoma por la ventana. Saludas con la cabeza. Pete demorará en bajar aproximadamente diez minutos, cosa que ya sabes, cosa que no es sorpresa. Miras pasar los carros, los cuentas, te fijas en el color, la marca, si lo maneja un hombre o una mujer, si van en familia o van solos, si son autos de comercio; te fijas en el árbol, en el perrito que hace chis en el árbol, en su dueño en sudaderas, deportivo, gafas de sol, botella de agua y canguro. Pete abre la puerta y te dice que qué hubo huevón, entonces tu le dices que todo bien y sacas del bolsillo tu billetera y de una ranura de tu billetera un sobrecito blanco pequeño. No importa lo que hay ahí. Pete te entrega el dinero, se conectan los puños, te vas. Ya se te quitó el sueño, ya no llegarás a tu casa hasta la tarde.

 

Álvaro Díaz es un joven escritor colombiano que estudia en la Universidad Nacional de Colombia. Actualmente reside en la ciudad de Bogotá. Álvaro combina sus estudios en química con su gusto por la escritura, principalmente cuentos.


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