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Cuento para cuando quieras finalizar tu historia de amor

16 de julio de 2018

Cesar Zetina

Estaba encerrada en aquellas cuatro paredes, esperaba que el sonido de afuera no le perturbara. Los golpes a la puerta se volvieron más intensos mientras que los gritos desesperados incrementaron de tono. Se tapaba los oídos mientras recitaba un viejo poema:


El tiempo se fue,

así como el amor que prometiste,

desapareció la fe,

de eso ni te percataste,

al final aquí estoy

sola o sin ti,

me siento siempre así

siempre es igual que hoy.


Incluso el día en que te conocí

debo admitir que no fue especial,

que el día en que supe de ti

fue tan ordinal.



Cometí el error de enamorarme,

cometí el error de exigirme,

que deba darte la oportunidad

cuando no vales ni la mitad,

de un ser verdadero

ni de un animal callejero.


Cerraba los ojos. Podía escuchar su voz azotándose contra su cabeza, repitiendo una y otra vez que la necesitaba.

—¡Sé que estás ahí adentro!, ¡ábreme ahora!, ¡sé que estás ahí adentro, responde!


Él ya no aguantaba, tan sólo esa frágil puerta de madera los distanciaba. Ella no podía sacar de si las palabras justas para la ocasión, ni siquiera tenía la energía para mirarlo a la cara. Escuchaba su cansancio, podía sentir su hartazgo con cada nuevo golpe que lanzaba bufando a los cuatro vientos.


Aquel oso de peluche que en la feria había ganado para ella le observaba del otro lado de la habitación, colocado en el estante que eligieron con tanto tiempo para que combinara con el ahora cuarto gris, que en algún momento se pintó de rosa frente a ella. Los gritos seguían y no podía detenerlos con ningún pensamiento que cruzaba, sólo pedía que el oso dejara de verla, que desviara su cabeza a otro punto y que ahí se quedara perplejo sin dirigir en ningún momento un ligero gesto hacia ella.

—¡Abre, maldición! —gritó con mayor fuerza—, ¡abre, tenemos que hablar!


Él decía siempre lo mismo; hablar del futuro próximo ya no les ayudaba, debían admitir que todo se había roto años atrás, y aun así, habían dedicado gran tiempo de su vida a fingir que nada estaba mal, que las pequeñas heridas que se crearon en el momento del golpe no existían, que fueron sólo un oscuro recuerdo de su pasado.


Ninguno de los recuerdos era lindo, al principio de la relación, cada una de las cartas y notas que se dejaban en los más pequeños detalles, ya fuera en un mensaje o un papel de servilleta lograban despertar en el otro ese sentido de amor que con alguien distinto hubiera cambiado.


Repetía él con su mensaje de hablar, lo hacía hasta el cansancio mientras golpeaba la puerta. No había nada más que hablar, no había nada que contar, ninguna cosa entre ellos era bueno y aun insistía en seguirse haciendo daño. Cuando era más joven y torpe habría corrido a sus brazos en cuanto hubiera escuchado su llamado, se habría derretido del deseo de estar feliz, de recordarse tan lindos juntos. Era un ciclo de nunca acabar que había decido defender en el pasado, ahora ya estaba cansada.



Deseaba que el oso no la viera, deseaba que el dejara de molestar; ninguna de las situaciones pasaría, el oso y él estaban en los más profundo de ella, con ambos había pasado noche en los que había estado triste, siempre le recordaban su más grande error, y el amor que creyó que existía.


Alzó la mirada y buscó por el cuarto, ya no podía seguir jugando aquel fastidioso tormento, era hora de finalizar la falsa historia de amor. Se levantó en seguida, pudo ver una ventana completamente abierta. Por fin, de una vez por todas, adiós a todos, adiós a todo su pasado… Adiós a él…



**

La imagen de portada de este cuento pertenece a AngieCouple

Para continuar leyendo poesía, te compartimos estos poemas panks para community managers.

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