Letras

Entre Robles, Mostajos y Serbales

Letras Entre Robles, Mostajos y Serbales

 

 Pintura de Olivia Garza

 

1

 

Nos encontramos en aquel bosque unas horas antes de lo acordado la noche anterior. Al principio yo estaba un poco nervioso por nuestro encuentro, pues era la primera vez que salíamos ella y yo solos, sin amigos en común. En fin, el punto en verdad aquí, es que esto que les cuento no importó de nada, y no importó de nada porque todos los árboles que dejaban ver su majestuosidad se decidieron a comunicarse con nosotros, pero no lo hicieron de una manera directa, tan sólo se cansaron de guardar ese silencio; fue como si no les importara nuestra presencia.

 

En un principio yo no estaba muy seguro de hacerlo, a ella no le importó nada. Siguió la descripción que nos habían dado los residentes de aquel pueblo de Toluca, y también la forma en cómo cortarlos o arrancarlos del suelo. Estoy seguro que ella se comió un pedazo más grande, yo sólo tome algunos restos, pues no estaba completamente seguro de que no fueran venenosos.

 

En fin, ni ella ni yo supimos qué era lo que estaba pasando, nos sentimos completamente desorientados. Todo nos rezumbaba en un engaño maravilloso; vamos, quién creería que los árboles, de los que estamos completamente rodeados en casi todo momento, actuaran con tanta familiaridad que no les importara que los pudieras escuchar hablar como si nada.

 

Todo empezó cuando uno de ellos le dijo al otro: No olvidemos que el hombre no siempre vive de forma sociable, y por eso pongo en duda que sea una criatura política del todo, como lo son las hormigas o abejas. Muchas veces busca compararse con otras criaturas y se deduce más apto o más docto.

 

No me sentí fuera de lugar por su conversación, pero debido a su gran número y por incertidumbre, decidí quedarme callado. Aunque confieso, me hizo creer que los de mi especie no éramos de su agrado. Como sea, era difícil seguirles el paso pues todos se encontraban en sincronía, nunca alzaban su tono y en ningún momento se interrumpían. Se perdían los temas y se remontaban en el momento indicado sin ningún error, era algo asombroso. 

 

Volteé el rostro para ver la cara de mi acompañante y se encontraba igual que la mía: anonadada. Tuve la impresión de que todos eran virtuosos, que disfrutaban casi de la misma felicidad y tuve cierta envidia de ellos. Me encontraba ante criaturas con virtudes iguales. Todos los árboles se jactaban de un espíritu de moderación impecable.

 

¿Recuerdan aquéllos pajarillos de pecho rojo que solían posarse sobre nosotros?, tiene más de medio siglo que ya no los he visto, preguntó un Serbal que estaba a lo lejos del par de Mostajos que se encontraban detrás de Natalia. Claro que los recuerdo, recuerdo que podían pasar horas haciéndonos compañía y recuerdo sus pequeños nidos sobre mi tronco. 

 

Me pareció ver a lo lejos, y por unos instantes, a un perro cruzar de un lado a otro, así que me paré para prestar más atención a lo que mis ojos me decían que sí lo era. Cuando me paré, uno de ellos dijo: vaya que está bonito aquel perro, seguro que ha de estar perdido. Me quedé parado, como asustado y pensando si acaso quería hablar conmigo. No dije una sola palabra; entonces, todos empezaron a hablarme. No seas tímido, decían algunos. Sabemos que nos escuchas, no es tu imaginación... Háblanos un poco, no te haremos daño; concluían en sincronía todos los serbales. Recalcaban, eso empeoró las cosas y me quedé petrificado.

 

¡Mi nombre es Natalia!, la escuché decir casi gritando. Eso lo sabemos, le respondió cortésmente uno de los Mostajos detrás de ella. ¿Ah si, y cómo es que lo saben si aún no les he dicho mi nombre?, preguntó muy intrigada. Me sentía estúpido por el hecho de que yo era el único que se encontraba un poco asustado. Porque algún otro ya lo habrá escuchado antes, respondieron cortésmente.

 

Ni ella ni yo entendimos exactamente a qué se referían con esa respuesta. Bueno, pues creo que ya han de saber que también me encuentro maravillada con ustedes, y se escucharon algunas risillas por todo el bosque. Pero díganme, ¿cómo es que saben nuestro idioma?, preguntó Natalia muy intrigada. Não é uma pergunta da língua, respondió en portugués. Es ist nicht eine Sprachenfrage, decía el que se encontraba a su lado derecho, a la par que otro respondía algo como: Non è una domanda di lingua. Después de eso, nos quedamos sin decirles algo.

 

Creo que están jugando con nosotros, lo que te quieren decir es que no importa el idioma, ellos se comunican más allá de los idiomas, le dije a mi amiga. Ella se acercó a mi y yo le sonreí un poco. Inteligente, al parecer diste en el clavo, como dicen ustedes, pero no sé… yo no lo diría de ese modo, decía otro Mostajo. Es decir que saben todos los idiomas del mundo, interrumpió rápidamente Natalia. Pues de cierta manera así es. Jovencilla, creo que me agradas, le respondió enseguida aquel Roble que tenía enfrente.

 

El mismo Serbal que había preguntado lo de los pajarillos afirmó que a él también le agradaba y eso me hizo preguntarme  si yo les agradaría como ella, pues si podían leer nuestras acciones sabrían que les tenía miedo y cierta envidia también. Es natural pequeño, tú no te preocupes, dijo refiriéndose a mí algún Mostajo, y con eso entré en completa confianza.

 

Platíquenme más sobre ustedes, les pedía con una voz dulce Natalia. Ellos accedieron a lo que les decía mi amiga. Nos platicaron un poco de su ritmo de vida, de su modo de ver las cosas en contraste con la de nuestra especie. A decir verdad, no entendí todo muy bien; pero bueno, al menos corroboré que sí nos llevaban muchos años de ventaja, es decir, de desarrollo como especie sociable.

 

2

 

Empezó a llover. Primero cayeron unas cuantas gotas de agua pero al paso de unos minutos todo se intensificó exponencialmente, así que capaz de encontrar en los árboles un refugio seguro de la lluvia, me acerqué mucho a uno hasta que éste me dijo que allí estaría bien, que arriba de mí estaba una de sus ramas y que me protegería del agua. Y ni te imagines que me caerá un rayo, a mí todavía no me toca. Recuerdo muy bien que dijo al final.

 

Natalia se paró enseguida a mi lado y nos abrazamos fuertemente. Esa… esa sí que es una de las cosas que le envidio a los hombres, suspiró un Serbal. ¿Qué?, preguntamos los dos. ¿Qué es lo que nos envidian?, les preguntó ella. La capacidad de ustedes de manifestarse afecto físicamente y la capacidad de brindar con eso apoyo al otro, nos respondió otro Serbal. Nos volteamos a ver Natalia y yo. Ustedes también pueden mostrarse apoyo, les contestó Natalia. Pero no de esa manera, y eso provocó que nos abrazáramos aun más fuerte.

 

Pues déjenme les digo que también, y muy a menudo, se puede apoderar del hombre una pequeña alegría y hacerlo enloquecer de felicidad por unos instantes. Pero saben algo, yo envidio que vivan en el bosque, les comenté al final. ¿Por qué?, me preguntó lentamente uno aunque según yo ya sabían todos ellos la respuesta.

 

En el bosque no se les prohíbe nada, podría tumbarme boca arriba donde quisiera y decir lo que fuera, hablaría en voz alta y sonaría como un discurso del mismo corazón del bosque, les dije creyendo no haberme explicado bien. Pues puedes venir cualquier día a hacerlo muchacho, me dijo el árbol que nos protegía de la lluvia.

 

Como si no hubiera hecho una pausa, y como si no me hubieran respondido, continué con mis ideas. Por la noche, entre sueños, bailo con frecuencia en sigilo con los árboles, mientras alguien me observa con silencioso júbilo, me atreví a decirles. Es por eso que no hemos decidido guardar la discreción que solemos guardar con los de tu especie, dijo uno de los Mostajos escondidos en el fondo del bosque.

 

Pude ver que algunos pájaros también se refugiaban en los árboles con nosotros, así que le dije a Natalia que viera todos los pajarillos de los que estábamos rodeados. ¿También hablan con ellos?, les preguntó enseguida. También, respondió alguno a secas. ¿Y lo hacen en este momento, mientras hablamos con ustedes?, pregunté yo. Podríamos, pero no tenemos muchas cosas de que hablar con ellos, a decir verdad ellos no dicen mucho, tan sólo algunas cosas específicas, decía el Roble que aun teníamos enfrente. Bueno, han de decir como máximo unas treinta cosas,y al decirlo reía un poco.

 

¿Podrían ayudarme a decirles algo?... ándale sí, decía al final con un tono caprichoso Natalia. Sí… ¿Qué es lo que les quieres decir primero? Y hubo un silencio de ambas partes. ¡Ya! Quiero que me ayuden a que se acerque alguno a mí, decía felizmente. No es una tarea fácil puesto que ellos les tiene miedo, decía otro árbol. Pero diles que no tiene nada de qué temer, en serio. Dicho esto, pasaron unos segundos y milagrosamente el pájaro se paró en el hombro de ella, estuvo allí un par de segundos y luego voló de nuevo a la misma rama en la que reposaba anteriormente.

 

Como yo no les había preguntado muchas cosas, decidí preguntarles si también tenían fantasías como nosotros o similares. Si te refieres a la fantasía como escenificación de lo “imposible” o incluso de lo prohibido, la respuesta es sí, las tenemos al igual que ustedes pero con diferente objeto e ideología, me respondió el mismo Mostajo que nos refugiaba de la lluvia. ¿Como qué?, preguntó Natalia con mucha intriga. Como la que decía hace rato de la capacidad de manifestarse afecto, dijo el mismo Mostajo. Dicho esto no hubo que volver a tocar el tema.

 

También recuerdo que les pregunté cómo estaban seguros de lo que decía el otro, es decir, que cómo podían tener la certeza de que no estaba mintiendo el otro. El hombre es el único animal que tiene esa infame virtud, me respondieron la mayoría de ellos. Al poco tiempo de haber dicho esto se escuchó otra voz que decía: el hombre sólo trata de trazar las fronteras de un mundo limitado donde él mismo es su frontera; lleva consigo la idea de que en la mayoría de las veces la superación de cualquier duda que éste tenga, es un hecho de experiencia. Pongámoslo así: si tu llegaras con alguien y le contaras lo que ha ocurrido el día de hoy seguramente creería que te has vuelto loco.

 

Claro,  porque para convencer a alguien de la verdad no basta con decírselo, repliqué. Para convencer a alguien de la verdad, respondiéndome muy pausado el Roble, hay que mostrar dónde esta el error; ya que éste, la mayoría de las veces, es aquello de donde hemos de partir para llegar a la verdad. Sin continuar con la respuesta que acababa de darme, reanudaron la plática que habían interrumpido con nuestra presencia.

 

3

 

Pasadas algunas horas, y ya pudiendo adaptarme a su modo de conversación tan rápido, llegué a la conclusión de que todos se podían comunicar con todos. Al decir que se podían comunicar con todos me refiero a que estos se pasaban la información sin importar qué tal lejos estuviera uno del otro. Podían comunicarse instantáneamente de un lado a otro del continente, pensé.

 

Al parecer ya nos habían dejado fuera de la conversación. Había dejado de llover, tan sólo caían unas pocas gotas que se resbalaban de los árboles. Ese fue el momento en que decidimos marcharnos. Les dije que volvería pronto y Natalia también lo afirmó. Así que sin decir adiós nos fuimos de aquel mágico bosque tomados de la mano.

 

Cuando regrese al bosque, para cumplir con la invitación que me habían hecho, nada pasó. Nada pasó porque siempre le hace falta algo a las cosas para que éstas sean perfectas. Pero no importó que los árboles no me hablaran, me tiré boca arriba y les empecé a hablar en voz alta, como si fuera un discurso del mismo corazón del bosque:

 

Déjame ir a ver mi sueño,

mi sentido y mi milagro,

no me detengas con una mirada triste,

esta noche déjame vivir ahí mismo,

en el límite del mundo;

luego, volveré…

 

Repetí una y otra vez en voz alta.

 

 


Referencias: