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Cómo dominar el fino arte de hacerse pendejo

8 de noviembre de 2017

Diego Cera

Dentro de la sensibilidad colectiva de México existen palabras con las que no podríamos vivir; sin embargo, hay algunas que definitivamente no podremos superar jamás, "pendejo" la más entrañable de todas.


A veces me gusta salir a la terraza que hay en la oficina. Siempre hay un charco de agua y un edificio que con cada sismo parece más aterrador; desde ahí la gran nube de smog que cubre la cuidad es evidente y suspiro profundamente consciente de que de algo voy a morir. Finalmente si no es por mí, será este monstruo urbano que detesto con tanto amor que no me puedo imaginar en otro lugar. Dejando de lado el hecho de que se "tambalea como el diablo" cada que pasa un camión a toda velocidad, esa terraza es un pedazo de cielo en donde el agua encharcada nos recuerda ─o quizá sólo a mí─ que seguimos vivos y que para llegar hasta ahí hay que cruzar un mar de calamidades.



Caca, basura, graffitis mal ejecutados y un apestoso puesto de carnitas... todo lo que hace de México y su gente algo maravilloso está ahí, al ras del suelo donde conviven millones de personas que se joden unas a otras, como si el progreso los hubiese convertido en bestias feroces. Algo de la misma magnitud que creerse los dueños del mundo, que saberse chingones antes de todas las cosas.


Si hay una palabra que define a nuestro país y a su gente es "chingón" en todas su acepciones. Quien chinga, si no es el rey del mundo, al menos sí lo es de su pequeño universo en el que incluso los desechos del perro en la puerta del vecino saben a gloria si es que estos fueron depositados con toda la intención de arruinarle el día. Sólo quienes adquieren este casi título de nobleza tienen, por intervención divina, la honrosa opción de mandar a la chingada a todo aquél que se lo merezca. Ese lugar mítico al que van todos aquellos que, más que chingones, pasaron a ser pendejos a fuerza de cábulas o abusos sin sentido aparente.



Mucho más que el chingón, el pendejo es una de las figuras más entrañables no de México, sino del mundo. Ni las plumas siempre en pie de lucha de Carlos Fuentes, Samuel Ramos u Octavio Paz pudieron adelantarse a una verdad que durante siglos se nos ha escapado de las manos. Ni aunque recorriéramos todos los laberintos de la soledad o las regiones más transparentes del aire, ni siquiera a través de un minucioso psicoanálisis colectivo, llegaríamos a una verdad tan grande: ser pendejo es algo que nos define aún más que la chingonería que durante años nos hemos adjudicado.



Ante la importancia del ser y del hacerse pendejos, Fernando Montes de Oca y el Dr. Justo Flores Muñoz ─orgulloso miembro activo del Partido Único de los Pendejos (PUP), sociedad cien por ciento real─ decidieron dedicarle unas cuantas páginas a esta palabra que, más que un adjetivo, implica en sí misma la definición del mundo. De la mano con Algarabía, que en 2010 nos trajo el Chingonario, este par de visionarios que además de la jiribilla gustan de la pendejada en su más puro estado, crearon con cariño y muchas risas el Pendejonario.


«Uno va por la calle buscando un pendejo. Caminamos pensando "ojalá me encuentre un pendejo"... pero terminamos encontrándonos nosotros mismos».
─ Fernando Montes de Oca




Como autor de varios de los conceptos, Fernando Montes de Oca sabe que necesariamente para dominar la pendejada hay que asumirnos como pendejos y no sólo en un aspecto de nuestras vidas; si no en todos, o al menos en la mayoría de ellos. Aceptar que todos somos esa persona despistada a la que un chingón de la más alta escuela decidirá joder a toda costa. Somos, sin duda alguna, el vecino que limpia la caca de un perro ajeno, los que siguen esperando al amor de su vida a pesar de que ellos ya están en la vida de alguien más; los mártires urbanos de la pendejez.


«Aquí no digo que hay personas específicamente pendejas, sino que todos somos pendejos siempre. En cualquier momento te apendejas o te apendejaron».
─ Fernando Montes de Oca


La pendejada, en ese sentido, no surge como una especie de diálogo entre dos o más personas. Está lejos de ser una mera cuestión de causa y efecto; hay ocasiones en las que incluso somos nosotros mismos quienes, en el intento de sentirnos cómodos, nos hacemos particularmente pendejos. Nos apendejamos. La evidencia más grande de esta autoenajenación son, probablemente, los horóscopos, retomados incluso por el mismo RIUS en su Diccionario de la estupidez humana. El Pendejonario, por obvias razones, no podía quedarse atrás e incluye entre sus páginas, además de los conceptos y el memorable "Texto pendejo" de Facundo Cabral, una sección de horóscopos.



Aunque de repente parezca más un juego que un libro como tradicionalmente los conocemos, el Pendejonario sí aporta un camión de arena a la construcción de nuestra identidad, aún en obra negra a pesar de los años. En nuestro intento de parecernos a nuestros vecinos o aquellos que viven al otro lado del mar, optamos por medios de expresión más popofs que nos dejen mejores parados que la chingonería o la pendejez. No obstante, ambas son marcas que nos distinguen y queramos o no las llevamos a todos lados como productos de exportación.


«No es un divertimento, a final de cuentas [...] la cultura es todo, incluyendo al lenguaje que se va construyendo todos los días. Las malas palabras y las groserías son México. Entonces valía la pena que se hiciera un pendejonario».
─ Fernando Montes de Oca


Ya sea por diversión, definición, cultura, o herencia, el hacerse pendejo es un arte que dominamos todos en algún momento de nuestras vidas, no importa la forma o el momento del día, lo realmente primordial es el pendejear a gusto. Yo por el momento lo seguiré haciendo desde esta terraza solitaria, en la que puedo alejarme del trabajo mientras pienso en todos los pendejos que he atesorado en mi vida. Teniendo siempre presente que la única seguridad que puede existir en este momento es que a los únicos que nunca abrazaré será a esa manada de pendejos que creyó que era buena idea interrumpir una entrevista para ofrecerme un mejor plan para mi celular.


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Diego Cera


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