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LETRAS

Éramos tres, pero esa noche nuestros cuerpos fueron uno

Por: ZURC15 de septiembre de 2017

En el siguiente cuento de ZURC, el protagonista va más allá de los límites de su cuerpo y se convierte en un templo de placer.

"Su Lilith y mi Asmodeo"

Entre vino y vino de la cosecha que más le gusta de la casa Concha y Toro, Casillero del Diablo cabernet, esperábamos la noche viendo la tarde apagándose. Ya cuando eran las 6 y 16, como era nuestra costumbre al encontrarnos, al caer la tarde nos fuimos de fiesta, nuestra fiesta privada. Sin embargo, esos no eran los planes de Mar, ya les contaré por qué. Mar vestía su cuerpo con diminutas prendas, una falda negra que abrazaba su perfecta figura: su culo, piernas y abdomen; su boca con esos labios con sabor a pecado que me excitaban completamente. Tenía una blusa roja que tan sólo tapaba lo necesario de sus tetas que poco a poco paralizaban mi mirada.

Entre risas me dice “¡Zurc, qué miras!”, y comienza a bailarme seductora y provocativamente, me tira en el sillón, se coloca sobre mí y, metiendo su lengua en mi boca, demuestra como siempre que le encanta ser la ama y señora de la situación. Apreté fuertemente sus caderas y su culo, su pelvis se movía lenta, con un ritmo enloquecedor al compás de la melodía del órgano, instrumento que le gustaba escuchar cuando teníamos nuestros encuentros furtivos. La melodía del órgano se convertía en un conjuro, la hechizaba a tal punto que pareciera que aquella mítica figura mesopotámica, aquel demonio femenino llamado Lilith, amante del semen y de la lujuria, se apoderaba y tomaba posesión de su cuerpo. La atrapaba y sacaba lo más irracional y pasional de su interior, era imposible para mí reconocer en lo profundo de sus negros ojos la humanidad de Mar, pero eso me gustaba.

En ese encuentro del que hoy hablo, tras soltar mi correa y pantalón, lamió su mano y la metió en mi entrepierna. Su mano húmeda me pone erecto, creí que íbamos a convertirnos en animales lujuriosos. Pero el órgano se detuvo, y Mar o Lilith también. Da un trago de cabernet y se pone de pie, enseguida me dice: “¡vístete ya, nos vamos!”. Ella siempre se comportaba bipolar, me provocaba y se detenía con la misma doble personalidad que tenía cuando escuchaba el órgano. Mar y yo éramos buenos amigos, pero también nos acostábamos de vez en cuando.

Me subo el cierre del pantalón y abrocho la correa, pregunto a dónde vamos. Sin medir palabra salimos de la casa y gracias al buen clima —caluroso y con brisa— nos vamos caminando por la playa, las lindas playas de Cartagena, en dirección a una casa antigua que estaba muy cerca del castillo de San Felipe.

Llegamos y entramos, en la casa había una gran fiesta con algunos amigos; también un poco de hierba y licor para estimular la noche. Los diferentes ambientes de la casa nos acogían a todos, las mujeres bailaban sin detenerse, los hombres sentados y acomodados en la barra tomaban algunos tragos y fumaban. El humo de los cigarrillos se veía espeso y formaba una nube blanca en el techo. Mar empezó a bailar con otra chica, ¡la fantasía de todos los hombres! Las dos mujeres me excitaban profunda e irracionalmente, ellas bailaban moviendo de manera ardiente sus caderas de lado a lado, mientras se tocaban las piernas y las tetas. Deseaba que no se acabara ese momento; pero en contra de mis perversiones, me obligué a caminar por las diferentes habitaciones de la casa.

Hallé una antesala con varias puertas cerradas. La pequeña habitación se encontraba saturada de personas y todas bailaban mirando hacia una habitación aledaña con una gran puerta abierta. El piso era de pino tallado, con un cuadro vulgar pero llamativo y una cama gigante que rompía con el espacio de la habitación. En la cama un hombre y una mujer ejecutaban magistralmente el 69. La mujer tomaba el pene de su amante con las manos, jugaba con su lengua rozando la cabeza del pene y repentinamente lo absorbía; después lo masturbaba, el hombre se contraía, se retorcía por completo, pero no interrumpía su labor, apretaba con sus manos el culo de la mujer e internaba con desenfreno su cara en la vagina, haciendo que los gemidos de la mujer superaran el sonido de la música del recinto. Una explosión de euforia y orgasmos se apoderaron de los dos, las energías de deseo y placer se esparcían y llenaban la habitación. El líquido blancuzco invadió la boca de la mujer, quien inmediatamente se levantó acercando su boca a la del hombre, un beso detonador de los fluidos sorprendió a todos los espectadores. La cama se volvió la sensación, el centro de la fiesta, todos querían estar allí, todos se dejaron atraer y se desnudaron. Hasta yo dejé salir por varios minutos mi Asmodeo, dejé que el mismo demonio de la lujuria que gobernaba en ese momento la casa me dominara. Dejé que los mandatos de los pecados carnales me llevaran a las turbias aguas de la lascivia, pervirtiendo por completo mi mente y aflorando mis más bajos deseos. Dejé que toda la locura sexual invadiera mi cuerpo y mi mente. Volví a la sala donde dejé a Mar y la encontré pegada a la boca de su nueva amiguita. De inmediato les propuse ir al paraíso de la lujuria y contaminarnos entre nosotros de todos los pecados asociados a ella.

Recuerdo que en la cama estábamos invadidos, poseídos por el sexo, las sábanas mojadas por el sudor, las ventanas empañadas, el ambiente caluroso; pero en esa situación no nos percatamos de que el piso se había convertido en un mar de personas. Los gemidos opacaban la música de la fiesta, pero para mí esos gemidos eran la mejor música para llevar el ritmo en la cama, la mejor melodía para mis oídos. Entonces nos dejamos llevar por el deseo insaciable. La amiga de Mar puso en su boca mi pene, mientras Mar pasaba su lengua por mis orejas y me susurraba “te gusta, eso era lo que querías, puto”. Mis manos no se quedaban quietas: tetas, culos, clítoris estaban a mi disposición; yo sólo me dejaba llevar, ¿qué puede hacer un hombre con dos maestras en la cama? La situación candente me inspiraba, cuando ellas se besaban yo explotaba, estaban ahí conmigo, tenía la dualidad y confusión de no saber dónde besar, dónde tocar, dónde meterlo, así que simplemente disfruté.

Tocar, penetrar, besar, cuerpos bellos y rostros sedientos de placer; todo fue como una historia sacada de la mente de un adicto al sexo. Mi cuerpo se volvió un templo de placer y sentía que podía llegar más allá de mis límites. Entonces acostado me concentraba en todas las sensaciones, los impulsos que viajaban dentro de mí, las manos de las mujeres me masturbaban prolongadamente e intercalaban la actividad chupando mi pene. Mar se subió en mí y colocó mi pene dentro de su vagina húmeda. Su movimiento sensual me iba a hacer explotar, Mar se descontrolaba y contraía su lindo cuerpo. Su amiga se arrodilló dejando mi rostro justo debajo de su vagina, mi lengua entraba perfectamente permitiéndome total libertad de movimiento. Ellas se tocaban las tetas, se besuqueaban con pasión. Éramos el triángulo perfecto, el calor de la situación y la sangre hirviendo empezó a invadir nuestros cuerpos. Mar se movió con más velocidad y su amiga no paraba de manosear y de mover su pelvis.

Mi lengua saboreaba los ricos fluidos producidos por el orgasmo de la amiga de Mar. Mientras yo llegaba al orgasmo con Mar, nuestros cuerpos exhaustos se extendieron en la cama. La gente en el piso seguía y seguía, parecía que eran máquinas de placer. Nuestra respiración se detenía lentamente. En la habitación se respiraba sexo, lujuria y extenuación: los rayos del sol iluminaron los rostros de todos y poco a poco la desnudez entre el mayor de los silencios empezó a desaparecer.

La lujuria había terminado, al menos por esa noche.

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