Esa extraña sensación que recorrió mi cuerpo, ese sudor frío que me hizo recordarla
Letras

Esa extraña sensación que recorrió mi cuerpo, ese sudor frío que me hizo recordarla

Avatar of Yareni Herrera Barquin

Por: Yareni Herrera Barquin

6 de junio, 2017

Letras Esa extraña sensación que recorrió mi cuerpo, ese sudor frío que me hizo recordarla
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Por: Yareni Herrera Barquin

6 de junio, 2017



Una mirada desde la inocencia y la admiración construye esta historia, escrita por Yareni Herrera Barquín, relato con final sorpresivo y una metáfora del primer encuentro de la juventud con la muerte.


Ella

Esa chica era preciosa. Su piel parecía de marfil; perfecta, lozana, rosa… como la de las modelos que solía ver en la televisión de mi abuela. Su cabello era rizado y le caía hasta la cintura. Jugaba con un mechón y de vez en cuando se sentía nerviosa. Sus labios rosas, una que otra peca regada en la cartografía de su piel y un lunar junto a la boca. Era un lugar común de la belleza, un cliché que cualquiera hubiera querido ser.


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Su cuerpo era perfecto… tanto que me hastiaba verla caminar entre los pasillos de la escuela. No podía creer que hubiera alguien tan perfecto, tan jodidamente bien hecho. Y aunque podría esperarse que una mujer así fuera un hígado… una de esas que creen ser parte de la mitología griega, ella rompía la regla. Siempre saludaba cordialmente con sus dientes bien alineados y fulminantemente blancos, hacía bromas de las que todos reían y aportaba opiniones coherentes e interesantes. En fin, por ningún lado se le podía notar defecto alguno.

Siempre deseé su lugar. Sentir el aprecio de todo aquel que se cruzara en mi camino. Ser la mejor en la clase, en los concursos, en el grupo de amigos. Simplemente su vida era una ecuación perfecta, un algoritmo que ni el mismo Einsten hubiera podido explicar.


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Cuando llegaba a casa, después de un agotador día de preparatoria, metía al horno las sobras de la noche anterior que mamá dejaba para que comiera y engullía lentamente pensando en lo que haría si fuera esa chica. Analizar sus pasos se convirtió en mi obsesión. ¿En dónde estaba el secreto? ¿Qué comía? ¿Qué leía? ¿Qué pensaba?... ¿Era cuestión de belleza física? ¿Sus papás le habían enseñado algo que yo no sabía? Analizaba todo de pies a cabeza.

Fue justamente un viernes cuando la rutina cambió. En aquella ocasión faltó en el estacionamiento su flamante VW rojo y su llegada triunfal con las prendas ícono del último grito de la moda. No la vi por ningún lado y pensé que ese mínimo cambio me haría descubrir el hilo negro, las respuestas a todo lo que hasta ese momento me había preguntado. Corrí como caballo desbocado hacia el salón y me senté expectante para saber el secreto de aquella mujer que me había causado tanto enigma los últimos meses. Mientras se llenaba el salón, mis ojos no podían dejar de mirar hacia la puerta, esperando encontrarla con sus tacones altos y su elegante olor…. ¡Nada! No se presentó.


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Ya todos estábamos dentro y el único pupitre vacío era el de ella. La última en entrar fue la maestra Soler. Esa mujer siempre me había parecido un chiste a la vida misma. Su cara era muy cómica y sus rizos parecían resortes desbordados de un viejo colchón. Ese día me pareció distinta. Llevaba en el rostro cierta tristeza que no podía descifrar. Era raro; solía ser siempre parlanchina. Se sentó lentamente, movió la mirada en trescientos sesenta grados y finalmente dijo: "Clase, hoy tenemos un deber moral qué cumplir. Acompañaremos a la familia de su compañera Elisa".

¿Elisa?, me dije. ¡No puede ser! ¡Seguramente ganó un certamen o la hicieron Premio Nobel de la Paz!... con su suerte…

Empezó a repartir unas pequeñas tarjetitas en color blanco y negro. Cuando llegó la mía, leí: "Agradecemos su presencia el día de hoy 28 de abril en la funeraria Castelán para acompañar a nuestra hija Elisa Reyes Landón en su último adiós".


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Me quedé estupefacta, estaba sorda de repente hasta que un breve murmullo golpeó mi letargo. Decían que se había suicidado. Ochenta o noventa pastillas, no recuerdo bien. Lo único que puedo recordar es esa extraña sensación que recorrió mi cuerpo, ese sudor frío que me hizo recordar todas y cada una de las veces que quise estar en el pellejo de esa chica… la de la realidad deseada… la de la vida perfecta.

***

Escribir y leer poesía es una forma de sanar el alma. Si quieres leer más poemas de amor y desamor, te invitamos a que conozcas a los autores de los poemas para los que se resisten a superar las decepciones y los poemas para los que no quieren olvidar.


Referencias: