Escribir es desnudarte ante el mundo
Letras

Escribir es desnudarte ante el mundo

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Por: Maria Melier

9 de diciembre, 2016

Letras Escribir es desnudarte ante el mundo
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Por: Maria Melier

9 de diciembre, 2016



Las palabras son capaces de hacernos sanar cuando estamos heridos, de desahogarnos cuando tenemos mucho dolor, de hacer que nuestro corazón brille cuando estamos felices... La escritura es una de las prácticas más bellas que existen, pero no es de las cosas más sencillas, como se narra en el siguiente texto que te presentamos:




Se supone que escribir debería hacer más fáciles las cosas. Debe ser como encontrar ese rincón en el que nadie te ve, y entonces puedes –con toda la calma del mundo— desnudarte

Porque escribir es como quitarte la ropa. Es como llegar a tu casa después de un largo día de trabajo y desvestirte; empiezas por los zapatos y terminas liberándote por completo de todo.


Lo que duele


Algunos días es más difícil que otros. A veces pasa que el día ha sido un desgraciado y avientas todo; otras veces es más sutil y relajado; y otras más, no te quitas ni la ropa.


Después de un tiempo entiendes que escribir no es tan sencillo, incluso es más difícil que hablar. Reconoces el valor de dejar las cosas lo suficientemente claras en el papel que leerás una y otra vez.

Escribir no es aventar las palabras al aire y huir, cada pensamiento deja una huella tangible; sí en el corazón, sí en la memoria, pero además también en las hojas, en los murales, en los blogs y en las cartas.


Lo que duele



De pronto asumo sencillo escribir sobre lo que duele, lo que molesta y lo que en mi silencio se desborda. De pronto parece fácil hacer de cuenta que nadie te ve y ser exageradamente libre.


Pero un día entiendes que el peor lector y juez no está allá afuera, no está en tus contactos de Facebook, ni en el que recibe tus cartas, no está en tu exnovio o en el amor de tu vida, el peor juez y lector es el que escribe.


No puedes desprenderte de él. No puedes aventar las palabras y huir, debes sentarte hasta terminar cada oración y, sin embargo, leer todo al final para asegurarte.


Lo que duele


Supongo que por eso los blogs están llenos de listas optimistas, de amor, ilusión y cosas duraderas. Por eso las novelas tienen finales felices, quizás es la manera que tiene el escritor de resolver su propia tristeza.


Los libros y diarios son viajes de nostalgia, pero se resuelven; con un beso, un encuentro o la muerte. Siempre me han parecido valientes las manos que se atreven a parar cuando ya no pueden más y dejar las historias inconclusas, no para hacernos correr por la segunda parte, sino porque simplemente así fue como ocurrió.


Y así es como pasa la mayoría de las veces, hasta el final de nuestros días, no encontramos lo que buscábamos, ni entendemos nada. A veces todo se termina de una manera tan radical que ni siquiera puedes imaginar una alternativa.

Lo que duele


Se supone que cuando llegas al papel, con la dulce y tenue luz de una vela, cuando sientes que el corazón está a punto de estallar, cuando por fin sueltas la taza de té caliente para voltear a verte en el espejo de tus propias letras, entonces todo se aclara y parece más normal.


Y cuando terminas de repasar todas las veces, lo que acabas de hacer, en una especie de arrepentimiento, vuelves a coser las heridas: vas, regresas, te levantas, lloras, ríes y te duermes en la nostalgia. Te curas.


Escribir de lo que duele no es más que una catarsis engañosa; te hace creer que ya no queda más por desnudar, que tu alma está quieta ahí, por fin, observándote con una sonrisilla macabra mientras te susurra al oído que no se ha acabado. Nada se ha acabado.

Lo que duele



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Escribir es la mejor forma de hacer catarsis de nuestros sentimientos o reflexiones acerca de nosotros mismos, aunque a veces parece complicado porque la aprehensión en el pecho es muy intensa, como Las palabras más dolorosas que se pueden escribir en el último adiós. Aún así, si tu pasión es la escritura, sigue estos Consejos de Italo Calvino para escribir en este milenio. 



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Las fotografías que acompañan al texto pertenecen a Rachel Baran





Referencias: