Fantasía

Fantasía

Por: Andres -

Fantasía
No podía dejar de darle esquinazo al pobre diablo que me acompañaba. El viaje era largo. Desde la ciudad de México hasta Monterrey el camión iba atascado de alientos e intestinos dormitando entre el aire acondicionado. No tenía opción.

Debía de soportar. La película que se proyectaba al interior del vehículo estaba de bostezo. La agonía duraría un buen rato. La batería de mi teléfono se acabó. Incapaz de concentrarme, abandoné la opción de adentrarme en las memorias de Kerouac y su camino.

Sin mucho espacio de maniobra, me resigné a tragarme el momento. Lauro se llamaba mi compañero de viaje. Me preguntaba todo tipo de dudas acerca de la vida y sus bemoles.

Intenté poner atención. Entre sus líneas me las ingenié para fugarme.

¿Cuántas cosas pasan sin darnos cuenta? La reflexión muchas veces escasea en las mentes que deambulan por la vida. El abandono se respira a diario. Todos andamos por la vida con nuestros fastidios, preocupaciones, sueños, ideales.

Los paisajes, las sensaciones, los arrebatos. La espontánea existencia nos agarra a toda hora sin esperarla.

Karina me vino a la mente: un amor fuerte y seguro que me imaginé eterno. Me dejó de pronto. Me acostumbre a su esencia, me subyugue a su paciencia... Eduardo, un amigo estudiantil que traicioné al cabo de dos años con el pretexto de poseer lo prohibido. Aun cuando el culo de su esposa no ameritaba la traición, no me detuve en contener mis ganas y egoísmo. Al día siguiente de aquella consumación, ella estuvo postrada arriba de mí. Yo sentía un ligero asco de culpa. Se extinguió al cabo de un tiempo… Leila llegó a mi vida al toparme en una café de medio pelo. Nos arrojamos al deseo sin represión. En un día nos desnudamos de cabo a rabo. Buenas carnes, mejores coitos, sudores liberados fluyeron entre las sábanas de un colchón amplio y frío; nuestra pasión aguantó unos meses; los fastidios se hicieron presentes, me escurrí tan pronto tuve oportunidad… Natalia me pasó sin pena ni gloria, su soledad era más fuerte que mi aburrimiento. Se acomodó en torno a los intercambios de unos cuantos escarceos y fluidos. Se erizaba con tan sólo abrir su culo para recibir mi hartazgo. Le cacheteaba su piel a la par que me veía en un espacio ajeno de aquel momento. Ella aullaba sin pudor. Un mes estuve viviendo bajo su techo y entre sus brazos. Los amigos que me proponían encuentros de parranda los justificaban si algo recibían de mí a cambio: algún proyecto, una interacción con algún tercero para obtener retribución. Se despedían al ver concluido su cometido. Nada me sorprendía. Las despedidas eran tan falsas como los buenos modales… Tiziana apareció de pronto. Buena chica, intensa y soberbia me buscó para salir en busca de un compromiso. Todo se terminó cuando su madre nos sorprendió con el culo al aire en plena alberca de su hogar. De guarro y malviviente no me bajaba. Tan pronto me enfundé en mis pantalones, me largué de allí. Al cabo de un día me llamó para acompañarme a mi mundo, Tiziana, claro está. Me rehusé a recibirla, no me arrepentí… era una chica buena, al menos lo parecía.

De regreso a mi presente, el camión seguía su marcha; la película transcurría ente ligeros ronquidos y balbuceos del ambiente. Lauro no dejaba de mascullar y exponer sus vivencias con ánimo jovial. Relataba la ansia que sentía y la impaciencia que le corría entre sus venas por verla a ella: Monserrath, su prometida. Sus ojos brillaban. De su boca nacían toda clase de adjetivos que enaltecían a su prometida.

Yo cabeceaba… El aire estaba caliente y no por culpa del deseo.

Me adentré de nuevo hacia mis pensamientos... Mónica me echó hace ya algunos años de su alcoba.

Yo estaba succionándole sus labios internos mientras ella se resignaba a mi furia. En seco me detuvo con tres palabras: ¡largo de aquí!

Prosiguió describiéndome sus razones para correrme:

Eres un solitario fastidiado. Debes de buscar tu camino o la vida te llevará de ente sus infinitos caprichos.

Indignado y lastimado me escabullí sin hacer ruido. Recordando mis memorias desempolve a Adriana. Ella evidenció mi eyaculación precoz. Estaba tan exuberante e imponente que no pude sacar mi fuerza a plenitud, ni siquiera a medio gas. Enfurecida, me reclamó la impotencia. En silencio soporté la condena.

El cotilleo de Lauro me trajo de regreso al calor del viaje. Ya me estaba enumerando los pormenores de sus nupcias: 300 invitados de mínimo llegarán: “¡La amo Y ella a mí!” Sus ojos irradiaban alegría. Los míos reflejaban duda. Sin darle mucha entrada él ya me apreciaba. Te invito a la fiesta, me dijo. Asentí con un cabeceo resignado. Miré alrededor, la atmósfera lucía densa. Decidí adentrarme de nuevo en mi expectativa.

¡Ánimo!, me dije, aún corre la vida. A los treinta y siete años todavía alcanzaba un chisguete de fantasía. ¿Dónde están ahora las mujeres dispuestas a desplegar su anhelo por pasarlo bien? ¿En qué lugar estaba en el mundo en torno a los gustos propios del instinto?

La muralla seguía alta, la esperanza se erguía soberbia. A pesar de los hechos consumados la llama interna aún me alumbraba. Mi destino próximo era Tamara,  la conocí en una presentación de un libro. Un novel escritor que prometía. A Tamara me le insinúe a ritmo de insistencia y ligera picardía. Al final de cuentas uno baila al ritmo del encuentro. Intuyo que acerté en los movimientos. El viaje iba a la mitad del camino.

Lauro ya estaba en el final de sus días, en su mente, por supuesto.

Se miraba rodeado de nietos en torno a su vieja y su tiempo.

Los encuentros se suscitan entre la brisa de la coincidencia. Por alguna razón yo creía que su prometida era una más de las mujeres que se habían topado en mi existencia. Al cabo de tantas elucubraciones caí en cuenta que mi pasaje no era de un trayecto, representaba una promesa incierta. El pobre diablo que intentaba esquivar no estaba al costado de mi presencia. Ese me perseguía desde pequeño. Por más que me enfilara hacia cualquier destino, me seguía. No había modo para desmarcarme. El porvenir lucía incierto y previsible. Las ensoñaciones me impedían apreciar la realidad sombría. Por ahora debía esperar la siguiente parada. Monterrey era un capricho, la vida una coincidencia, las sensaciones una consecuencia. La gran mentira de este siglo es subjetiva. No importa el desenlace, es vital el momento, la eterna fugacidad de todo. Lauro me compartía, yo sólo le hacía compañía mientras me perdía en la algarabía mental. El diablo anda suelto, conmigo se acurruca al hombro sin protestar.

Referencias: