Frustrada declaración de amor

Frustrada declaración de amor

Por: Patricia Zabala Revello -

cuentos mexicanod
Pobre Adelia, desde pequeña tuvo que soportar las humillaciones de la gente tanto por su raza negra como por la disartria que en su voz desataba. Una vida aburrida y monótona, sin placeres ni adrenalina, simplemente ella vivía porque su corazón latía. El gobierno la mantenía por su enfermedad, pues la pobre mujer era solitaria y ni siquiera podía trabajar.

Adelia odiaba su vida, sabía que en ese maldito suburbio de la Habana donde vivía siempre iba a ser la pobrecita, la jovencita solitaria, la enferma y desgraciada. Pero Adelia tenía sus ahorritos y sabía que esa pesadilla pronto iba a acabar, que iba a empezar de nuevo y que por fin iba a sentir la tranquilidad que tanto anhelaba.

Eran las cinco de la tarde y Adelia ya tenía todo preparado para la gran fuga; como era su costumbre, le dio la vuelta al disco de Los Van Van y puso la aguja lentamente sobre él dejando que empezara a girar mientras proporcionaba las mejores canciones de su artista favorito; era una gran noche y sólo moviendo sus pies al ritmo del songo sabía que se le iban a quitar los nervios.

Después de unas horas el segundero seguía haciendo su trabajo y Adelia no paraba de mirar ese reloj blanco de cerveza Bucanero que colgaba de la pared, el reloj ya iba a marcar las once de la noche y ella sabía que en el momento que saliera de su casa tendría la vida marcada, un solo error y terminaría tras las rejas de una cárcel por tratar de escapar de su país.

A las once Adelia salió de su casa, llevaba la ropa de ese mismo día y todos sus ahorros estaban en su bolsillo dentro de una bolsa plástica para que no se fueran a mojar; caminó veintitrés minutos a paso medio para poder meditar que esa iba a ser la última vez que pisaría la Habana. Al llegar a la playa del encuentro sólo la iluminaba la luz de la luna y decidió sentarse a esperar el aviso para echarse a nadar, unos minutos después una pequeña luz titilante le indicaba que era el momento de entrar al mar y nadar tan rápido como se pudiera.

Adelia no lo dudó ni un segundo, corrió rápidamente hacia el mar sintiendo que el agua escalaba su cuerpo y la abrazaba sin dejarla respirar, movió y sincronizó sus brazos y sus piernas no dejaban de patalear, después de avanzar algunos metros en el agua vio otra vez la pequeña luz y sabía que lo había logrado; unos minutos después Adelia ya se encontraba arriba del bote junto a tres hombres y otra mujer que soñaban con el mismo ideal: libertad y felicidad.

Adelia sabía que el viaje era largo, que en cualquier momento iban a empezar a hablar y que su turno no esperaría, en su mente pronunciaba algunas oraciones y trataba de entablar una conversación: Soy Adelia, no soy feliz en Cuba, quiero un nuevo comienzo; las palabras sonaban en su mente una y otra vez, eran claras y rápidamente pronunciadas. Después de unas horas uno de los hombres se decidió a hablar: - ¿Piensan quedarse en Miami?- Al instante contestó la mujer: -sí, allí me reencontraré con mi hermano.

Adelia sólo los miraba mientras hablaban sin parar, su abdomen se contraía y sus pulmones se llenaban de aire; un estúpido impulso salió con fuerza y sus cuerdas vocales empezaron a vibrar mientras que los músculos de su cara ni siquiera se movían, su mente seguía reproduciendo una y otra vez aquellas palabras como si fuera una persona más, pero cada vez que su boca se abría las palabras lentas discrepaban entre sí. Definitivamente la humillación nunca la iba a desamparar.

Todos en la lancha la miraron con rareza y se rieron un poco pensando en que a Adelia sólo se le había trabado la lengua, ella simplemente no volvió a hablar, sus pies se acercaron a sus glúteos y sus brazos se abrazaron entre sí, la vergüenza la carcomía lentamente. El viaje fue largo y su boca jamás se volvió a abrir.

En medio de la gran marea el tiempo no transitaba y aunque ella no sabía dónde se encontraban las manecillas del reloj, sólo quería que el viaje acabara. En su posición fetal y adormecimiento no pudo evitar el gemido de libertad que pegó la otra mujer que yacía a su lado, al ver una pequeña costa a la que se acercaban. Ahora parecía que la lancha avanzaba más rápido y pronto ya estaría en la arena  “miamense”.

Los músculos de Adelia se estremecieron levemente, sus dientes brotaron debajo de una sonrisa inmensa y no evitó abrazar la tierra, tiró sus alpargatas fuertemente hacia el mar hasta que se sumergieran en las fuertes olas. Corrió como nunca lo había hecho, sintiendo la arena hirviendo excitantemente las plantas de sus pies. Ella sabía el camino, sabía a dónde se dirigía y, después de correr hasta terminar exhausta, llegó a un chalé que días atrás había rentado a una viejecita; la pequeña vivienda tenía un jardín, de la tierra brotaban unos largos rizomas con campanillas rosas que resaltaban sobre la arena.

El chalé tenía lo necesario para que Adelia fuera feliz, estaba completamente amueblado y aunque los sillones y la pequeña cama estaban un poco viejos y sucios, la mujer nunca había vivido entre tanto confort. Se recostó en la cama y quitó la almohada haciendo que los nudos de su espalda se relajaran. Se quedó dormida.

Desde la claraboya se trazó la luz intensa del Sol, Adelia había dormido al menos veintitrés horas y se sentía vivaz. Se levantó de la cama y miró por la ventana, contempló todo lo que en frente de sus ojos se movía. Los bañistas salpicaban el agua unos con otros y se retaban para ver quien llegaba hasta la boya y se devolvía lo más rápido posible. Algunos corrían en vestido de baño y otros usaban licras; los perros también disfrutaban el caluroso clima y una vez que no lo aguantaban saltaban enloquecidos hacia el mar, mojaban sus patas en el agua y de nuevo volvían a la arena revolcándose con los cangrejos ermitaños que se escondían fugazmente en el caparazón, los perros también se acercaban a los centollos y estos terminaban persiguiéndolos por toda la playa sin dejar de mover sus grandes tenazas.

Adelia miró hacia la pared extrañando su reloj de Bucanero y recordó aquellas veces que compartía una cerveza con su padre, era realmente la única persona que no la juzgaba por su afección. Volvió su mirada hacia la playa y justo a las 10:45 un hombre alto, de tez morena y azulados ojos pasaba por allí, sus pies se movían sincronizadamente con sus manos, parecía una perfecta coreografía. Era Paolo, un hombre fabuloso que excitaba a todas con sus encantos, el estereotipo perfecto para cualquier mujer, un hombre que no necesitaba ver su reflejo en un espejo porque no tenía que confirmar su belleza.

La mujer quedó anonadada y tiró un gesto de felicidad que ni siquiera ella entendió. Ese fue el día en que Adelia se enamoró, pero no era la primera vez que lo hacía: en Cuba había conocido a un hombre. Efraín era demasiado inteligente y pensaba diferente a los demás hombres de la Habana, definitivamente era por eso que quería a Adelia, pues había aprendido a leer sus pensamientos y a sentir su corazón. Pero en aquel hombre cayó la desgracia, mató a un niño por error, sólo fueron cinco centímetros de desnivel en su mano y un cuerpo totalmente alcoholizado para dejar caer el índice sobre el gatillo y cometer un acto tan injusto como ese. El hombre fue a la cárcel pero eso no duró mucho porque iba a ser ejecutado. Adelia lo visitaba, ella quería estar con él hasta sus últimos días, Efraín terminó odiándola, le dijo que ella era la culpable de su desgracia que estaba maldita y que nunca más la quería ver.

Desde la ventana del chalé no apartó la mirada que despedía a su amor. Decidió que esa noche acabaría prematura para al otro día observar puntualmente si esa era la rutina del hombre. Ni siquiera se alimentó, no quería perderse el instante perfecto en el que lo vería de lejos y poco a poco se acercaría perdiéndose de nuevo a lo lejos de la playa. Los ojos de la mujer se iluminaron, unos calzoncillos blancos brillaban a lo lejos, la fosforescencia cada vez estaba más cerca y poco a poco la tez morena iba haciéndose más clara para ella. El momento fue efímero y Adelia ya estaba planeando el gran encuentro.

La mujer salía cada mañana y corría detrás de él sin que la viera, conocía todo su cuerpo y hasta su sudor, cuántas veces parpadeaba y cuántos pasos daba por minuto; Paolo se había convertido en una total manía y ella no se atrevía a pronunciar alguna palabra.

A los dos días, cuando todo estaba perfecto, la cubana se levantó muy temprano, improvisó un traje de baño y se peinó un poco, encrespó sus pestañas y enrojeció sus labios, había llegado la hora y salió del chalé ocultándose un poco entre las campanillas rosas. Paolo iba corriendo y enjugaba su frente con un pequeño paño. La mujer corrió detrás de él y lo miraba deseándolo profundamente, corrieron durante unos minutos él adelante, ella atrás. Juntos los dos. Adelia se sentía abrasada por la arena ardiente y luego sintió un estruendo en su pie, un extraño ruido salió de un caparazón y un poco de sangre fluía de su meñique. Adelia cayó al suelo y su golpe no superó todas sus vergüenzas, a su lado se hallaba postrado un centollo ya sin vida. Paolo escuchó todo el tumulto y detuvo sus pies girando rápidamente hacia la chica como si todos sus movimientos estuvieran totalmente automatizados. La mirada del hombre fue despreciable y una voz autoritaria salió de él: -¿Acaso me anda usted persiguiendo?-. La mujer se sentía totalmente avergonzada, pero no le quedó más opción que responder. Pensó con rapidez lo que iba a decir y farfulló sin ningún fin, su lengua se detuvo, parecía que nunca más iba a poder estar en movimiento. Paolo la miró y vio en sus ojos el reflejo que toda su vida lo había perseguido. Los ojos enamorados de Adelia la habían delatado. La sangre del hombre se enfrió y sacó su pudor varonil: -No pierdas tu tiempo, ni siquiera puedes hablar.

El hombre, sin más preámbulo, se marchó corriendo y olvidó la interrupción de su ejercicio con desprecio, la pobre Adelia no tuvo más remedio que levantarse de la arena he irse cojeando hasta su chalé. De sus ojos no dejaban de salir lágrimas de vergüenza, Adelia no soportó más su suplicio, fue caminando hacia el fondo de la habitación donde había una pequeña estancia, metió su mano y la zarandeo buscando firmemente lo que necesitaba. Sintió una cuerda áspera y la agarró por lo chicotes, la llevó hacia el lugar donde estaba la claraboya y al lado de la misma colgó la cuerda ya con un nudo perfecto para poner su garganta. Acercó un banco y se subió. Mantuvo el equilibro, metió su cabeza como dispuso y saltó como si quisiera golpear fuertemente el piso. Un soplo brotó fuertemente de su ser mientras la reacción de su cuerpo evitaba la repelente muerte, su mente entablaba una conversación y Adelia se sentía feliz porque allí era el único lugar donde podía hablar.

Referencias: