Letras

Galán de balneario

Letras Galán de balneario

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Raúl está cansado. Han sido ya seis días de trabajo arduo que lo han minado por completo. Lo bueno que mañana es domingo, su día especial, allá, donde las brisas acomodan a los vellos y circulan por el cuero frente a una inmensa alberca. Es por lo que lucha y suda a diario. No hay más gusto que el de remojar sus pies mientras sus deseos se elevan por el cielo de aquel bañadero. Todas las muchachas se aprestan, sin excepción, al domingo de baño y convite. Eso a Raúl le excita un poco más. Su cuerpo no es de gran impacto, pero sí levanta dos que tres suspiros a su alrededor. Él lo sabe, y con el pecho erguido pasea por el borde de la alberca luciendo su silueta. Viste un pantalón corto que no rebasa las rodillas. Flácidas y delgadas pero firmes a cada paso. Su mirada está puesta en Lorena, "la chica nueva del lugar". Las otras ya han caído bajo sus encantos domingueros. Lorena parece diferente. Eso le intriga. Pasaron dos horas en las que el sol se puso con holgura. Todas las muchachas daban la espalda para recibir los rayos calientes. Lorena fue la excepción. Ella se aprestó a leer : La era del vacío. Le gustaba la parquedad y frialdad del pensamiento de Lipovetsky. Raúl vigilaba sus pasos mientras la calificaba. En su estándar de belleza, Lorena era una "Alta gama". Su cuerpo, bien torneado, acompañaba de una manera única sus cabellos rizados castaños y su cara morena clara. Sin mayor deseo que conocerle, se lanzó a ella con rodillas flácidas y sonrisa relajada.

-¿Qué tal esta el día?- Preguntó con indiferencia.

- ¿Perdón?- Lorena lo miró de arriba hacia abajo sin descuidar su lectura.

Raúl detectó el desprecio; sin embargo, lo que más portaba dentro de sus entrañas era confianza. Sin importar si el día fuese nublado o la suerte estuviese echada, él andaba por la vida con desenfado. Se llevó los dedos de ambas manos a la boca, los humectó con saliva y los levantó hasta sus cejas para acariciarlas y acomodarlas en torno al viento. Se sabía el más guapo del lugar, pero eso a Lorena le importaba una mierda.

Raúl se agachó para ver el título del libro. Lorena, al percatarse del movimiento, se mostró seria. Con voz cortante espetó:

-¿Te sucede algo?

-Sí. Estás leyendo y me gustaría saber. ¿Qué tal la obra, es una novela?- Respondió Raúl con paciencia.

-¡Pues no lo sé porque me incomodas y no puedo seguir la trama! ¿Qué no sabes respetar el espacio de las demás personas?- concluyó Lorena con semblante molesto.

Raúl no se increpó y siguió al ataque -Pareces de la capital, no eres de por acá, ¿cierto?

-¿Es que no escuchaste? ¿No te das cuenta? ¡No me gustas! ¿Por qué no vas a soltar tus vaciladas allá? - señaló con su dedo derecho- Mira, allá están las chicas con todas tus posibilidades... Yo leo y me enfurezco cuando me interrumpen, ¿está claro?

Raúl, siguiendo el tono normal, arremetió de nuevo -Creo que te gusto y por esos huyes...-

-Jajajaja... ¿gustarme tú a mí? Anda y mírate en el reflejo de la piscina. Eres más feo y "guarro" que los perros hambrientos de las vecindades. ¿Tú a mí? Jajajaja pero, ¿en qué estás pensando?

Raúl ahora sí se incomodó. Sólo un poco. No lo suficiente para largarse pero sí para subirse los calzoncillos y apretar los puños. Esta mujer era difícil y grosera, además de hostil.

-Bueno, muchacha , ¿cómo te llamas?

El silencio se apoderó del momento por un instante, mientras Lorena dejó caer a Lipovetsky al vacío y se levantó de su tumbona.

-¡A ver hijoputa! ¿Cómo puedo hacer para que me dejes en paz?, ¿que no hay aquí vigilancia o guardias?
-Yo soy tu salvavidas, nena... Comentó Raúl con ligera sonrisa.

-¡De verdad que lo "guarro" lo transpiras a toda hora! Sabes una cosa, me largo de este estanque, "so guarro", ¡deja de joder!

Raúl la miraba como se observa a un extraño: con asombro y cautela. Tampoco dejaba de mirar la silueta que formaban el culo, la cintura y las tetas postradas a la luz del sol de medio día.

-Hagamos una cosa: yo te dejo en paz y sigues con tu libro, si tan sólo aceptas un refresco en la cafetería que está a unos metros de acá, ¿qué dices?-

Lorena lo pensó por un momento. Realmente, donde se encontraba no tenía otras alternativas de esparcimiento. Era domingo y tenía que esperar al lunes hasta que le entregaran su automóvil y largarse de aquel lugar. Había llegado allí por coincidencia .

-Vale, vale, pero sólo un refresco y te largas de mi vista, ¿trato?-

-¡Trato!- ambos estrecharon las manos.

Ya en la cafetería, Raúl le contó de su aburrida vida en Abasolo, Guanajuato. También le habló de lo que el creía era el deseo y le mostró un par de cosas que había escrito en un diario de apuntes.

Lorena bostezaba por más que intentaba contenerse.

Raúl seguía procurando atrapar su atención. El refresco ya se había terminado. Lorena se levantó de la mesa y le estrechó la mano en señal de despedida.

Raúl se paró de inmediato y con él también estaba erguido y erecto su canario. El calzón estaba húmedo además de estrecho. Ese canario se vio desde Abasolo hasta Monterrey, con rectitud. Lorena no daba crédito a lo que veía.

Raúl, sin saberlo, había logrado su objetivo, al menos por un instante. Sobra decir que se sentaron nuevamente y siguieron conversando de lo que surgiera. Lorena súbitamente comenzó a interesarse por la plática mientras imaginaba aquel chisme en su boca.

-¿Y entonces escribes?, Cuéntame un poco, ¿cuál es tu estilo?- 

El ambiente ya estaba tenso y plenamente nublado por el deseo. Raúl, animal de instinto, percibió el "detalle". Pasaron del refresco al coco con Ginebra en un una sentada. Lorena ya estaba lubricada y excitada. Raúl ya iba en su segundo relato declamando prosa barata y aburrida, pero ello no importaba. Cuando la excitación se apodera del momento, la razón se extravía en el tiempo. Lorena ya había medido sus posibilidades y alternativas. Sola en un domingo cualquiera, aburrida hasta el hartazgo en espera de su vehículo para continuar con su trayecto. No pintaba nada divertido. En cambio, aquel paquete... ese chisme me podría entretener unas horas sin problema alguno. Nada más que no hable mucho ese Raulito, que ya con dos tragos encima tal vez y hasta lo enamoro, ¿por qué no?

La mujer ya había dispuesto y no quedaba más que secundar la retirada. La tarde cayó y con ello, también, se elevó el deseo. Ya llevaban buenos tragos en las venas por lo que las formas y estrategias sucumbieron con la marcha del sol.

Lorena lo guió hasta su hotel sin dejar de apretarle el canario. Estaba hecha un orgasmo en potencia. Raúl iba con entusiasmo al encuentro. Era, sin lugar a dudas, la mejor gallina que había caído en el gallinero. Subieron como pudieron unas escaleras angostas, mientras Lorena se iba despojando del bikini.

Apenas abrió la puerta, se hincó como una devota pecadora a la sombra del canario.

Raúl, dueño de la situación, se dejó chupar sin complejos. Lorena succionaba con fuerza y excitación al mismo tiempo que acariciaba su expandido clítoris con esmero.

Raúl despedía ciertos aullidos tenues, estaba recibiendo un trato especial, hasta ahora único por el rumbo. Más y más chupaba la chica mientras el galán iba acercándola, a pasito lento, a la cama.

Ella entendió el movimiento y se dejó arrastrar sin soltar lo esencial. Raúl la esperó hasta que ella se levantó y se apresuró a ponerse a horcajadas encima del deseo. Una y otra vez cabalgaba de arriba hacia abajo pasando por los lados con movimientos circulares y zigzagueantes, ¡Lorena se daba gusto de lo lindo! Poco a poco amenazó con correrse ¡Estoy cerca, tío! ¡Estoy cerca!

-¡Hágale, mija! secundaba Raúl, mientras atento estaba al movimiento- ... ¡Estoy que me vengooooooooo! Ahhh... Ahhh... -Se suspendió por instantes el sonido. Después se dejó caer con el peso del orgasmo y todo lo que sacudió de sí... líquidos y contracciones acompañados por gemidos invadieron la habitación. Después del primero, como cascada cayeron seis orgasmos más. Raúl seguía sonriendo y con "aquello" más firme que la noche.

Lorena, sudando, no daba crédito a lo que veía. Cabalgaría de nuevo, sin duda, pero antes tendría que descansar.

Raúl no le permitió más que cinco minutos, lo suficiente para que le diera un buen trago al coco y jalara un poco de aire. Sin tener muchas opciones, la chica accedió más por orgullo que por ganas. Pasaron diez minutos y el semblante de Lorena nuevamente se tornó como aquél, el de la cafetería cuando se despedía del "guarro" para adentrarse en la era del vacío. Esa noche lo hizo por completo. Se vacío hasta que Raúl la dejó dormida y sin hacer mayor escándalo, se marchó por las escaleras angostas sin decir adiós. La noche aún cubría las carencias de la vida diaria.


Referencias: