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Génesis del género, ¿por qué Eva mordió la manzana?

Letras Génesis del género, ¿por qué Eva mordió la manzana?



Por: Mayte Acosta

¿Por qué Eva mordió la manzana? es un interrogante con elevado componente retórico, toda vez que Eva es un nombre de mujer. Condicionados/as por la “ironía castigadora” que engendra este tipo de pregunta, nos acostumbramos a responder maldiciendo a la “madre de los vivientes” y fantaseando con la “vida ideal” que nos fue arrebatada, cuando ésta sucumbió ante el “fruto prohibido”.

Para quienes obvian la teología, “el Génesis” escapa de sus consideraciones sobre el origen mismo del debate en torno a la problemática de género. Si hablaremos sobre las mujeres y los hombres, hagámoslo, en principio, sobre la primera mujer y el primer hombre, y no pensándolos como reales sino como esencias, como ideales, como concepciones del mundo, como herencia y como historia; constructos que se traducen en lo que hemos intentado ser durante siglos y nos conforma hoy.

Cuando distinguimos el blanco del negro, la luz de la ausencia de luz; la responsabilidad de Eva resuena. Tal vez, sin su “debilidad”, seríamos los ciegos más felices del mundo ¿Quién sabe? Lo que sí estamos obligados a cuestionarnos, más allá de la fantasía de cuán mejor estaríamos viviendo en el Edén, es ¿qué hubiese sido de la Ética y la Moral sin Eva? ¡Salvados están los filósofos! Y, con total certeza, Antonio Gramsci hubiese dicho que todos hemos sido salvados. Sin embargo, previo a este tipo de razonamiento, analicemos los acontecimientos según los narran los textos.

Debilidad e ingenuidad fue lo que muchos opinan que advirtió Asmodeo en Eva para tentarla; opinión simplista, según mi parecer. El Edén estaba inundado de árboles y frutos apetecibles, solamente había una condición de fidelidad y obediencia: “El árbol de la ciencia, del bien y el mal”, cultivado como “la muerte” de Adán y Eva, por eso su fruto estaba prohibido.

Adan-y-Eva


Quién podría asegurar que las intenciones de Asmodeo fueron realmente malas, o no lo fueron; la cuestión es que, como demonio al fin, en el desempeño de las funciones asociadas a su rol en esta historia, fue el catalizador perfecto para la infracción de la única condición que no podía ser violentada. Una única norma y dos posibilidades de quebrantarla: una, un cúmulo de polvo al que se le insufló alma con la punta del dedo divino; otra, una costilla hecha carne e idoneidad.

¿Qué habrá pensado el demonio con apariencia de serpiente?: “Tentaré al más ingenuo y débil de ambos. Será sencillo, será efectivo”. Quien se conforme con esa hipótesis mal redactada, será mucho más ingenuo de lo que piense fue Eva. ¿De qué se querría convencer a alguien que, por su ingenuidad absoluta, no posee argumentos para negarse a hacer algo? ¿Para qué tentar a un débil que sucumbe ante cualquier provocación? Las respuestas podrían parecer obvias, pero sólo para aquellos a quienes definitivamente no se les hubiese ofrecido la manzana.

Lo que convierte a Asmodeus en el demonio de esta historia, es el hecho de haber sido capaz de quebrantar lo inquebrantable. La lógica me invita a pensar que, nadie ha de ratificarse completamente como lo que es, hasta que no se enfrente a retos que desvelen sus potencialidades. Asmodeo eligió a Eva porque ella lo legitimaba como demonio, porque ella era la más difícil de corromper, porque ella, culpable de todo o de nada, no era la más débil e inocente.

Más allá del trágico dilema de la manzana, este episodio dio fin o comienzo a la desdicha o a la felicidad; Eva fue pensada como protagonista del fin de un ciclo absurdo y lineal, y el comienzo de un era agitada, preñada de dicotomías, de movimiento. No creo que un sexo débil, secundario y complementario que, proveniente de una extremidad de su opuesto, pueda ser intérprete de una escena tan revolucionaria. Habrá quienes se escuden en los argumentos del “error” y utilicen el mismo para culpar a Eva de las tormentosas contracciones del parto y de las consecuencias de este terrible calor que nos obliga a permanecer hidratados. Deberíamos pensarnos al “Pecado Original”, como el origen de la vida, y en su condición de pecado y proveedor de sufrimiento, como el originario de la felicidad. Eva halló en “El árbol del conocimiento, del bien y el mal” la posibilidad de la sabiduría y, ¿qué ingenuidad sería capaz de sentir atracción por ello? Tal vez sea otra de las razones por las que Asmodeus eligió.

De qué deberíamos culpar exactamente a Eva ¿de que morimos y regresemos al polvo del que provenimos? Si viviéramos eternamente no nos esforzaríamos mucho por hacer cosas para vivir productivamente. ¿Deberíamos culparla por el dolor, la tristeza, la desgracia, el llanto?; pero, cómo explicaríamos la existencia y valor del placer, la alegría, la felicidad y las sonrisas sin vivenciar la contrapartida de los mismos.

La distinción entre el bien y el mal, junto con la adquisición del conocimiento y acceso al saber, más allá de una disquisición ética y filosófica en general, permite que tomemos decisiones y, mientras tales decisiones son tomadas, están sucediendo nuestras vidas.

¿Será Eva una prefiguración apocalíptica; o salvadora de la humanidad?

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