Letras

Guarito

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Todo comenzó con un guarito (aguardiente). Los deseos y las ansias propias del viaje se hicieron presentes. -Hágale pues- decían en todos lados sin recato. Y le hicieron bonito. Apenas recién llegados desde México, Tiberio y Lucrecio, amigos de la universidad, desempacaron sus expectativas y se pusieron a soñar despiertos. Mujeres por aquí y por allá deambulaban por Bogotá. Las chimbas (chicas) destellaban belleza y erotismo a la cadencia de las caderas. Fieles a la emoción se fueron de rumba de un bar a otro. Para comenzar a ambientarse compraron aguardiente en una tienda del Chorro de Quevedo, sitio famoso y emblemático de Bogotá. Allí le dieron con fuerza al trago y se comenzaron a relajar aún más. Los ánimos se tornaron alegres, más de lo habitual.

-Vayamos pues por aquí-. Se fueron a los bares más concurridos y famosos de la ciudad. Preguntaron a los parces (amigos conocidos) y a los paseantes del rumbo por los mejores sitios. Al cabo de dos botellas de aguardiente y algunas copas que bebían en los lugares visitados, cayeron en cuenta que la fiesta no estaba afuera: la parranda la llevaban ellos. Por sus venas, además de alcohol, corría el deseo punzante y constante. La noche les cayó con todo el peso de la oscuridad y se observaron el uno al otro en un bar semivacío, sin mucha novedad y con pocas mujeres a la vista . El momento no era el más apropiado para rumbear. Sin prestar atención al calendario estaban en lunes intentando vivir un sábado de gloria. -Puras apariencias-, se decían. Lucrecio fue el primero en expresar su sentir:

-Aquí no habrá más acción weon... Mejor vayamos a donde siempre hay cariño y atención.

-Pues hagámosle pues, marica . (Ya estaban inmersos en el lenguaje coloquial propio de la capital: Bogotá, Colombia)

Se fueron a buscar compañía en lunes. El reloj marcaba las dos de la mañana. Caminaron por donde les indicaron hasta llegar al lugar: "La chimba bacanuda" se llamaba el bar. Entraron con fuerza y emoción. Allí estaban una por una y con sus miradas coquetas las mujeres en espera; todas en fila, pacientes a que los papis y manes se dispusieran a invitarles un trago, dejarse seducir con un baile privado o simplemente compartir el rato a cambio de una ligera propina, algo para el taxi o, tal vez, una parranda de locura.

Ya sentados, los mexicanos siguieron con el guarito y las mujeres se postraron en torno a ellos. Yolanda , Nataly, Acacia, Marcela, estaban puestas a parar oreja y acariciar a los manes aunque fuera un poco el alma. Transcurría la velada entre copas y carnes apretujadas. Tiberio ya estaba entusiasmado y Lucrecio acariciaba el abdomen a una de ellas, las mujeres dispuestas en torno a la noche.

De un lado a otro el aguardiente fue y vino. Choques de copas por aquí y allá. Sonrisas plásticas y vacías, pero fieles al retrato del momento, aparecían. Al cabo de cuatros horas el bar estaba llegando al final. Habría que cerrar. Lucrecio y su parcero mexicano apenas y estaban entrando en ambiente.

-Vayamos a otro sitio que conozco papi- comentó Yolanda con alegría .

Sin mucho protocolo dirigió la fuga e invitó a los mexicanos a emprender la retirada. En menos de un soplido se encontraban en un espacio privado con bar y música sin límite.

Ya para ese momento el amanecer estaba extendido en todo el espectro, menos en aquel cuarto. Allí se respiraba deseo, lujuria, excesos y falsas apariencias. En aquel espacio estaba resumida, de alguna manera, la condición humana en su mayoría. Tiberio brindaba con Acacia mientras le agarraba el culo a Marcela, quien con sonrisas asentía a los pellizcos y se animaba a bailar la melodía .

Lucrecio, mientras tanto, le daba unos besitos a los senos de Yolanda y coqueteaba con Nataly, quien bailaba en solitario frente a todos. En aquel sitio los mexicanos sonreían, las colombianas gozaban y la cuenta de consumo subía como espuma. Nataly fue interceptada por Tiberio cuando éste se levantó para ir a orinar al baño, dentro de aquella habitación. Le comenzó a cachondear tocándole el culo con fuerza . Ella respondía arqueando más la espalda buscando con su mano izquierda el paquete del mexicano.
Lucrecio sonreía con alegría única.

Por un momento en su vida las mujeres estaban allí, prestas a todos los deseos sin prejuicios ni condiciones. Era en esa habitación donde florecía con rabia toda la represión y lujuria contenida por años. Tiberio también gozaba; se sentía pleno y en todo su elemento. Aún cuando el precio a pagar fuera infame y grosero, valía la pena estar allí. Era su terapia, su aliciente, su oasis en medio de un desierto hostil, indiferente y desgraciado. Las chicas de alguna manera también se olvidaban un poquito de sus cuotas y se relajaban un poco. Dejaban escapar risillas y coqueteos genuinos. Por un momento, al menos un ligero instante el ambiente se impregnó de comprensión y entendimiento más allá del deseo. Un destello duró aquello. Al cabo de unos minutos los demonios aplastaron el aire y se hicieron presentes. Yolanda pedía su cuota. Acacia quería largarse. Nataly pedía propina generosa y Marcela, la más romántica, deseaba un hombre con fuerza, vehemencia y solvencia. Los mexicanos también las deseaban, a ellas, sólo que la risa se les iba como el viento corriendo en las tierras colombianas. El dinero se esfumó y también se les fue la música. No hubo tiempo, pues, para culminar la fantasía. Faltó plata. La consciencia se ausentó, no así sus deseos, los que los guiaron hasta allí. Si la vida sucede en un instante, por un momento fueron felices en la eterna fugacidad del todo. Cada uno transita por el mundo con sus propias creencias y valores. En un pestañeo las chimbas se escurrieron. El día despedazó el sueño, la cuenta de consumo cacheteó sus bolsillos y los trajo de vuelta a la realidad cotidiana.

Ya solos, bajaron de allí por unas escaleras angostas y frías. En la calle la vida seguía su paso. Tiberio le extendió a Lucrecio lo que quedaba de la fiesta: un chisguete, un charquito del guarito: el inicio y final de todo. La vida es cíclica, ¿no crees?


Referencias: