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Había llegado la hora: tenía que olvidar

16 de abril de 2018

Andrea Monroy

Era un día común, llevaba a mi perro a pasear por el parque que estaba en frente de mi casa, me hice el desayuno matutino con leche, plátano y cereal mientras veía las noticias en el periódico; todo iba bien. Metí las llaves del coche para arrancarlo, puse mi bolso en el asiento del copiloto y tomé mi camino. Sonaba la radio y me mantenía atenta al cambio del rojo al verde. Llegué a la oficina y miré el reloj, acomodé mis cosas en el librero viejo que estaba junto a la ventana del pasillo. 


Salí por un café expreso porque el sueño me estaba venciendo y mientras miraba mi celular me llegó una llamada que no había recibido en años. Era mi hermano del otro lado de la línea, con la voz tenue me dijo que había llegado la hora y que era necesario ir a donde ellos estaban. Hacía casi dos años que no hablaba con él, ni con nadie de mi familia. Siempre fui independiente a ellos y quería perseguir mis sueños, más que atender el negocio familiar yo tenía más metas y no me iba a detener por nada.


Justo cuando cumplí 18 mis padres estaban en la quiebra, decidieron vender lo que quedaba de nuestra casa, era una de esas que morías por tener después de casarte, grande con un color gris opaco, pero con unos marcos en las ventanas que le daban toda la presencia frente a las demás. Mi mamá había plantado rosas al frente y azucenas atrás, mi papá llenó de luces el garaje para cuando tuviéramos un asado. Todo rodeado de bardas y con jardín verde.



Nos mudamos al otro lado de la ciudad, la escuela me quedaba a una hora, mi novio de ese entonces me cambió por una castaña de pelo quebrado que podía ver a la hora que quería, era su vecina y no tenía que trasladarse a ningún lado. Mis amigos me dejaron de frecuentar, todo cambió. Yo estaba enojada, frustrada, con mis papás por el dinero y, sobre todo, con la mala suerte que me cargaba. Cuando por fin tomé la decisión de mudarme para estudiar la universidad, juré que no regresaría, que me iría a vivir sola y que necesitaba oxígeno.


Los primeros tres años después de eso me fui a fiestas, restaurantes y muchos lugares donde nadie sabía de mí; conocí gente y a nadie le decía de dónde provenía. Al cuarto año decidí invertir en un departamento, trabajar e irlo pagando. De ahí el tiempo se fue como loco yo ya tenía mi universidad terminada y un sueño hecho realidad. Estuve divagando de relación en relación, la verdad nunca quise algo formal y no era por mi, sino por ellos; algún pretendiente me invitaba a salir todos los sábados, pero me aburrí, otro me llevaba serenatas, aunque yo vivía en un décimo segundo piso. 


Todo avanzaba y mi familia se había vuelto un lazo muy viejo que tenía que desempolvar. Mi padre consiguió un trabajo después de que yo me fui y ayudó a mi mamá a poner una pastelería; mi mamá trabajó tan duro en ello que volvió el sabor de sus creaciones en una novedad. De nuevo regresé a la llamada que me dejó atónita, ambos había tenido un accidente y estaban en el hospital, su estado era grave, la causa fue una curva peligrosa que no lograron esquivar. Me sentí vacía, impotente, triste y melancólica. Conduje hasta dónde estaban ellos, los vi juntos, habían pedido una habitación compartida, yo no sabía qué hacer, estaba llena de vergüenza.



El funeral se llenó de un color gris que me mantuvo estática, mi hermano y yo parecíamos desconocidos, estábamos distantes y ausentes. Ya casi debía volver, pero había una nota con mi nombre en el comedor de la casa; la escribió mi mamá y tenía fecha de tres años atrás. En ella detallaba cada momento que me extrañó, lo egoísta que fui y el vacío que quedó.


Solté una lágrima que mojó el papel, cuando terminé la carta había documentos a mi nombre… la pastelería era mía. No podía creer cuánto me amaron aquellas personas que abandoné, ahora yo tenía que regresar, ya me había atado a su recuerdo y sufrí cada día extrañándolos. Juré que no regresaría, pero esta vez ya no quería irme. 


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Las fotografías que acompañan al texto pertenecen a Kelly Calvillo.

TAGS: Soledad Cuentos Nuevos escritores
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Andrea Monroy


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