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Haré lo que tú quieras que haga y tú harás lo que yo te diga

24 de abril de 2018

Martín Klimek

Con el relato que se comparte a continuación, Martín Klimek señala los códigos de frivolización del romance y la atracción en tiempos modernos.




Tinderella

Su nombre no le decía nada, sólo que era una desconocida más. Otro accidente fortuito de la casuística aleatoria de los códigos binarios que jugaban a los dados perdidos, a manera de un dios encubierto vestido de Cupido.

Sin embargo y justo al segundo después, aquel misterioso nombre le asomó como respuesta a toda una serie de expectativas no logradas, presentándole cada uno de los sueños amatorios que él había perdido durante tanto tiempo, pero que sabía que ahí estaban, esperándolo, expectantes.

Él ahora sabía que ella era todo, ya que atrás de todas y cada una de las palabras y mensajes que se iban construyendo, se presentaba, de manera natural y espontánea, la formula de la física que nos dice que a toda acción hay una reacción igual o con mayor intensidad, pero que si la canalizas de manera correcta, te llevará por inercia al paraíso que tanto habías anhelado.

Así pues, un poco antes que después pero menos que antes, en la milimétrica disección del segundo preciso, sin respetarse ninguno de los tiempos establecidos por los cánones, él le soltó de la nada y sin ninguna premeditación un “hagámonos uno”.

La respuesta de ella tardó justo el tiempo que él se había imaginado para al final rematarle con un “te había esperado desde siempre y sí, yo también te amo”. A él no le extrañó en lo absoluto aquello, ya que ahora sabía que era ella y viceversa.

Sin pensarlo ni un solo instante más que el que debía ser, le dijo que iría a verla. Que lo esperara vestida tan sólo con una sonrisa y con dos copas de vino en la mano, justo como ella ya sabía que él le iba a decir.



Afuera la noche era inusualmente un poco más calurosa, tal como el momento que ambos ya habían imaginado y diseñado en medio del raqueteo de su prosa continua.

Ella le había dicho: “Ven, haré lo que tú quieras que haga y tú harás lo que yo te diga”. El telón de la complacencia mutua de la carne y de las almas se había puesto delante de ellos y ahora sólo bastaba recorrerlo.

“Sabes que voy porque te amo”, le escribió él. “Conoces desde siempre que yo también”, le respondió ella. Así pues y como el destino ya lo había escrito, él salió justo en punto de la 1 de la mañana de su casa para encontrarla.

A medida que el destartalado taxi avanzaba, su corazón brincaba al unísono de los baches, lleno de una emoción plena mezclada con un deseo devorante, mientras que "Summertime", de Gershwin, se intentaba colar entre la estática de “La que Buena”.

Las calles de la ciudad estaban impregnadas de ese característico vapor mezclado con aromas de gardenias y drenaje, que solamente a esas horas se percibía, lo cual le daba un extraño marco tropical a aquel citadino encuentro.

El viejo y oxidado número metálico le anunció que había llegado, justo en la esquina de la calle en donde él sabía desde hacía mucho tiempo atrás que ella vivía.

El taxi se perdió del cuento alejándose sobre la calle mojada en una lluvia tibia recién terminada. A su vez, el timbre juguetón lo presentó haciendo a lo lejos un quedado eco desteñido de cansancio agudo.

Un agujerito cómplice en la puerta le ofreció el espacio suficiente para poder apreciar aquella voluptuosa figura que serpenteante de caderas se aproximaba.

Al abrirle, él notó que ella llevaba puesta justo aquella bata de seda blanca y que traía su pelo amarrado en la nuca a manera de una brillante y sedosa perla negra.



Ella le extendió su aterciopelada mano y sin decir palabra alguna lo llevo al interior de su guarida. Lo único que flotaba en el ambiente era una complicidad mutua llena de silencios cómodos.

Ambos sabían que todas las palabras eran inútiles antes y después de aquello. Ya todo estaba dicho, por lo que solo restaba completar ritual con el debut preciso de sus cuerpos plenos, turgentes y punzantes.

Al entrar, él se dirigió a aquel mullido sillón negro que tanto le había gustado que ella le describiera y se tiró sobre el mismo. Ella a su vez, lo dejó solo por un momento, para luego hacer su aparición vestida con la misma bata, pero ahora entreabierta intencionalmente.

Después, pero sin buscarlo, llegó la magia de la simetría perfecta de los centros, de los coros simultáneos del aliento, del jadeo musical, del movimiento centrípeto y las explosiones simultánea del Big Bang.

Al final, él se levantó, le dio un beso, se vistió y se fue, sabiendo que siempre la amaría pero que jamás la volvería ver, porque sino se acabaría todo.

Mientras tanto ella lo borró para siempre de sus contactos y durmió plácida y profunda, sabiendo que mañana justo las 12 de la noche volvería a convertirse en la Tinderella en turno de su nuevo príncipe cibernético.

*

Las imágenes que acompañan al texto son propiedad de Marie Hyld, quien se fotografió a sí misma mientras pretendía estar enamorada de personas que ni siquiera conoce.

***

Si quieres leer cuentos, te recomendamos estos 10 cuentos surrealistas que puedes leer en línea. Pero si lo tuyo es la poesía, no te puedes perder estos poemas surrealista para entender el amor.

TAGS: Erotismo Cuentos Nuevos escritores
REFERENCIAS:

Martín Klimek


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