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LETRAS

La decadencia millennial por la adicción a las redes sociales

Descubre en esta historia de adicción a las redes sociales de los millennials y cómo nuestra felicidad depende cada vez más del número de seguidores que tenemos.

¿Qué clase de animales somos? Esa es la pregunta que se hace esta historia de adicción a las redes sociales, qué es lo que nos hace pasar tanto tiempo en redes, pendientes hasta del último like y de los motivos misteriosos detrás de la elección de emoji de aquellos que comentan. ¿Será que ahora ésta es la única manera de ser felices? Descubre tu respuesta personal en este relato.

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In Mortem:

Estamos consumiendo basura. Deslizando el pulgar de abajo hacia arriba, despacito para ver de manera estoica las publicaciones. Botones que facilitan la toma de decisiones en cuanto a nuestro sentir. Caras amarillas intentando dar humanidad a las palabras. Del Facebook al Twitter, del Twitter al Instagram, un maldito círculo vicioso en el que todos caemos. Cinco minutos aquí, cinco minutos allá. Carajo. Esto no es vivir. 

Gente que se angustia por no ser top, gente inútil y prosaica. Idiotas que se creen poetas, uno que otro escritor o fotógrafo; malditos filisteos ¿a quién siguen? Encuestas y algoritmos que te dicen cómo te verás en treinta años, estúpidos que piensan vivir otros treinta años. Videos de personas cayéndose, gatos bien vestiditos y publicidad que promete hacerte millonario en un santiamén.

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Los pulgares tienen la culpa. Merecen que los decapiten y sean empalados con palillos chinos, las luz tenue del móvil consume tu cerebro. Historias que creen ciertas: esto no quiere que lo sepas el gobierno. Hacer electricidad con papas. Gente parca compartiendo frases emotivas para justificar la mediocridad. Más pulgares azules, para levantar el ánimo. Hay una relación proporcional entre el número de seguidores y la serotonina que produce nuestro organismo. ¿Qué clase de animales somos? Nos drogamos con corazones rojos, caras amarillas y pulgares azules.

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La literatura se volvió famosa, la filosofía volvió a nacer. Hace diez años se conservaba y se transmitía por los libros, ahora estos también son famosos; intentan venderte la idea de que cuanto más papel consigas más culto eres, qué necedad. Facebook debería cobrar por cada caracter depresivo que se postea. ¿A quién le hace falta un psicólogo cuando puedes hacer públicos tus problemas en los estados de WhatsApp? Somos la generación de voyeuristas, de morbosidad e indiferencia.

Gente que se queja de que prefieren una conversación cara a cara y no por mensajes, nunca he visto que estos quemen sus teléfonos en señal de desprecio. Inútiles, compran cultura pero les venden vómito; compran dulces y les venden tierra. La sátira se convirtió en la madre del anonimato, unas cuantas aplicaciones y tenemos arte en forma de memes. Cazadores que se dedican a buscar y capturar los mejores ejemplares, los limpian, los peinan, los guardan para la mejor ocasión. Gente que dice “somos de la generación sin celular, la mejor época… ” y nunca los he visto arrojando su teléfono por la ventana. Incongruentes. 

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Horas y horas desperdiciadas en el retrete. Pronto desarrollaran una app que sustituya el papel higiénico.

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Las malditas selfies; se paga por subir la misma toma pero con la lengua por fuera, hay personas que se hacen millonarias. Lo sé, porque hace cinco años también sacaba la lengua en las fotos y me pagaron mucha plata. Fotografías con la misma persona pero con diferente atuendo. Pobres tontos. Gigabytes ocupados a lo estúpido en fotos y fotos; y no borro ésta porque fue cuando estuvimos ese día en ese lugar. La fotografía es un arte, con un iPhone X y unos cuantos filtros lo dominas a la perfección, eres fotógrafo por el móvil que te cargas. Una manzana mordida; son buenas, pero el filisteo la sobrevalora, se traga entera la manzana podrida quien compra sólo para revisar el Facebook y ver videos. Personas adictas al Netflix, creyendo que son cinéfilos por ver la misma serie a las dos de la mañana.

Mensajería instantánea. Personas débiles y mortales que no pueden desactivar las palomas azules y la última conexión. La ironía de mandar mensajes al instante y recibir contestación al tercer día; manda un maldito telegrama, es más coherente. Comemos basura todo el día. Traemos basura en la cabeza todo el día, lloramos por la basura, nos desesperamos por ella, la anhelamos y así viviremos hasta el día en que el hombre invente algo mejor que YouTube.

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