El fantasma de Madero: la calle más popular de la CDMX

Miércoles, 12 de septiembre de 2018 17:48

|Alder Hugo Corona Amador.
la historia de la calle madero

En una ciudad tan grande como en la que vivimos, es inevitable que en sus calles se queden los espíritus. Dentro de las leyendas de la Ciudad de México, la historia de la calle Madero es una de las más ricas, descubre la historia de la calle Madero a través de los ojos de su fantasma en este cuento de Alder Corona.

Para Ishar Pantaleón, a quien le gusta fungir de compañero.

quien tomó las fotografías para aderezar el texto y a quien le debo la amistad.



La piedra de los edificios de la calle Madero envejece con el paso de los años, los míos y los de toda esta ciudad. La teja, la piedra y los balcones de herrería antigua guardan en ellos la memoria más profunda de una urbe enriquecida por millones de historias. Las marcas sobre las fachadas de los palacios de Madero delatan sus orígenes y revelan la identidad de una sociedad que agoniza en una insondable amnesia histórica. La ciudad de México es un sepulcro colosal que resguarda la memoria de un viejo lago, yaciendo entre los cimientos añejos de sus calzadas. Los poros de sus calles exhalan espíritus errantes. El valle de Anáhuac esconde un vínculo sobrenatural entre el pasado y el presente; lo que es y lo que será. Es está la ciudad de los muertos, el laberinto mítico de las almas en pena; una milicia de espíritus susurran a través de los muros y acompañan el recorrido de los peatones por las veredas. Los fantasmas existen para atestiguar que la ciudad que se erigió en el lecho de un estanque de mitos, leyendas y guerras sigue de pie, de cara al futuro y aguardando el final que el destino le tenga previsto.


Los fantasmas carecemos de una verdadera concepción del tiempo, caminamos sin oler o tocar, a cambio observamos y escuchamos con más habilidad que los vivos. Somos los cronistas del paso del tiempo ante la eternidad y algunos terminamos aquí, vigilando en silencio a la ciudad de México. A los fantasmas no nos limita la mortalidad, pero nuestra naturaleza nos ata a ciertos sitios. En otras palabras, nuestra alma permanece ligada a algunos lugares, la mía está unida a la calle de Madero.


Morí hace tanto que ya no recuerdo cómo, viví menos tiempo del que llevo muerto. Los fantasmas tenemos memoria y muchos más recuerdos de los que deseamos. Sabemos quiénes fuimos en vida, pero esos detalles pierden significado cuando contemplas dos siglos de cambios. Al inicio te aferras a tus posesiones, tu trabajo o familia; incluso asustas a algún que otro humano que desee arrebatar una herencia en tu nombre. Pero con el tiempo pierdes rastro de todo, incluso de tus seres amados. Te vuelves simple espectador de todas las épocas; sin embargo hay cosas que no puedes cambiar, preguntas recalcitrantes en la mente de un espectro


¿Por qué sigo aquí? ¿Qué me hizo falta hacer en vida? Por ejemplo, yo siempre quise ser escritor, pero nunca encontré una historia para contar, una que valiera la tinta, que me permitiese vivir por siempre en los libros, y no en el pesar de un ánima condenada a existir para envidiar a los vivos.


la historia de la calle madero 1


Soy optimista, después de todo pudo ser peor. Hay billones de fantasmas en el mundo, la única forma en que se pueden mover es si permanecen en un espacio. Los fantasmas habitan casas, palacios, algún edificio desmejorado; es un trabajo solitario pero, después de todo, alguien lo tiene que hacer. Yo me mantengo en una calle, en la de Francisco I. Madero. Debo admitir que no es que Madero sea sublime, no es la vía más antigua de la ciudad novohispana, ese placer le pertenece a Tacuba, tampoco es la más amplia, en realidad es bastante angosta, no es tan glamorosa como la que llaman… ¿Cómo? ¿Reforma?

La vida nocturna es basta, pero compite con la de otras calles, su atmósfera europea se ha ido desluciendo. La realidad de un espectro es muy restringida, pero escuchas a las personas, sus charlas e impresiones; esta ciudad te enseña, hasta un muerto nunca deja de aprender, a veces incluso a los fantasmas nos llegan rumores de pasajes más bonitos, más encantadores. Pero creo que Madero conserva algo para los vivos, los contagia de su atractivo atemporal, una suntuosa senda a través de sus vidas, las de sus padres y abuelos. En Madero se mezclan sus aromas, sus miedos, la nostalgia y el sonido del organillero. Todas las preguntas caen en Madero, en la rasgadura histórica de esta ciudad. Antiguas voces musitan lamentos sobre la cicatriz lunar que quedo tras la gran Tenochtitlan. Los tiempos pasan y en Madero se guardan sus vestigios. Los lamentos de antiguos dioses se aglutinan en Madero, los fantasmas oímos, los sonidos se funden unos con otros y de entre todo alguien pregunta: ¿Qué le han hecho a esta ciudad? ¿Qué fue de la región más transparente del aire?


De Madero sé todo, desde cuantas farolas hay sobre sus aceras, hasta el número de ventanas a través de su galería de edificios. En una calle cabe toda una ciudad, y en una ciudad un país, en una calle millones de historias, incluso la mía. Quizás habré muerto a principios del siglo XVII, del año ya no me acuerdo


¿Habrá sido en otoño? Una lluvia torrencial llegó una tarde y no paró por dos días, las calles se convirtieron en afluentes de cañería fétida. Las viviendas quedaron cubiertas –habrán alcanzado los dos metros- y el nivel del agua no bajó, no en los siguientes cinco años. El mundo se nos acabó, el valle que habíamos tomado nos cobró el alquiler. No vivíamos en Sodoma, pero muchos creyeron que dios mismo nos había flagelado, un día de hace 400 años decidió que debía corregir los pecados de la Nueva España con un pequeño diluvio. Para aspirar al perdón, empezaron a impartir misa en las azoteas, ¿Quién se podría imaginar a las abnegadas damas de sociedad repitiendo el rosario bajo el sol del verano? Tal vez nadie las escuchó porque el culpable pudo no ser el dios de los católicos ¿Qué ya no se acuerdan de Tláloc? Muchos morimos en aquella vez, pero no todos nos quedamos a padecer la ciudad unos cientos de años tras nuestro deceso.


La calle Madero sobrevivió la tempestad, solo que entonces no era Madero, quizás la llamaban San Francisco. Debió ser por el convento, también escuela de artes y oficios. Uno de los más antiguos según sé. “El templo de San Francisco” se erigió para maravillar a los adoctrinados indígenas, el primer inmueble ocupó un antiguo terreno de Moctezuma que estaba colmado de jaulas con aves exóticas. La primera iglesia era pequeña, habían traído un cantero desde Castilla para completar la capilla y según los rumores, los presentes habían soltado un leve sonido de asombro cuando al retirar la cimbra de la cúpula, la cubierta no se les había venido abajo. A esa iglesia también se la llevó el tiempo –o la lluvia-. Se tuvo que elevar otra, los hermanos franciscanos decidieron incluir un hospital y acoger a los desfavorecidos. Se elaboró un retablo con motivos de San Joaquín, Santa Ana, San José, San Felipe de Jesús, y San Francisco de Asís. La portada del templo fue desde entonces ejemplo del barroco churrigueresco.


Tantos años de muerto te vuelven un poquito de muchas cosas, un poquito arquitecto por ejemplo; lo que nunca he podido lograr es aprenderme todos los barroco… barroco aquí, barroco allá, barroco al carbón o barroco al mojo de ajo. ¿Quién dijo que el arte fuese simple?


la historia de la calle madero 2


De esa ciudad nada queda, ni quién se acuerda de aquello. El asfalto se secó, nuevas obras se erigieron y llegó un nuevo México. Mi amada calle –también mi jaula- pasó por varios nombres antes de quedar inmortalizada como Madero. En una época estuvo dividida en tres secciones, “San Francisco”, “La Profesa” y “Plateros”, la última reunió todos los talleres orfebres, así el camino que se extendía hasta el corazón de la capital quedo vestida de pulseras, anillos y brillantes collares que decoraban un bulevar embellecido con cierto aire aristocrático. Se convirtió en un pasillo en los que el visitante se encontraba con estilos, tendencias y huellas de artistas que encontraron en México una forma de manifestar su percepción estética del mundo europeo, en medio de una escena en que se cruzaban castas y clases sociales.


¿Quién hubiera pensado que semejante proyecto aquel de la nación Mexica rendiría frutos? Construir una ciudad en el agua –¡qué idea!– aprovechando islotes y confiados en un ingenioso sistema de relleno, elaboraron una urbe coronada con enormes masas de roca tallada, asentados en crónicas y sangre, como una nueva Nínive en tierras inexploradas. Los cimientos hechos por el imperio Azteca sirvieron para edificar una metrópoli cuyas raíces quedarían incrustadas en las ruinas de su gloria.


Vi elevarse los campanarios del templo de “La Profesa” en la esquina con la calle Isabel la Católica, entonces San José Real. La iglesia sirvió de hogar y sede de la orden Jesuita. Tres naves con una cúpula apoyada en un polígono de ocho lados invistieron la morada de los votos de pobreza, castidad, obediencia y un cuarto voto –extra– de sometimiento ante los deseos papales, propios de la orden jesuita. Si bien los fantasmas no podemos aprender a tocar la guitarra, al acordeón y formar una banda, si podemos entender un poquito de la mera observación. Por ejemplo, un día llegó este tipo… tan petulante, era el escultor, pintor, arquitecto –todólogo– Manuel Tolsá. Se acercó a “La Profesa” y empezó un retablo, eso sí, de una calidad increíble, el talento del hombre hubiera obligado a algún transeúnte a retirarse los ojos de las cuencas del cráneo y entregarlos, seguros de no encontrarse en su vida ante algo tan bello, de tanta habilidad –eso no le quitaba lo engreído, por supuesto. La ventaja de ser fantasma es que te encuentras con los actores del tiempo, esos que le dieron significado a su momento histórico.


Siguieron “La Casa Borda” en el número 33. En el periodo de su levantamiento, posesión del hombre más rico de la nueva España, o uno de los más ricos, Joseph de Laborde –que ineptos los vivos con ostentar semejantes títulos, soy fantasma y al morir ni un centavo se sepultó conmigo. La mansión de nuestro amigo Joseph fue un regalo a su esposa y a la vez, una altanería dirigida a la familia de Hernán Cortez. Se propaga por una manzana completa y está cubierta por roca de tezontle, piedra arenisca gris y un nicho en la entrada, dedicado a la virgen de Guadalupe. Se murió Joseph y ahí se quedó su casa, supongo que no cupo en el féretro.


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A alguien se le ocurrió por allá de 1736, tal vez 37, el capricho de cubrir la cantera de su casa con mosaicos. Dicen las leyendas que comparten los vivos que “El Conde de Orizaba” condenó a su hijo Nicolás Diego de Velasco, quien no había encontrado más vocación que la parranda, a una vida sin logros. En la riña el padre le dijo: “Hijo, tú nunca harás casa de azulejos”. Nicolás reacciono ante el pronóstico del conde y en su más grande acto de rebeldía, mando enfundar la residencia familiar de azulejos. Así de escandalosas son las historias de los vivos.


¿Quién soy yo para alterar la versión oficial? -ni que hubiera estado allí-. Con los años “La Casa de los Azulejos” cambió de manos y las señas del destino la convirtieron en restaurante. Algunas veces me gusta entrar para lanzar los platos de los comensales, tirar sus cubiertos y derramar sus bebidas, en dos siglos es difícil entretenerse en algo, y la verdad es que ver la cara de pánico del atemorizado cliente con las pupilas contemplando la nada, es de las pocas cosas que aun hoy me resulta muy divertida.


A finales del siglo XVII Se construyó la propiedad del Conde de Nuestra Señora de Guadalupe del Peñasco, Don Francisco Mora y Luna, Coronel de Dragones de las Milicias Provinciales y de su mujer, la Condesa Doña Ildefonso Pérez Calderón – que bueno que la gente perdió la costumbre de usar demasiados nombres. Se le conoció como la casa de la Acequia, se encuentra en el número 74 de la calle. Luego todo el mundo se volvió paranoico, la guerra había aparecido.


Por allá de principios del siglo XVIII las conspiraciones contra el virrey abundaban, yo mismo vi algunas arder en la derrota, de sus cenizas comenzó germinar el verdadero levantamiento. La estabilidad de la “colonia española” ya tambaleaba para cuando una noche, se alcanzaban a observar las hogueras del ejército insurrecto que se acercaba peligrosamente a las fronteras de esta ciudad.


Los nobles, clérigos y voceros de la santa inquisición se sabían condenados ante la proximidad de las tropas enfurecidas de un tal Hidalgo. Protegieron cristales, reforzaron las puertas y después se escondieron bajo la cama; otros preparaban las hondas y afilaron los machetes. Todos esperaban el amotinamiento, el enemigo de la Nueva España prometió bajar desde Monte de las Cruces y pedir cuentas a la aristocracia. Pero ese tal Hidalgo no llegó, desde Madero nos quedamos esperando el momento en que la rebelión tomara el zócalo. Debimos esperar una década para ver la culminación de la faena. En 1821 Iturbide entra, triunfal, a la ciudad de México. La conjura de Hidalgo en búsqueda del México independiente había culminado en un desfile vivaz, gallardo, pero sin el padre de la patria al frente, la cabeza del cura ya colgaba a kilómetros mientras los muros se revestían de cortinas cortinas verdes, blancas y rojas para acompañar la procesión del Ejército Trigarante.


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Se había colocado un arco triunfal en el templo de San Francisco. Plateros recibió gustosa a las tropas de Iturbide cerca de las nueve de la mañana del 28 de Septiembre de 1821 –imposible no acordarse. Una afluencia enorme de espectadores se amontonó para ovacionar al estado mayor. Entre la multitud apenas se divisaban los líderes militares, los fantasmas enfilamos delante de la muchedumbre, observando la marcha de una columna integrada por infantes, caballería y artilleros. El gobierno virreinal había quedado disuelto. Vi a Iturbide caminar hasta catedral, el poder clerical de la nueva España y la codicia de Agustín de Iturbide crearían el primer imperio mexicano. Pero el destino de la monarquía, al igual que sus soberanos, es bastante voluble y el imperio se terminó.


Por este suelo avanzó Juárez tras su victoria sobre el segundo imperio de México. A un mes del juicio y fusilamiento de Maximiliano, la república volvió a palacio nacional ostentando la huida del ejército Francés. Así Madero y yo vimos erguirse a los dos imperios de México en medio siglo, solo para morir ahogados en sus propias cruzadas nefastas.


Cien años después del inicio de la trifulca orquestada por la insurrección de Hidalgo, otro golpe de estado se gestó para dar fin a la dictadura porfiriana. Para celebrar, Francisco I. Madero pasó junto a su comitiva por la calle –sin saber que llevaría su nombre–, en 1913, dos años después, repetiría el trayecto, esta vez iba acompañado de cadetes del colegio militar –logré ver al grupo pasar a acuestas de un ambiente tenso– su marcha era lenta. Al atravesar la plaza de la constitución se alojó por última vez en palacio nacional, entre su gente ya había líneas enteras de traidores que atizaban el terreno para atinar la trastada. Nueve días después de haberle visto por última vez, el presidente había sido asesinado. Dicen que Madero era supersticioso, aficionado ferviente a los misterios del esoterismo. En sesiones sumamente íntimas se esforzaba por invocar espíritus de las llanuras yermas del otro mundo; sin saber que la otra vida estaba ahí, frente a sus narices y que los fantasmas que tan desesperadamente buscaba lo veían a él, atestiguando el esplendor de la revolución y posterior caída de su estandarte.


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En diciembre de aquel año Francisco Villa llegó a la avenida, se acercó a la esquina con San José Real y espero a que sus hombres le trajeran una escalera. En un gesto emotivo, pero apegado a su indisciplina vehemente, trepó hasta la marquesina y colocó un letrero con el nombre del difunto presidente. Normalmente las calles son bautizadas por autoridades calificadas, lo ha sido así en casi todos los casos –según sé– pero ésta calle como la ciudad donde reposa es un suceso increíble


Villa bautizó a una de las arterias hacia el núcleo capitalino como Madero, al bajar la escalera amenazó a los presentes de la única forma en que sabía. Asomo su pistola y por un instante les hizo sentir el plomo atravesando sus corazones. Desde entonces nadie ha desmentido al caudillo, ignoro si fue debido al miedo a la bala o por respeto a la memoria del líder revolucionario. “San Francisco”, “La Profesa” y “Plateros” pasaron al olvido, como los carruajes, algunas leyendas o los discos de las viejas sinfonolas.


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Alder Hugo Corona Amador.

Alder Hugo Corona Amador.


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