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"El pacto suicida" una historia de secretos y fantasmas de la CDMX que quizá no conocías

23 de octubre de 2018

Cultura Colectiva

Descubre una de las historias de fantasmas de la Ciudad de México que no conocías, el pacto suicida de los hermanos Noriega y los secretos oscuros entre ellos.

Texto escrito por: Héctor de Mauleón


No faltó uno solo: todos los periódicos dieron la noticia. Algunos, como El Imparcial, procuraron correr sobre la tragedia de Íñigo Noriega, uno de los hombres más ricos del país, un manto de discreción y respeto. Pero otros, como La Nación, sugirieron sin ambages la naturaleza del pacto que había impulsado a los vástagos de Noriega al suicidio. “Una hija y un hijo de don Íñigo Noriega se suicidaron anoche: nuestros lectores bien saben cuál es la causa de tan execrables determinaciones”.



La noticia apareció el 1º de febrero de 1913 y causó tal impacto en la pequeña y pudorosa ciudad de entonces que, a lo largo de aquel día, hubo un notable hacinamiento de curiosos en la calle de Academia. “Todo México” buscaba los detalles de lo que La Nación había llamado “la tragedia misteriosa y sombría”.


En tiempos de don Porfirio, Íñigo Noriega había recibido una concesión para desecar el lago de Texcoco y otra para tender las vías del ferrocarril que iría de México a Puebla. El emporio de este hombre de industria comprendía propiedades inmensas en Tláhuac, el Valle de Chalco e Iztapalapa. Noriega había financiado, como quien le quita un pelo a un gato, la campaña presidencial de Bernardo Reyes a la presidencia de la República. Odiaba, por tanto, a Francisco I. Madero y a la plebe maderista. Era uno de los promotores más señalados del golpe militar que en menos de una semana desataría la Decena Trágica.


El último día de enero, una noche de viernes, Íñigo Noriega fue a visitar a su amante. Al volver a su domicilio halló una escena pavorosa: su hija Eulalia, de diecisiete años, se hallaba tendida en la cama con un tiro en la cara y otro en el pecho. Su hijo Íñigo, de veintisiete, yacía con la cabeza apoyada en las rodillas de su hermana. Tenía en la mano una pistola y tenía también un par de heridas. Las dos eran mortales.



No había en la habitación rastros de forcejeo. Aquello parecía un pacto suicida: Eulalia se había dejado matar y luego Íñigo se había matado.


¿Cuál era la causa de “tan execrables determinaciones”? El inspector general de policía, Emiliano López Figueroa, el mismo al que el cuartelazo contra Madero iba a sorprender mientras se embriagaba en un cabaret, se trasladó al lugar de los hechos en automóvil. En los bolsillos del joven encontró un reloj de oro que se había detenido a las ocho con dos, la hora del crimen, y una libreta llena de frases incoherentes en las que se alcanzaba a leer: “Escríbele tarjeta al inspector de policía diciéndole...”.


El joven Noriega era un sujeto extraño. El Imparcial afirmaba que había llevado una vida del todo disipada, que le hizo adquirir “una enfermedad bastante peligrosa”. Logró sanar, aunque quedó “en un estado melancólico que a veces llegaba al más desesperado estado hipocondriaco”.



Por alguna razón de la que nadie quería hablar, su padre había decidido sacarlo del país. Íñigo iba a tomar un tren esa misma madrugada. Tenía las maletas listas en el cuarto. A las siete de la noche, su hermana Eulalia, que intentaba convencerlo de la necesidad de aquel viaje —”Vete a Tierra Santa, vete a Egipto, vete a Roma, para que te distraigas”, le escribió—, fue a visitarlo a su habitación. La conferencia duró una hora. Uno de los empleados de la casa escuchó un estruendo seco, “idéntico al que produce la caída de un tablón de madera”. Una prima que estaba de visita en la casa, y pensaba en salir con Eulalia esa noche, escuchó no uno, sino dos estruendos y, al subir por la escalera para ver lo que ocurría, oyó dos estruendos más.


Al abrir la puerta del cuarto, encontró a Íñigo inmóvil, “con los ojos sin vida”. Eulalia aún movía la cabeza y daba pequeños gemidos de dolor. Intentó decir algo, pero no lo consiguió. La prima gritó horrorizada y corrió por los pasillos de la casa.


La noticia tuvo en don Íñigo un efecto demoledor: “¡Devuélvame a mis hijos!”, le gritó al médico Agustín Reza. Luego perdió el habla “y parece que perdió también toda noción de la realidad”.



El sepelio de los hermanos se llevó a cabo en medio de un tumulto del que formaban parte gente del pueblo y altos personajes de la aristocracia. Los ataúdes negros de Íñigo y Eulalia fueron depositados en un elegante carro fúnebre de la Compañía de Trenes Eléctricos. La prensa y su manía por el detalle: hubo un reportero que reloj en mano afirmó que el cortejo tardó tres horas en salir de la atestada calle de Academia.


Al día siguiente, la servidumbre de la casa halló entre las macetas del corredor una carta firmada por el joven Íñigo. Era “como el relato incoherente de un loco”. De aquellas líneas delirantes se logró entresacar que se había dado muerte para evitar un “destierro” que lo obligaba a dejar a su hermana, “a quien tanto quería sola y sin su amparo”.


“La imaginación popular ha encontrado algo muy horrible que ahora enlaza con tintes de leyenda”, señaló El Imparcial.


Nadie se atrevió a decir la palabra en la que todos estaban pensando.



Seis días más tarde, la madrugada del 9 de febrero, don Íñigo Noriega salió de su residencia y se dirigió a Santiago Tlatelolco, donde se habían dado cita Félix Díaz, Manuel Mondragón y otros militares que iban a sumarse al cuartelazo. Noriega llevaba la cajuela del coche repleta de armas, y llevaba también dos fantasmas ensangrentados: los iba cargando en la espalda.


Si quieres saber más historias de la Ciudad de México que seguramente no conocías, las encuentras en La ciudad oculta, un libro de Héctor de Mauleón, editado por Planeta. En este primer tomo se narran 500 años de historia desconocidas acompañadas por fotografías de las época para revelar personajes y secretos de la imponente Ciudad de México. Entre sus páginas podrás encontrar historias como: El embalsamamiento de Maximiliano, Del olor a la ciudad de México, Gabriel Figueroa, el desconocido; Las momias de Santo Domingo y La calle de las boticas.


Si te gusta la historia pero no soportas los textos aburridos, La ciudad oculta se convertirá en uno de tus libros favoritos.


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TAGS: historia de méxico literatura crowdsourcing
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