Letras

Historias relajantes que puedes leer antes de irte a dormir

Letras Historias relajantes que puedes leer antes de irte a dormir

No hay nada mejor para antes de ir a la cama de una historia relajante para dormir

Pesadillas nocturnas, e insomnio son algunos de los motivos por los que algunas veces los niños son incapaces de conciliar el sueño, y aunque existen diversos remedios caseros es importante que los ayudemos a tener mejores y más profundos sueños. Aquí te dejamos algunas historias relajantes para dormir que puedes leer al lado de tus hijos, y al mismo tiempo fomentar su gusto por la lectura.


LEE: Por qué los sonidos binaurales se podrían convertir en el mejor aliado de tu cerebro

Historias relajantes que puedes leer antes de irte a dormir  1

El gran sapo 

El gran sapo vio a un topo y le dijo:
“Ha caído una piedrecita al estanque, pero yo no he visto a ningún animal ni a ningún ser humano por aquí cerca. He mirado hacia arriba y tampoco había ningún pájaro. ¿De dónde habrá salido la piedra?”.
“¡Se trata de un gran misterio”, le dijo el topo y corrió hacia el bosque en busca de su íntima amiga la liebre.
“¡Eh, liebre!”, le dijo cuando la vio. “Una gran piedra ha caído en el estanque y parece que la tiró Pitú, el tucán que está invisible durante diez meses al año”.
La liebre se atemorizó un poco: la presencia de Pitú siempre era un presagio de desgracias. Corrió, como sólo lo puede hacer una liebre, hacia la casa de su gran amigo el puerco espín y le dijo:
“Estamos en un serio peligro. ¡Pitú, el tucán invisible, ha manifestado claramente la intención de destruirnos tirando una enorme piedra en el estanque!”.
El puerco espín se quedó aterrorizado y, empujado por el miedo, se dirigió rápidamente a casa de su amigo el búho que, como era de día, estaba durmiendo.
“¡Gufo, despiértate!”, chilló el puerco espín una vez que había llegado cerca de la rama en la que el pájaro había construido su refugio.
“El cruel tucán Pitú ha tirado una roca en el estanque, con la clara intención de matar al sapo. ¡El mensaje es evidente: después de la muerte del sapo, nos tocará a nosotros!”.
El búho empezó a volar de una forma desordenada, asustadísimo. Después, corrió a casa del lirón, avisó al tejón y también a la gacela, y a todos ellos les dijo:
“El sanguinario tucán Pitú ha matado al sapo catapultándolo bajo un alud. Ahora, nos tocará a nosotros. Debemos abandonar el bosque”.
Lirón, tejón y gacela esparcieron a su vez la voz: al cabo de poco tiempo, todos los habitantes del bosque eran presas del pánico y se disponían a huir del lugar en el que habían nacido, para evitar la destrucción. Mientras tanto, una alegre cigarra, que estaba bien escondida entre la hierba cerca del estanque, le estaba contando a una hormiga:
“Hoy, he querido dar un escarmiento al sapo. He tirado una piedrecita en el estanque para asustarlo, pero aún no sé si lo he conseguido”.

“Eres una inocente”, le dijo la hormiga. “¡Necesitas algo más para asustar a alguien!”.

Historias relajantes que puedes leer antes de irte a dormir  2

La zorra presumida 

Una pequeña zorra decidió explorar la selva en la que vivía. Se alejó de su casa y empezó a caminar. Junto a la orilla del estanque oyó a un gran sapo que decía: “Preciosa”.

El animal se refería a la mañana resplandeciente, pero la zorra pensó que aquel cumplido iba dirigido a ella. Contenta, prosiguió su camino. En un momento dado, oyó entre las hojas la voz del elefante que decía:
“¡Eres verdaderamente preciosa!”.
El paquidermo le hablaba a su esposa, la elefanta rosa, pero la pequeña zorra no la vio y, por tanto, no dudó, ni siquiera un momento, de que aquel cumplido iba dirigido a ella. Cada vez más engreída por aquellos piropos, prosiguió su camino con la cabeza bien alta. Al cabo de poco tiempo, de debajo de la tierra, se alzó una voz:
“¡Eres magnífica, pero para mí verdaderamente inalcanzable!”.
Quien hablaba era el viejo topo y el objeto de su admiración era la espléndida águila que él, desde sus intricados túneles que cavaba bajo tierra, conseguía atisbar muy mal en el cielo. La pequeña zorra no entendió a quién se refería el topo y, por tanto, se convenció de que también sus palabras se dirigían a ella. Cada vez más presumida, prosiguió su camino, cuando se tropezó con el feroz león, el cual, después de mirarla, le dijo:
“Eres verdaderamente una criatura afortunada. Las estrellas velan por ti. Acabo de pegarme un festín y no tengo hambre. Por tanto, te perdono la vida. ¡Corre, vete, antes de que me arrepienta!”.
Entonces, la pequeña zorra estalló literalmente de orgullo. Se sentía una criatura especial: de extraordinaria belleza, además de besada por la fortuna. Se paró delante de un arroyo para mirar su reflejo en el agua y saborear con tranquilidad sus triunfos. Sin embargo, un pez sacó la cabeza del agua y le dijo:
“Tienes el hocico puntiagudo y los ojos demasiado cerca. ¡Eres horrible y muy fea!”.
La pequeña zorra lo miró con desprecio y pensó inmediatamente que el comentario poco halagador del pez se debía a una gran envidia. Por tanto, aún se sintió más bella y se alejó con un aire, si es posible, más arrogante.


ARTÍCULOS RELACIONADOS: Cómo cambia tu cerebro al hablar dos o más idiomas

Historias relajantes que puedes leer antes de irte a dormir  3

Ricitos de oro y los tres osos

Había una vez una casita en el bosque en la que vivían papá oso, que era grande y fuerte; mamá osa, que era dulce y redonda; y el pequeño bebé oso.
Todas las mañanas mamá osa preparaba con cariño el desayuno de los tres. Un gran bol de avena para papá oso, otro mediano para ella y un bol pequeñito para el bebé oso. Antes de desayunar salían los tres juntos a dar un paseo por el bosque.
Un día, durante ese paseo llegó una niña hasta la casa de los tres osos. Estaba recogiendo juncos en el bosque pero se había adentrado un poco más de la cuenta.
- ¡Pero qué casa tan bonita! ¿Quién vivirá en ella? Voy a echar un vistazo
Era una niña rubia con el pelo rizado como el oro y a la que todos llamaban por eso Ricitos de Oro. Como no vio nadie en la casa y la puerta estaba abierta Ricitos decidió entrar.
Lo primero que vio es que había tres sillones en el salón. Se sentó en el más grande de todos, el de papá oso, pero lo encontró muy duro y no le gustó. Se sentó en el mediano, el de mamá osa, pero le pareció demasiado mullido; y después se sentó después en la mecedora del bebé oso. Pero aunque era de su tamaño, no tuvo cuidado y la rompió.
Rápidamente salió de ahí y fue entonces cuando entró en la cocina y se encontró con los tres boles de avena.
- ¡Mmmm que bien huele!
Decidió probar un poquito del más grande, el de papá oso. Pero estaba demasiado caliente y se quemó. Probó del mediano, el de mamá osa, pero lo encontró demasiado salado y tampoco le gustó. De modo que decidió probar el más pequeño de todos.
-¡Qué rico! Está muy dulce, como a mi me gusta.
Así que Ricitos de oro se lo comió todo entero. Cuando acabó le entró sueño y decidió dormir la siesta. En el piso de arriba encontró una habitación con tres camas. Trató de subirse a la más grande, pero no llegaba porque era la cama de papá oso. Probó entonces la cama de mamá osa, pero la encontró demasiado mullida así que acabó por acostarse en la cama de bebé oso, que era de su tamaño y allí se quedó plácidamente dormida.
Entonces llegaron los tres osos de su paseo y rápidamente se dieron cuenta de que alguien había entrado en su casa.
- ¡Alguien se ha sentado en mi sillón! - gritó papá oso enfadado
- En el mío también - dijo mamá osa con voz dulce

- Y alguien ha roto mi mecedora - dijo bebé oso muy triste
Entraron en la cocina y vieron lo que había pasado con su desayuno.
- ¡Alguien ha probado mi desayuno! - gritó papá oso enfadado
- Parece que el mío también - dijo mamá osa dijo mamá osa con voz dulce
- Y alguien se ha comido el mío - dijo bebé oso llorando
De repente el bebé oso miró hacia la habitación y descubrió a su invitada.
- ¡Mirad! ¡Hay una niña en mi cama!
Justo en ese instante Ricitos de oro se despertó y al ver a los tres osos delante de ella saltó de la cama y echó a correr lo más rápido que pudieron sus pies hasta llegar a su casa, dejando atrás incluso sus zapatos.

Historias relajantes que puedes leer antes de irte a dormir  4

Ratoncito Pérez

Pepito Pérez era un pequeño ratoncito de ciudad. Vivía con su familia en un agujerito de la pared de un edificio. El agujero no era muy grande pero era muy cómodo, y allí no les faltaba la comida. Vivían junto a una panadería, por las noches él y su padre iban a coger harina y todo lo que encontraban para comer.
Un día Pepito escuchó un gran alboroto en el piso de arriba. Y como ratón curioso que era trepó y trepó por las cañerías hasta llegar a la primera planta. Allí vio un montón de aparatos, sillones, flores, cuadros..., parecía que alguien se iba a instalar allí.
Al día siguiente Pepito volvió a subir a ver qué era todo aquello, y descubrió algo que le gustó muchísimo. En el piso de arriba habían puesto una clínica dental.

A partir de entonces todos los días subía a mirar todo lo que hacía el doctor José Mª. Miraba y aprendía, volvía a mirar y apuntaba todo lo que podía en una pequeña libreta de cartón.
Después practicaba con su familia lo que sabía. A su madre le limpió muy bien los dientes, a su hermanita le curó un dolor de muelas con un poquito de medicina... Y así fue como el ratoncito Pérez se fue haciendo famoso.
Venían ratones de todas partes para que los curara. Ratones de campo con una bolsita llena de comida para él, ratones de ciudad con sombrero y bastón, ratones pequeños, grandes, gordos, flacos... Todos querían que el ratoncito Pérez les arreglara la boca.
Pero entonces empezaron a venir ratones ancianos con un problema más grande. No tenían dientes y querían comer turrón, nueces, almendras, y todo lo que no podían comer desde que eran jóvenes. El ratoncito Pérez pensó y pensó cómo podía ayudar a estos ratones que confiaban en él.
Y, como casi siempre que tenía una duda, subió a la clínica dental a mirar. Allí vio como el doctor José Mª le ponía unos dientes estupendos a un anciano. Esos dientes no eran de personas, los hacían en una gran fábrica para los dentistas. Pero esos dientes, eran enormes y no le servían a él para nada.
Entonces, cuando ya se iba a ir a su casa sin encontrar la solución, apareció en la clínica un niño con su mamá. El niño quería que el doctor le quitara un diente de leche para que le saliera rápido el diente fuerte y grande.
El doctor se lo quitó y se lo dio de recuerdo. El ratoncito Pérez encontró la solución: 'Iré a la casa de ese niño y le compraré el diente', pensó. Lo siguió por toda la ciudad y cuando por fin llegó a la casa, se encontró con un enorme gato y no pudo entrar.
El ratoncito Pérez se esperó a que todos se durmieran y entonces entró a la habitación del niño. El niño se había dormido mirando y mirando su diente, y lo había puesto debajo de su almohada.
Al pobre ratoncito Pérez le costó mucho encontrar el diente, pero al fin lo encontró y le dejó al niño un bonito regalo. A la mañana siguiente el niño vio el regalo y se puso contentísimo y se lo contó a todos sus amigos del colegio.
Y a partir de ese día, todos los niños dejan sus dientes de leche debajo de la almohada. Y el ratoncito Pérez los recoge y les deja a cambio un bonito regalo. Y colorín colorado este cuento se ha acabado.

Historias relajantes que puedes leer antes de irte a dormir  5

El traje nuevo del Emperador

Hace muchos años vivía un Emperador que gastaba todas sus rentas en lucir siempre trajes nuevos. Tenía un traje para cada ocasión y hora de día. La ciudad en que vivía el Emperador era muy movida y alegre. Todos los días llegaban tejedores de todas las partes del mundo para tejer los trajes más maravillosos para el Emperador.
Un día se presentaron dos bandidos que se hacían pasar por tejedores, asegurando tejer las telas más hermosas, con colores y dibujos originales. El Emperador quedó fascinado e inmediatamente entregó a los dos bandidos un buen adelanto en metálico para que se pusieran manos a la obra cuanto antes.
Los ladrones montaron un telar y simularon que trabajaban. Y mientras tanto, se suministraban de las sedas más finas y del oro de mejor calidad. Pero el Emperador, ansioso por ver las telas, envió al viejo y digno ministro a la sala ocupada por los dos supuestos tejedores. Al entrar en el cuarto, el ministro se llevó un buen susto '¡Dios nos ampare! ¡Pero si no veo nada!'

Pero no soltó palabra. Los dos bandidos le rogaron que se acercase y le preguntaron si no encontraba magníficos los colores y los dibujos. Le señalaban el telar vacío y el pobre hombre seguía con los ojos desencajados, sin ver nada. Pero los bandidos insistían: '¿No dices nada del tejido?'
El hombre, asustado, acabó por decir que le parecía todo muy bonito, maravilloso y que diría al Emperador que le había gustado todo. Y así lo hizo. Los estafadores pidieron más dinero, más oro y se lo concedieron. Poco después, el Emperador envió a otro ministro para inspeccionar el trabajo de los dos bandidos. Y le ocurrió lo mismo que al primero.
Pero salió igual de convencido de que había algo, de que el trabajo era formidable. El Emperador quiso ver la maravilla con sus propios ojos. Seguido por su comitiva, se encaminó a la casa de los estafadores. Al entrar no vio nada. Los bandidos le preguntaron sobre el admirable trabajo y el Emperador pensó:
'¡Cómo! Yo no veo nada. Eso es terrible. ¿Seré tonto o acaso no sirvo para emperador? Sería espantoso'. Con miedo de perder su cargo, el emperador dijo:
- Oh, sí, es muy bonita. Me gusta mucho. La apruebo. Todos los de su séquito le miraban y miraban. Y no entendían al Emperador que no se cansaba de lanzar elogios a los trajes y a las telas.
Y se propuso a estrenar los vestidos en la próxima procesión. El Emperador condecoró a cada uno de los bribones y los nombró tejedores imperiales. Sin ver nada, el Emperador probó los trajes, delante del espejo. Los probó y los reprobó, sin ver nada de nada. Y todos exclamaban: - ¡Qué bien le sienta! ¡Es un traje precioso!
Fuera, la procesión lo esperaba. Y el Emperador salió y desfiló por las calles del pueblo sin llevar ningún traje. Nadie permitía que los demás se diesen cuenta de que nada veía, para no ser tenido por incapaz o por estúpido, hasta que exclamó de pronto un niño:
- ¡Pero si no lleva nada!
- ¡Dios bendito, escuchen la voz de la inocencia!, dijo su padre; y todo el mundo se fue repitiendo al oído lo que acababa de decir el pequeño.
- ¡No lleva nada; es un chiquillo el que dice que no lleva nada!
- ¡Pero si no lleva nada!, gritó, al fin, el pueblo entero.
Aquello inquietó al Emperador, pues sospechaba que el pueblo tenía razón; mas pensó: 'Hay que aguantar hasta el fin'. Y siguió más altivo que antes; y los ayudas de cámara continuaron sosteniendo la inexistente cola.


TE PODRÍA INTERESAR:

10 poemas de América latina que te harán volver a creer en el amor

Música relajante que te ayudará a controlar la ansiedad