Te tocaba los senos como si quisiera acariciarte el alma

miércoles, 17 de mayo de 2017 16:59

|Chizo



Como todo en la vida, el erotismo se aprende. Siempre recordamos a las personas que nos dieron esas primeras lecciones en la intimidad, algunas eran guías y otras tantas caminaban en la oscuridad tomadas de nuestra mano.

En el siguiente cuento de Chizo, el protagonista recuerda sus lecciones sobre cómo tocar los pechos de una mujer y sentir su alma. 


sexo pareja intimidad


Ambidiestro de boca, así lo hizo sentir esa tarde después de contarle los pezones con la lengua. Dos. Muy ufano se incorporó y dijo: “dos”. Ella sonrío y lo reconvino a seguir explorando. La chica no pasaba los dieciséis, él rozaba los trece. Aún no sabía bien a bien cómo había llegado a tan exquisito manjar; tenía recuerdos vagos de su época de crianza, pero eran otros tiempos y otros menesteres, se decía.

Pasaba la yema de sus dedos por la suavidad de la parte más grasa, los sopesaba con toda la mano, les dibujaba círculos alrededor de la areola, como crayola que sigue el camino de la línea punteada en uno de esos cuadernos para colorear. Frotaba esos dos botones rosados con sus dedos hasta sonrojarlos, como si les dijera un piropo a puro tacto. Luego, en un acto de ansiedad los apretujaba como amasijos, como esponjas llenas de néctar. Ella lo calmaba con un beso cerrado y le templaba la temperatura. Él, con la boca seca, intentaba pasar saliva y garraspaba.

Volvía a su tarea, exploraba y se confinaba en esa firmeza que sus manos habían provocado, esos dos pequeños montículos de terminaciones nerviosas que parecían hipnotizarle las papilas gustativas para ponerle la lengua caliente. Y era así que posaba suavemente los dientes y pellizcaba de a poco, dejando balancear en esa línea tenue al dolor y al placer.

“Regresa mañana y continuamos”, le decía ella. Y él regresaba.

Desde entonces hicieron un pacto sin proponérselo. Ella le prestaba el seno izquierdo todos los días a cambio de que él de tanto hurgar le encontrara el corazón.


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