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LETRAS

Poemas cortos de José Zorrilla que debes conocer

José Zorrilla escribió versos, sonetos y poemas de gran extensión. Pero hay algunos que no son tan largos y que debes leer, pues son tan variados como interesantes.

José Zorrilla es recordado por ser el autor de la obra teatral Don Juan Tenorio, que le valió un gran reconocimiento en la época en que vivió y todavía después. Nació en Valladolid, España, el 21 de febrero de 1817 y murió en Madrid, el 23 de enero de 1893. Residió en varios países europeos pero también vivió un tiempo en México, durante el imperio de Maximiliano. 

Zorrilla no sólo escribió obras de teatro. También escribió cuentos y poemas y sus letras quedaron inscritas dentro del Romanticismo, como un clásico de la literatura española. Estos son algunos poemas cortos de José Zorrilla:

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Con el hirviente resoplido

Con el hirviente resoplido moja

el ronco toro la tostada arena,

la vista en el jinete ata y serena,

ancho espacio buscando el asta roja.

Su arranque audaz a recibir se arroja,

pálida de valor la faz morena,

e hincha en la frente la robusta vena

el picador, a quien el tiempo enoja.

Duda la fiera, el español la llama;

sacude el toro la enastada frente,

la tierra escarba, sopla y desparrama;

le obliga el hombre, parte de repente,

y herido en la cerviz, húyele y brama,

y en grito universal rompe la gente.

Poema A la Memoria Desgraciada del Joven Literato D. Mariano José de Larra

Ese vago clamor que rasga el viento

es la voz funeral de una campana;

vano remedo del postrer lamento

de un cadáver sombrío y macilento

que en sucio polvo dormirá mañana.

Acabó su misión sobre la tierra,

y dejó su existencia carcomida,

como una virgen al placer perdida

cuelga el profano velo en el altar.

Miró en el tiempo el porvenir vacío,

vacío ya de ensueños y de gloria,

y se entregó a ese sueño sin memoria,

¡que nos lleva a otro mundo a despertar!

Era una flor que marchitó el estío,

era una fuente que agotó el verano:

ya no se siente su murmullo vano,

ya está quemado el tallo de la flor.

Todavía su aroma se percibe,

y ese verde color de la llanura,

ese manto de yerba y de frescura

hijos son del arroyo creador.

Que el poeta, en su misión

sobre la tierra que habita,

es una planta maldita

con frutos de bendición.

Duerme en paz en la tumba solitaria

donde no llegue a tu cegado oído

más que la triste y funeral plegaria

que otro poeta cantará por ti.

Ésta será una ofrenda de cariño

más grata, sí, que la oración de un hombre,

pura como la lágrima de un niño,

¡memoria del poeta que perdí!

Si existe un remoto cielo

de los poetas mansión,

y sólo le queda al suelo

ese retrato de hielo,

fetidez y corrupción;

¡digno presente por cierto

se deja a la amarga vida!

¡Abandonar un desierto

y darle a la despedida

la fea prenda de un muerto!

*

Poeta, si en el no ser

hay un recuerdo de ayer,

una vida como aquí

detrás de ese firmamento...

conságrame un pensamiento

como el que tengo de ti.

Monumento a Zorrilla en su natal Valladolid.TE PUEDE INTERESAR: Poemas de Manuel Acuña que debes conocer

Cristo legislador

Cristo, legislador, no escribió nada;

ni papiro dejó ni un pergamino:

quedó tras Él su espíritu divino,

su fe con su memoria inmaculada.

Cristo, rey, no empuñó cetro ni espada;

en el polvo sembró de su camino

de su fe la semilla; a su destino

dejándola y al tiempo encomendada.

Germen de amor, de paz, de fe y cariño,

culto del alma, religión interna,

de fausto exenta y de mundano aliño,

la propagó el amor, la amistad tierna,

la fe del pobre, la mujer y el niño:

y por eso es veraz, única, eterna.

A España Artística

¡Torpe, mezquina y miserable España,

Cuyo suelo, alfombrado de memorias,

Se va sorbiendo de sus propias glorias

Lo poco que ha de cada ilustre hazaña:

Traidor y amigo sin pudor te engaña,

Se compran tus tesoros con escorias,

Tus monumentos ¡ay! y tus historias,

Vendidos llevan a la tierra extraña.

¡Maldita seas, patria de valientes,

Que por premio te das a quien más pueda

Por no mover los brazos indolentes!

¡Sí, venid ¡voto a Dios! por lo que queda,

Extranjeros rapaces, que insolentes

Habéis hecho de España una almoneda!

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En el álbum

No sé si por el valle de la vida

Cruzaré, fatigado peregrino,

Acabando cual flor que consumida,

Se seca entre los brezos de un camino.

No sé si en pos de inspiración ardiente,

Rico y sediento el corazón de gloria,

Lo cruzaré cual rápido torrente,

Rastro dejando de inmortal memoria.

Mas ya ruede cual hoja que arrebata

Sonante y revoltoso torbellino,

Ya baje como excelsa catarata,

Ufano con mi espléndido destino,

Cuando al borde de tumba solitaria

Desparrame mis pobres pensamientos,

De mustias flores muchedumbre varia,

Secas entre mis últimos alientos,

Fiad, señora, que en tan triste lecho,

Siempre leal y generoso amigo,

Al ocupar mi cabezal estrecho,

Vuestra memoria dormirá conmigo.

Coronación del poeta en Granada, el 22 de junio de 1889 / La Ilustración Española y Americana

Oriental 

Dueña de la negra toca,

la del morado monjil,

por un beso de tu boca

diera a Granada Boabdil.

Diera la lanza mejor

del Zenete más bizarro,

y con su fresco verdor

toda una orilla del Darro.

Diera la fiesta de toros,

y si fueran en sus manos,

con la zambra de los moros

el valor de los cristianos.

Diera alfombras orientales,

y armaduras y pebetes,

y diera... ¡que tanto vales!,

hasta cuarenta jinetes.

Porque tus ojos son bellos,

porque la luz de la aurora

sube al Oriente desde ellos,

y el mundo su lumbre dora.

Tus labios son un rubí,

partido por gala en dos...

Le arrancaron para ti

de la corona de Dios.

De tus labios, la sonrisa,

la paz de tu lengua mana...

leve, aérea, como brisa

de purpurina mañana.

¡Oh, qué hermosa nazarena

para un harén oriental,

suelta la negra melena

sobre el cuello de cristal,

en lecho de terciopelo,

entre una nube de aroma,

y envuelta en el blanco velo

de las hijas de Mahoma!

Ven a Córdoba, cristiana,

sultana serás allí,

y el sultán será, ¡oh sultana!,

un esclavo para ti.

Te dará tanta riqueza,

tanta gala tunecina,

que ha de juzgar tu belleza

para pagarle, mezquina.

Dueña de la negra toca,

por un beso de tu boca

diera un reino Boabdil;

y yo por ello, cristiana,

te diera de buena gana

mil cielos, si fueran mil.

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Aparta de tus ojos la nube perfumada...

Aparta de tus ojos la nube perfumada

que el resplandor nos vela que tu semblante da,

y tiéndenos, María, tu maternal mirada,

donde la paz, la vida y el páramo está.

Tú, bálsamo de mirra; Tú, cáliz de pureza;

Tú, flor de paraíso y de los astros luz,

escudo sé y amparo de la mortal flaqueza

por la Divina Sangre del que murió en la Cruz.

Tú eres, oh María!, un faro de esperanza

que brilla de la vida junto al revuelto mar,

y hacia tu luz bendita desfallecido avanza

el náufrago que anhela en el Edén tocar.

Impela, oh Madre augusta!, tu soplo soberano

la destrozada vela de mi infeliz batel;

enséñale su rumbo con compasiva mano,

no dejes que se pierda mi corazón en él.

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¡Ay del triste!

¡Ay del triste que consume 

su existencia en esperar! 

¡Ay del triste que presume 

que el duelo con que él se abrume 

al ausente ha de pesar! 

La esperanza es de los cielos 

precioso y funesto don, 

pues los amantes desvelos 

cambian la esperanza en celos. 

que abrasan el corazón. 

Si es cierto lo que se espera, 

es un consuelo en verdad; 

pero siendo una quimera, 

en tan frágil realidad 

quien espera desespera.

A un torreón

Gigante sombrío, baldón de Castilla,

Castillo sin torres, ni almenas, ni puente,

Por cuyos salones, en vez de tu gente,

Reptiles arrastran su piel amarilla,

Dime: ¿qué se hicieron tus nobles señores,

Tus ricos tapices de sedas y flores;

Tu gente de guerra, tus cien trovadores

Que alzaron ufanos triunfante canción?

Tú estás en el valle cadáver podrido,

Guerrero humillado que el tiempo ha rendido,

Tu historia y tu nombre yaciendo en olvido;

El mundo no sabe que existe Muñón.

Tus pardas ruinas me son de tormento;

Con negros recuerdos corroen mi alma...

¡Tú estás en mi mente, maldecida palma,

Quemada del rayo, batida del viento!

Yo, errante poeta proscrito en el mundo,

Tal vez en el polvo de féretro inmundo,

Sin nombre, sin gloria, para siempre hundo

Mi frente, abrasada de inútil sudor,

¡Por ti, resto infame, fantasma de duelo,

Morada maldita de un ángel del cielo

Que amé y me robaron! ... ¡Maldito tu suelo,

Maldito tu nombre..., maldito mi amor!

Quédate, sí, en esa altura

A la vergüenza del llano,

Castillo sin castellano,

Matrona sin hermosura.

De ti el tiempo se rió,

Tus torres se derribaron,

Tus vasallos te ultrajaron,

Tu señor te abandonó.

Quédate, negro esqueleto,

De fértil vega mancilla,

A esa ermita de Castilla

Sin sacerdote, sujeto.

Sin pendones que ondear,

Sin blasones a la entrada,

Tu bóveda agujereada

No has podido sustentar.

Sin un eco en los salones,

Sin un soldado en el muro,

Hoy crece el arbusto impuro

Al pie de tus torreones.

Señor muerto en tierra ajena,

Olvidado de tu gente,

A pedazos, de tu frente

Roba el viento tu melena.

Y pasa a tus pies el hombre

Sin buscarte en su memoria,

Porque no leyó tu historia

Ni se acuerda de tu nombre.

Tú tienes uno, que en aciago día

En tu gastada piedra escribí yo,

Y el nombre de otro y la vergüenza mía

Con la tuya quedó.

Cuando mi labio le nombró, mentía;

Cuando mi mano le grabó, mintió;

Hoy... ya no existe; en su carrera impía

El tiempo le arrastró

Y ese nombre celestial

Que el tiempo devoró al fin,

Una mujer, por mi mal,

Le arrebató a un serafín;

El huracán de la vida

Sólo dejó ¡oh mi querida!

Para mi eterno tormento,

En prenda de maldición,

Tu nombre en mi pensamiento,

Tu amor en mi corazón.

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