La búsqueda del amor sólo nos deja soledad y vacío

miércoles, 1 de marzo de 2017 11:16

|Guadalupe Gonzalez


Todas las decisiones que tomamos son nuestra responsabilidad, pero cuando se trata del amor, solemos elegir las que no nos convienen:



El reloj marcaba las tres con siete minutos de la madrugada, el cuerpo de Julián tirado a un lado del sillón parecía tener algunas horas ahí. Había botellas de alcohol, los ceniceros llenos de colillas y vidrios rotos en toda la habitación. Lo que ahí se veía estaba muy lejos de ser una escena perfecta para una historia de amor; sin embargo, lo era.

Julián tenía 33 años, era poeta y trabajaba algunas horas como profesor en una universidad privada. Había estudiado Filosofía y Letras, un par de maestrías en la misma materia y le gustaba mucho tocar la guitarra por las noches. Era alcohólico y un fiel seguidor del amor inoportuno, o, peor aún, de aquellos amores que están destinados a no ser. Una tarde en la cafetería de la universidad conoció a Daniela, una chica de 23 años, estudiante de Psicología, enfocada en todo lo que hacía menos en su matrimonio.

Daniela y Julián solían pasar mucho tiempo juntos. Él, con el pretexto de su afección por el alcohol, solía refugiarse en la desdicha que ella sentía por estar viviendo con un hombre al que no sabía cómo sacar de su vida. Ambos encontraron en el otro el refugio perfecto para salir de su realidad y enfrascarse en una que si bien no era la mejor, sí era la que los hacía sentir vivos.


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Daniela lo buscaba después de clases en el departamento de él. A su esposo le mentía diciendo que estudiaba horas extras para apoyar a un grupo de jóvenes con problemas de adicción. Julián, por su parte, solo tenía que evadir a sus colegas y amigos para que en aquellas horas, sólo existieran los dos bajo la sombra de las cuatro paredes de su habitación. Cuando caía la noche y ella tenía que irse, Julián se refugiaba en su botella de whisky hasta perder la noción de sí mismo. El dolor de imaginarla con su esposo era algo que no había aprendido a superar.

Una tarde, mientras él salía de su departamento para comprar cervezas, decidió caminar por el parque de la colonia donde ella vivía. Tenía la intención de verla, y aunque sabía que la posibilidad de verla junto a su esposo era casi un hecho, emprendió la aventura con la única certeza de saberla cerca. No pasaron más de diez minutos cuando, a lo lejos, pudo escuchar su risa; esa risa que lo hacía estremecer. Entonces giró la cabeza para buscarla lo más rápido que pudo y la localizó, caminando de la mano de Javier, su esposo. Julián no pudo evitar sentir esa rabia, podía ver la felicidad de ella a través de los árboles, podía escuchar su risa y supo, entonces, que ella no era tan infeliz a lado de Javier.

Regresó a su departamento con ganas de no saber más de ella, bebió desconsoladamente y la llamó. Daniela, al contestar el teléfono, supo que algo no estaba bien con él. Le inventó una mentira a a su esposo y salió directo al departamento donde solía encontrar el refugio que ella se había creado. Cuando entró, vio a Julián sentado en la mesa con muchas botellas alrededor, el humo de los cigarros le picaban los ojos y el olor que despedía ese espacio era deplorable. Se acercó hasta donde estaba él con la intención de averiguar qué estaba pasando.


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Julián había llorado algunas horas, estaba muy ebrio, así que tomó a Daniela del brazo y la empujó al piso, después de un sólo paso, llegó hasta el otro lado de ella y con toda la rabia que llevaba dentro, intentó golpearla con el puño derecho. Daniela se levantó y trató de tirarlo al piso, entonces comenzó una batalla campal: él trataba de saciar sus celos a golpes y ella quería defenderse de aquel hombre que parecía su verdugo. Daniela aventó todo lo que veía a su paso y salió corriendo, no sin antes jurarle que sería la última vez que volvería. Cerró la puerta de un azotón y bajó las escaleras tan rápido que, en el penúltimo escalón, se cayó. Lloró intensamente y secándose las lágrimas que sus mejillas se negaban a soltar, caminó hasta la calle tomó, un taxi y se fue.

Julián no soportaba el dolor que sentía en el corazón; Daniela era la mujer por la que hubiera dejado todo, estaba enamorado de su cuerpo y de toda esa combinación de problemas y frustraciones que siempre arrastraba. Sabía que ella no volvería por el simple hecho de que aquella discusión estaba marcada por la violencia física. Fue entonces cuando decidió tomar todas las pastillas para dormir que tenía en el frasco, acompañadas de una gran dosis de whisky y cerveza. Después de un par de horas, Julián murió.

Daniela no volvió a la universidad, permaneció casada y se mudó de ciudad. Quizá nunca supo que por su amor un hombre murió, tal vez no se imaginó que buscó el amor cuando éste la había encontrado a ella, probablemente volverá a buscar otro cuerpo que la haga sentir alejada de sus decisiones; o lo que es peor, se dará cuenta que Julián era su verdadero amor.


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Cuando nos aferramos a personas que no nos corresponden de la misma forma, esto nos suele decepcionar, entonces nos hacemos ideas erróneas de cómo debería ser el amor, pero, ¿por qué aferrarse a quien no nos quiere? Lee más aquí.

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Las fotografías que acompañan al texto pertenecen a Drew Wilson.

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