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La defensa en La Sierra Gorda

Letras La defensa en La Sierra Gorda

 

 

 

1)   El Inicio

 

Tras el primer latigazo cayó el segundo, y el tercero, y el cuarto... Al quinto azote la fuerte piel bronceada se cubrió de puntos rosados que dejaban caer la sangre en hilillos. El sexto y último golpe hizo que el hombre, cayendo al suelo, soltara un fuerte gemido que se asemejaba al de un gran animal.

 

Tirado en la tierra con su estremecida y ensangrentada carne al descubierto, sin alguna señal de vida, el prisionero parecía estar muerto hasta que el coronel se acercó para darle un puntapié en las costillas, obligándolo a emitir un segundo gemido provocado por el dolor.

 

Antes de que acabara su grito, el general Carlos Ignacio Mora, que años atrás había estado a favor de la democracia siendo partidario de la Revolución Mexicana, desenfundó su pistola y apuntó directamente al cráneo de la víctima.

 

El prisionero alzó ligeramente la cabeza para encontrarse con el reflejo del sol proyectado por una insignia de plata situada en el pecho de Mora, limitando gran parte de su visibilidad. Mora jaló rápidamente el gatillo del revólver, el sonido fue seco e instantáneo, pero certero. La bala le quitó la vida de un sólo tajo, fue cuestión de instantes.

 

Tranquilamente el general guardó la pistola al tiempo que ordenaba la ejecución de otro prisionero y afirmaba, gritando, que continuaran así hasta que uno delatara la posición de los rebeldes que se escondían en la sierra para después alejarse caminando tranquilamente, dando la impresión de que sólo un hombre que sabe dominarse, puede dominar a los otros.

 

Mora ya sabía que era el principio de un suceso que se guardaría sin orgullo en los libros de historia, en los libros nacionales. Todos esperaban un justo mejoramiento pero se conformaban con tener fe; aunque algunos, como Mora, sabían que en México no había tal, sólo una especie de telaraña que no dejaba fluir la información y, por tanto, el avance militar era lento.

 

En fin, mientras se desempeñaba la consolidación de nuevos grupos rebeldes en la región huasteca del La Sierra Gorda de Querétaro, la situación en Michoacán parecía estar peor; una lucha contra grupos bien consolidados, rebeldes cristeros, impedían el avance de las nuevas reformas, provocando un descontento de los líderes políticos que buscaban una reglamentación jurídica entre las relaciones iglesia-estado, creado nuevas reformas en la constitución que establecían una política de intolerancia religiosa.

 

Otro general revolucionario, ahora presidente en turno, buscaba limitar y suprimir la participación de la iglesia en la vida pública, es decir, en el gobierno. Ya a un año de que su ley, conocida entre los ciudadanos como Ley Calles, había entrado en vigor por toda la república,  sin tanto éxito como lo esperado.

 

Él le había mandado una carta directa al coronel Carlos Ignacio Mora, así como a muchos militares de diferentes regiones, donde le explicaba el próximo paso a seguir. Él tendría que subir a la Sierra Madre del Sur donde se estimaba que unos cuantos rebeldes se escondían y debía tomarlos como prisioneros de guerra para después fusilarlos a todos. Pero lo que realmente se buscaba, como objetivo primordial, era tomar preso a uno de los principales líderes católicos.

 

Pensativo en su escritorio, mirando la envoltura del cuadro que todavía conservaba de Porfirio Díaz, el coronel se encuentra envuelto en dudas. Recuerda cuando el mismo general, al que había admirado toda su vida, lo había humillado bajándolo a coronel y al mismo tiempo perdonando su juicio militar, omitiéndolo.

 

Así pasó las noches y Carlos Ignacio Mora se tomó un par de días para preparar su ascenso a la sierra. Colocó a sus hombres en fila y a uno de los prisioneros como guía y carnada. En realidad nunca dejó de cuestionar la fuerza que podían llegar a tener los rebeldes que, a pesar de ser campesinos, se resistían como soldados; pero a pesar de todas esas ideas en su cabeza, siempre permanecía sereno, con un carácter templado. Como resultado de ese dominio, era muy metódico en todos su actos: madrugador, incansable para el trabajo, sobrio en el comer y en el beber, lo cual le permitía ser siempre dueño de sí mismo.

 

2) La Batalla

 

La noche antes de que ascendieran a la sierra, fue una noche de lo más triste para Jesús Aguilar, el preso que llevaban como guía y carnada. En las celdas todos callaban con un silencio de murmullos. Jesús seguía sentado allí  delante de todos, desharrapado y hundido; ante él se abría la desnuda y estética tristeza de cuando uno está completamente perdido. Sabía que probablemente no regresaría con vida y quedaría  como un traidor ante los ojos de sus amigos y compañeros de armas contra el régimen del Estado.

 

Le mataban lentamente los murmullos de sus compañeros de celda, su estómago sufría de una ligera náusea que se alojaba en toda su panza y algo en su mente le decía que no tenía ningún caso intentar engañar al coronel Mora, pero de igual manera lo intentaría.

 

A la mañana siguiente, un día tan soleado como los pasados, Jesús Aguilar se encontraba caminando a distancia de los militares que observaban todos sus movimientos cuidadosamente. Empezaba a buscar la manera de llevarlos a un terreno desfavorable donde sus compañeros, refugiados en las montañas, tuvieran alguna oportunidad de defenderse al tiempo de dispersarse por la naturaleza a lo largo de la sierra.

 

Montado en aquel caballo de pelo café, el coronel permanecía fumando un puro. Al contrario de su batallón que ya empezaba a estar nervioso, a tener dudas de la buena realización de la misión, se mantenía firme y disfrutando del camino que le ofrecía una asombrosa belleza acompañada de paisajes maravillosos.

 

De pronto y sin saber de dónde, se escucharon unos cuantos disparos fallidos, tan sólo uno alcanzó a un cadete, situado a la izquierda de Mora, que cayó al suelo muerto. Por supuesto el disparo iba con intención de matar a Carlos Ignacio.

 

En medio de todo esto, el coronel bajó del caballo para resguardarse tras un árbol opuesto a los disparos que ya habían sido detectados por las tropas de Mora, lo hizo con la rapidez que pudo, pues ya estaba grande: con la rapidez de un hombre ágil pero de cincuenta y cuatro años.

 

Curiosamente, pasó por su mente la pregunta de cómo estaría la situación en Colima y Aguascalientes, cómo sería la batalla en otros grandes valles perfectos. ¿Sería acaso como en aquel escenario muy verde que abría ante Mora la esperanza de vida en batalla?

 

Él colocó su rifle en posición, salió en busca de aquel hombre que le había disparado a su compañero y que ya tenía perfectamente ubicado, le disparó un par de tiros; el tercero fue el que dio en su pecho. La posición no era nada favorable por la cantidad de árboles en la zona.

 

La batalla no duró mucho, puesto que los atacantes eran pocos y una pequeña parte había salido huyendo aprovechando que sus compañeros los estaban cubriendo. Uno de los rebeldes había disparado contra el compañero que los había traicionado, contra Aguilar al inicio de los disparos había intentado salir huyendo.  

 

En aquel sitio de humana patria, los hombres estaban sedientos y la muerte presente. Había más bajas de las esperadas y todos los rebeldes estaban muertos. Hoy no habría ni rehenes ni presos; hoy el campamento de Mora estaría de luto y de fiesta. Por los muertos y por la vida de los que todavía respiraban, por el bello octubre mexicano en aquellas tierras de La Sierra Gorda.

 


Referencias: