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La hermética burbuja de la vida

Letras La hermética burbuja de la vida



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¿Nunca volveremos a parar el mundo mientras estamos a miles de kilómetros de aquí?, ¿no más helados de vainilla en la bella Verona?, ¿no más nimiedades cotidianas que no contienen nada de especial, pero que nos daban la vida como la sangre al vampiro?, ¿nunca más volveremos a embellecer rutinas juntos? Pensaba yo tirado en la cama mientras sentía que los días pasaban como el viento sobre una hoja caída en un parque sin niños.

         Nunca he recogido un premio. Me compararon con el que nunca me hubiera gustado parecerme. Me indignaba, y era lo más injusto del mundo para un niño de doce.

         A todos nos da por escribir o crear algo en cierta parte de nuestra vida. Los sentimientos, de un cariz u otro, tienen la culpa. Ahora me quema el teléfono en la mano. Sólo quiero acariciar o tocar, ver la sonrisa que anhelo o la que todavía no he visto.

         Bien, son las doce de la noche; hora fetiche para las odiadas criaturas y para algunos amigos míos. Hoy sólo sé que hace buena noche para pasear. Suena una vieja canción en el estéreo que me da más pie para salir corriendo de mi habitación.

         Bajo las escaleras deprisa, incluso salto de tres en tres los últimos escalones para evitar respirar el olor a anciano del inmueble. Salgo del portal y comienzo a caminar a paso ligero, desacelero y mi mente comienza a funcionar.

         -Todo acabó, y con ello los miedos del pasado que inevitablemente dejan de tener sentido. Todo, menos aquello de seguir buscando mi sitio. Sigo doblando esquinas y empiezo a verme de cuerpo entero; ya no soy traslúcido, y ya no voy al mismo lugar como un perro a su caseta donde sabe que le dan la comida. Voy a otro lugar donde deseo reconocerme, y mientras me dirijo a este sitio, huelo las calles que ahora, en esta época del año, se engalanan de incienso; para mí, que siempre fue una pasta densa de amargo respeto, mas que un aroma de ofrendas. No seré yo quién se limpie los pecados ni mala conciencia en esta santa semana.

         Bueno, me refería a otros olores, sí, esos que cuando acaba el frío suponen una fiesta para el alma y pasan sobre los humos de las empresas donde conviven personas- robot. Aromas que hacen las veces de elixir mágico y que te mantienen a dos cuartas del suelo e impiden que chillen los zapatos con la cera desprendida de los devotos nazarenos. Puedes pensar con lucidez, y se te abre un ángulo panorámico en los ojos. (Como en aquellos montajes fotográficos apaisados de la galería Vittorio Enmanuelle de la ciudad de Milán).

         Sigo el camino con decisión, evito los redobles de tambor y las imágenes de santos que limpian el espíritu de las personas que se derrumban por querer y no poder. Medias naranjas amargas al lado de otra que ya está podrida…; derruidas por no ser uno mismo una sana naranja entera…

         Llegando al final de la Calle Mayor empiezo a subir la parte de entramado laberíntico de la ciudad. Me pierdo de los ruidos y sigo subiendo por el postigo de la estrella, que es un pasaje abovedado del Siglo I. Siempre me ha encantado la luz que cuela allí por la noche.

         Ya estoy al pie de la antigua Alcazaba, que ahora en la oscuridad la imagino como aquel lienzo de Friedrich. Ahora me toca a mi un poco de paz para los sentidos. Sorteo el laberinto de setos mal cortados que huelen deliciosos, y por fin escalo sin fatiga la torre sin restaurar, donde nunca hay nadie, y que visitaba antes de irme de la ciudad (cuando aún no sabía dónde tenía las narices). Ya estoy en lo alto. Respiro y contemplo relajado el “Portal de Belén” lleno de lucecitas anaranjadas. Ahora empiezo a sentir por encima de aquel cuadro cubista que hace un rato era yo tumbado en la cama. No razono y convergen sentimientos e ilusiones que ni me importan que sean ópticas. La brisa me acaricia el rostro, hacia tiempo que no soplaba con esa delicadeza. La cortejo y se convierte en mi amante,  el más íntimo cómplice.

         Pasa la noche y me concentro en pintar el paisaje con los ojos, sintiendo como el peor actor de la historia lo que pudo llegar a sentir ella cuando pintaba. Se perdía en el lienzo, y se fundía en el azul ultramar. Era como si los trazos y contornos de su creación plástica se diluyeran con las venas de sus frágiles muñecas. Ella poseía una exquisita e inalcanzable sensibilidad para crear sin prisas, para amar sin condiciones, y para gozar de orgasmos, que hasta los mismísimos vampiros de Anne Rice envidiarían eternamente.

         Quería tener la mente en blanco pero nunca he creído que se pueda llegar a hacerlo. Siempre se piensa en algo, me lo dijo mi madre antes de los diez. Pero sí, es verdad que la mente se vuelve clara y hasta se secan las cascadas de ideas y se calman los torbellinos de púas afiladas. Ahora sopla la brisa más fresca, el verano está al caer. Ya huele a sexo y por las calles algunos ya se follan con la mirada…

         Me levanto y sacudo la cabeza a un lado y a otro, para conseguir que las luces de la ciudad sean dorados neones (Antes, de parranda, lo conseguía sin sacudírmela).

         Bien, llegados a este punto recojo los tesoros de esta cabecita loca que se han ido desprendiendo por aquí a lo largo de la noche. Bostezo. Mañana será otro día en la ya no tan hermética burbuja de la vida.


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