La importancia del pergamino en “El nombre de la rosa”
Letras

La importancia del pergamino en “El nombre de la rosa”

Avatar of Ulisses Lujan

Por: Ulisses Lujan

21 de agosto, 2015

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21 de agosto, 2015

"Los libros siempre hablan de otros libros y cada historia cuenta una historia que ya se ha contado".

Umberto Eco

El uso del pergamino (pergamina en latín) se remonta al antiguo Egipto, 2 mil años antes de Cristo, pero no es sino hasta los tiempos de la biblioteca de Alejandría y la biblioteca de Pérgamo, que éste adquirió verdadera importancia para la cultura occidental, funcionando como medio para resguardar conocimiento. El pergamino  vino a sustituir al papiro, pues éste ostentaba una mejor calidad para el ejercicio de la escritura; además, poseía mayor resistencia al paso del tiempo, y gracias a ello fue utilizado en gran medida por los frailes copistas de la Edad Media. En estos recopilaron una gran cantidad de versiones de la Biblia, libros iluminados y antiguos, también textos pertenecientes a la tradición anterior: la grecorromana. Si no hubieran existido copistas, es posible que el concepto de literatura fuera  muy distinto al que conocemos actualmente.

El nombre de la rosa

Los pergaminos eran hechos con piel de animales, que podía extraerse de bueyes, borregos, cabras, incluso asnos. El pergamino era la membrana natural por excelencia. A través de sofisticados procesos de degradación y después de estirar la epidermis, se formaban pliegos de papel adecuados para cualquier tipo de escritura. El pergamino después se cortaba y desplegaba de tal manera que, al unir cada una de sus orillas, formaba lo que ahora conocemos como libros. “Durante la Edad Media el pergamino se volvió raro y costoso, por lo que era costumbre en algunos monasterios rascar o lavar el texto anterior y remplazarlo para una nueva escritura”, este método se llamó palimpsesto y fue muy usado en aquella época, según Lois Bréhier.

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La labor de los copistas deviene desde los esplendorosos días del imperio romano, incluso desde la antigua Grecia; pero no fue sino hasta la Edad Media que este santo oficio recayó en la responsabilidad de los mojes de distintas órdenes clericales; ellos eran los únicos que tenían acceso a ciertos libros, tales como las Sagradas Escrituras y los tratados filosóficos. Estos mojes viajaban cientos de kilómetros para llegar a las bibliotecas de las abadías con el objetivo de encontrar textos antiguos y únicos en sus especialidades. Los copiaban letra por letra. A su vez, ellos llevaban otros libros que también eran copiados por un escribano perteneciente al la abadía anfitriona, con el fin de contribuir al acerbo de la biblioteca. Esto es uno de los trueques más curiosos de la cultura occidental, pues se trata de un intercambio de conocimiento, el cual representaba una labor fatigosa.

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“Por las manos de los copistas pasó toda la civilización occidental” asegura Felipe de Azevedo Ramos. Eran hombres muy dedicados, extremadamente responsables, que se concentraban a copiar con exactitud las obras más emblemáticas de la edad antigua, gracias a ellos, actualmente, tenemos acceso a toda la gama de libros que han erigido nuestra cultura. Durante las invasiones bárbaras y los constantes saqueos –después de haber caído Constantinopla–, estos frailes optaron por resguardar todo el conocimiento en monasterios alejados de la civilización. Ahí nació el oficio de copista. Eran lugares de encierro y penurias, pues dichos hombres trabajaban de sol a sol, casi no dormían, escribían hincados, hambrientos, en las condiciones más precarias, soportando los intensos fríos, en la casi oscuridad. Las instituciones más conocidas, dedicadas a este oficio eran: La abadía de Vivarium, los mojes benedictinos de San Benito de Nursia y los monjes irlandeses.

copistas-frailes-edad-media

De esta manera llegamos a la ambientación de la novela de Umberto Eco, El nombre de la rosa, la cual gira entorno a la prohibición de ciertas obras, que ni siquiera a los frailes se les estaba permitido leer. Umberto Eco toma como modelo a la iglesia católica del siglo XIV, que bajo el dogma ocultó el segundo libro de la Poética de Aristóteles, en el que aparentemente se contuvieron tratados acerca de poesía yámbica y comedia griega. La iglesia intercede entre el conocimiento y la libertad del ser humano, valiéndose de métodos siniestros para esconder la verdad. Así, el libro de Aristóteles es envenenado, y todo aquel que lo abra y cambié de página mojándose el dedo, morirá al instante.

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Tanto en la película de Jean Jacques Annaud (1986) y la novela de Umberto Eco de El nombre de la rosa, el personaje de Jorge de Burgos representa la sacra jurisdicción, fanática y conservadora, actitud típica de los clérigos. Este personaje prohibía la lectura de los textos de Aristóteles porque la risa deforma el espíritu humano, es decir: el tratado de comedia significaba para él un texto sacrílego. Umberto Eco asegura que este personaje rinde homenaje a Jorge Luis Borges, quien en la vida real también estuvo ciego y fue un gran erudito, conservador de la tradición literaria, tal y como el personaje de su novela. Burgos y Borges son el mismo misántropo confinado en las mazmorras del entendimiento y el laberinto de la cultura, rodeados de libros y manuscritos.

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En base a un buen argumento, la novela de Eco hace una crítica del mundo erudito en la Edad Media, profundiza en sus libertades y sus restricciones, cerciorándose de que algunas obras universales queden veladas bajo el misterio y la prohibición. Tal es el caso de la Poética de Aristóteles. La llamada lujuria del pensamiento, planteada por primera vez en la obra del filósofo italiano, y que es, en realidad, la tragedia de los copistas medievales.


Referencias: