La lagartija
Letras

La lagartija

Avatar of Serner Mexica

Por: Serner Mexica

31 de marzo, 2016

Letras La lagartija
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31 de marzo, 2016


la lagartija


Mi abuelo odiaba a las lagartijas. No le gustaban y le gustaba matarlas. En mi último sueño me obligaba a cazarlas, pero en secreto las liberaba de todas sus trampas. Me descubrió y con un fuete azotó mi espalda. Desperté aliviado aunque sudando. Me miré al espejo sintiendo un fuerte suceso. Luego de arreglarme salí del cuarto y ahí estaba, quieta, una pequeña lagartija grisácea de ojos extrañamente profundos.

Fallé en mi primer intento de atraparla; tenía que hacerlo, alguien podría pisarla. En el segundo intento la cargué pero de un brinco escapó de mí y cayó de panza al suelo. Volví a atraparla para finalmente llevarla, con mucho cuidado, al jardín. Y me fui a Coyoacán, a la escuela de teatro, pensando en ella.

El tema en clase era el concepto de panóptico, el utilitarismo de Bentham y las relaciones de poder según Michel Foucault. ¿Qué es un dispositivo? Estamos montando “La causa de la causa” de Héctor Azar. Los ensayos son intensos y saliendo, a veces, vamos a un bar (donde te dan dos Tecate por 44 pesos) para destensarnos y conversar un rato sobre la puesta en escena. Muchas chelas y mucho rollo, y al final me encuentro caminando sobre Tres Cruces con un churro de mota en la mano. Salí del bar a las 23:30 horas y me encaminé a Miguel Ánguel de Quevedo. En la esquina conocí a un payaso.

La luz en rojo mientras él hacía malabares, unos autos le daban algo y otros ni lo pelaban. ¿Todavía pasa el camión? Simón, él también lo esperaba. Se puso nuevamente el alto y él siguió haciendo malabares. Llegó el camión y ambos subimos, casi iba vacío; me senté al fondo y el payaso se sentó a mi lado. ¿Te va bien haciendo malabares? Asintió mientras se despintaba. Siete años en el tambo y ahí se aprende de todo. Lo condenaron por madrearse a un ratero. Mientras hacía malabares en la esquina con Pacífico, un gandalla lo madrugó llevándose sus cosas. Nuestro amigo lo alcanzó y le dio una megamadriza. Brincó sobre su cabeza. Hubo un silencio y, finalmente, confirmó que le iba bien en los semáforos. Ya se compró un terreno, dice, en Bosques del Pedregal.

Me despedí en Insurgentes para tomar el metrobús, estación La Bombilla; los lectores de tarjeta apagados y el paso libre de los torniquetes. Levanté la vista y un policía me dijo con la mano que me pasara. Gratis por la contingencia ambiental. Subí al metrobús y en la televisión pasaban una serie de imágenes del día de muertos y subtítulos explicando la tradición. Suspiré hondo. Luego una cápsula sobre la campaña racista de Donald Trump. Miré por la ventanilla y el agotamiento en el reflejo de los pasajeros, miré mis ojos y yo también. Descendí en Perisur. Caminé pensativo y la luna guiaba mi sombra, una nubes a lo lejos se movían a toda velocidad. Mi mente sintiendo todo el peso del día.

Llegando a casa entré directo a la cocina y abrí el refrigerador. La última cerveza. Se me quitó el hambre y fui a mi cuarto a fumar un cigarro. Sin embargo, justo antes de entrar me reencontré a la lagartija, quieta, en el mismo lugar que la había encontrado en la mañana. Mirándome con sus ojos extrañamente profundos. ¿Qué quieres? En eso sonó el teléfono. Había muerto mi abuelo.


***

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Referencias: