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La luna de las salamandras

Letras La luna de las salamandras

 

Al centro del jardín hay una fuente enmohecida. En ella, coágulos verdosos en el agua apenas permiten que la luna pueda reflejarse, pero el cielo sin nubes deja que una luz espesa ilumine la noche. Así, pormenores que de otra forma no se apreciarían se vuelven evidentes. Se exalta el color amarillento de la hierba enferma que crece por doquier. Maleza que ha perdido su color primigenio revela el abandono. El gris ruginoso de los bloques que componen el borde de la fuente contrasta con los tonos amarillos y negros de un par de salamandras que se persiguen encima de esa superficie. La luz selénica las hace brillar como a demonios abrasados por llamas que se avivan en cada movimiento durante esa especie de danza junto al agua, al centro del jardín desolado. Se enciman, se doblan, luchan, hasta que uno de los animales se deja someter por el otro en un evidente juego salvaje. La salamandra más grande envuelve con las llamas dibujadas en sus costados a la de menor tamaño y poco a poco va aquietándose. Mientras, el animal conquistado, la hembra, se abrasa al ser que la domina con una actitud similar a la ternura; sus dedos recuerdan acaso a los de algunos humanos recién nacidos al prenderse de la madre, algo que hacía ver menos cruel a aquella raza extinta. Luego, reinician su correteo. No hay más ruido que el producido por ese retozo, ese baile que incendia el borde de la fuente; algunas veces las colas de los amantes hacen chapalear el agua y sobresaltan la habitual quietud del huerto, la inmovilidad abrumadora que parece surgir desde una casita situada al fondo del lugar, invadida por la maleza. Es una habitación sencilla, de una planta, que evidentemente fungió, en otro tiempo, de dormitorio para el jardinero de la casona. Expele un aire triste, con su única ventana y la puerta angosta y entornada igual que el hocico de un animal muerto. Tras los cristales quebrados todavía se conservan las cortinas que el trabajador usaba en su cuarto de dormir; también permanece la abertura central de esas telas bastas, recurrente en las noches con luna, por la que el jardinero espiaba a «Luz», como él la apodaba a su patrona. Esas ocasiones ella paseaba insomne, cantaba tonadillas improvisadas, trozaba ramitas de los árboles y las prendía a su cabello, sus pies descalzos hacían crujir la hojarasca; rondaba sin propósitos claros por el parterre, se descubría los hombros y a veces los senos ajados pretendiendo recibir un baño de rayos lunares, sin parar de canturrear. El hombre se había acostumbrado a presenciar tales paseos y a descubrir en ella, durante esos trances, una cierta belleza desconocida de día, siempre enfundada en ropajes toscos debido a un duelo secreto que no le permitía usar afeites ni procurar su aspecto. Él disfrutaba esas caminatas más que la mujer; se resguardaba detrás de las telas entreabiertas desde las que apenas se insinuaban unos dedos ásperos, trémulos, y se adivinaba una mirada cargada de deseo, dirigida hacia la fuente en la que ahora, después de la extinción, un par de salamandras se aman y se adueñan del jardín, de las sombras y de la luna, ajenas a esa abertura desde la que aún parece escaparse un fisgoneo; tal vez las cortinas se muevan a causa de alguna ventisca débil que se cuela por las fisuras o quizá todavía se conserve tras ellas el deseo de la presencia aquella, envidiosa, anhelante.

 

 

Este es uno de los cinco cuentos que conforman la colección inédita Chismes del fin del mundo, escrita por José Luis Enciso. 


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