La maldición del Doctor Caligari: cómo perderlo todo en tres días
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La maldición del Doctor Caligari: cómo perderlo todo en tres días

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Por: Alejandro Arroyo Cano

17 de octubre, 2016

Letras La maldición del Doctor Caligari: cómo perderlo todo en tres días
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17 de octubre, 2016





Queridos amigos, les vengo a contar una trágica historia que me cambió la vida. Todo inició hace un par de días cuando mi novia me obligó a presenciar un evento de magia y hechicería sin precedentes. El acto principal consistía en que el brujo usaría sus poderes de adivinación para responder cualquier pregunta del público. Lo acepto, soy un escéptico amargado que se rehusa a creer todos los conocimientos que surgen del universo de Harry Potter y la adivinación era uno de ellos. Como ella lo sabía muy bien, me quiso jugar una mala treta e involucrarme en aquel juego espurio. Mi queridísima Dulcinea le preguntó al adivino: "Oh gran señor de las artes ocultas, tú que sabes todo (y si no lo inventas, agregué en voz baja), dinos cuándo morirá el honorable caballero que esta noche me acompaña". De pronto, ante la pregunta hecha, el brujo entró en un trance siniestro. Se alzó un par de centímetros sobre el suelo, escupió fuego y pronuncio con una voz de ultratumba: "Al amanecer del tercer día". 

Tras expresar la sentencia, una ventisca de tierra caliza cubrió todo el escenario. Todos tosimos y cerramos los ojos. Cuando la tormenta cesó y el paisaje se hizo visible de nuevo, aquel hombre había desaparecido. Así fue como me lanzaron la maldición del Dr. Caligari. 

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¿Qué podía hacer al respecto? Era indudable el halo mágico y macabro que rodeaba a ese hechicero. Incluso llegué a pensar que se trataba de un acontecimiento del mismo infierno. Yo no creía pero lo vi con mis propios ojos y, lo que es peor, estaba sentenciado a muerte.

Al siguiente día traté de llevar mi día con normalidad, pero el fétido olor Tártaro me perseguía a todos los lugares. ¿Sería posible que en verdad muriera? Mi novia trató de calmarme diciéndome que ella misma vio el cable con el que se suspendía el supuesto hechicero y justificó la llamarada de fuego con un antiguo truco de los gurús de la India. En resumidas cuentas, me dijo que todo era un farsa y que siguiera viviendo de manera habitual.

Qué fácil para ella era decirlo. Su cabeza no es la que corría peligro. En cambio yo estaba con un pie en el más allá. Sólo faltara que alguna de las tres Parcas que habitan en las sombras cortaran el hilo de la vida y me arrastraran a la oscuridad donde descansan las almas en pena.

La idea de morir no podía salir de mi mente y pronto me dejé devorar por la angustia.
Ese mismo día renuncié a mi trabajo. Saqué la tarjeta de crédito que estaba guardada bajo el colchón y compré cuanta cosa había querido en mi vida, lo cual incluía por supuesto, un auto deportivo.
Cuando llegué a casa sobre el flameante y lujoso móvil, mi mujer se alebrestó y dijo que la locura se había apoderado de mí. Claro que no –le dije–. Sólo estoy cumpliendo todos mis sueños antes de morir.

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Cuando llegó el segundo amanecer ella me abandonó. Vació sus cajones, agarro a nuestra mascota llamada Beethoven y se llevó la pequeña caja fuerte con todos nuestros ahorros, que para ese entonces ya sumaban (creo) cantidades exorbitantes. Lo único que me dejó fue una nota sobre el parabrisas del auto. Con una caligrafía en extrema agresiva me dejó el siguiente mensaje: "Eres un papanatas fatalista, trágico y bobo. Nunca te ibas a morir porque todo fue una mentira. Aquel "siniestro" hechicero se llama Raúl, un hombre que conocí en mi retiro de yoga. No sé cómo demonios vas a pagar tu chiste pero ni yo ni Beethoven nos quedaremos a presenciarlo. Adiós".

Cuando terminé de leer sentí que las llamas del infierno quemaban mi pies. El corazón se me hizo chicharrón y se me cortó la respiración. El golpe fulminante llegó enseguida. Al voltear la hoja había otra leyenda: "Por cierto, te manda saludos Raúl". Ahora sí, muerto en vida.

Les escribo desde mi casa vacía mientras una deuda multimillonaria perfora mi cordura. Estoy solo con una vida miserable, todo por ser un fatalista, tragicopapanatas y absurdo pensador que se dejó llevar por una ilusión.

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Referencias: