La mañana después de una historia de amor
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La mañana después de una historia de amor

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Por: Cultura Colectiva

30 de noviembre, 2018

Letras La mañana después de una historia de amor
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Por: Cultura Colectiva

30 de noviembre, 2018

Checa esta versión de la leyenda urbana que advierte cuáles son los riesgos del sexo casual y mejor ándate con cuidado en esos encuentros de una noche.

Texto escrito por: Rubén Monasterios


La leyenda usada como argumento básico de este relato: Una historia de amor efímera, se origina y rueda por todo el mundo a partir de la aparición del SIDA en la década de los ochenta. Cuando se llamaba a la enfermedad el “cáncer gay”, aunque ya había indicios de que también podía transmitirse mediante relaciones heterosexuales.


Me interesó la leyenda en cuestión por ser tan similar a la forma clásica de la tradición oral, con intención didáctica; su moraleja está implícita, para ser entendida por cualquiera, los educadores sexuales la resumirían con el proverbio ‘practica el sexo seguro’.

La mañana después de una historia de amor 1

En ella se percibe un sentimiento de angustia de la civilización del momento; revela el miedo vigente por la emergencia del SIDA, con toda su carga de mitología y execración religiosa de la sexualidad, pues la enfermedad afloraba precisamente después del fenómeno cultural de la Revolución Sexual, y parecía venir a confirmar la idea de que Dios odia al sexo, imponiendo un castigo espantoso por su práctica desaforada.



Una historia de amor efímera    

Era fresca la tarde. Perdido en la muchedumbre solitaria, marchaba a buen paso, hacía lo que todos los demás, sólo llevado por el condicionamiento del hombre citadino; no tenía ninguna tarea pendiente, nadie lo esperaba.


Recorrió las dos cuadras  de distancia entre el centro comercial posmoderno y el vetusto edificio Galipán, yendo hacia el bar donde encontraba refugio después del día de trabajo. 


En su mente resonó el piano de media cola tocado por el mulato Tonio, jamás ausente, siempre enfundado en su raído smoking, tecleando en clave de blues, de jazz, manoseando a su antojo alguna balada romántica de moda. Saboreó anticipadamente el placer de estar ahí, al fin relajado, sin la presión urbana, sintiéndose fuera de la modernidad, como si hubiera hecho un viaje al pasado con el sólo hecho de atravesar la puerta; una puerta siempre cerrada. Uno debía tocar un timbre, alguien echaba un vistazo y te abrían; no, no era un club privado ni un local exclusivo, sólo se trataba de una norma arbitraria.


La mañana después de una historia de amor 2


Entonces entraría en una atmósfera old fashion, un establecimiento de vagas evocaciones eduardianas, acabado en madera de caoba, con un aroma particular a tabaco, whisky y coñac; un olor a cosa añeja, noble, el único establecimiento de su tipo sobreviviente de la década de los cincuenta en la ciudad. Sus martinis y manhattans no tenían igual, y ahí acudían los afectos a esos cocteles; hasta turistas bien informados se dejaban ver de vez en cuando. A diferencia de otros bares presuntuosos, en los que rige la absurda norma de admitir damas “sólo acompañadas por caballeros”, en éste son bienvenidas; claro, en cuanto su apariencia fuera distinguida.


El ambiente en sí mismo operaba como filtro, rechazando a las zarrapastrosas y las de notorio aspecto de putas; el establecimiento se había adaptado al concepto de piano-bar ‘de solteros’, vale decir, un lugar elegante y discreto, favorecedor de los encuentros entre personas de cierta clase.


Le gustaba ir a ese sitio sin proyecto alguno, sin rechazar la posibilidad de una aventura; ya antes se había cruzado en ese bar, en la barra, con damas atractivas y favorablemente dispuestas. El recuerdo agridulce pintó un dejo de nostalgia en su rostro: ahí había empezado uno de sus romances prolongados; aunque la mayoría de las veces no ocurría nada, pero ¿qué importaba?


Bebía su par de manhattans -“con Jack Daniels, por favor”-, su límite, en un tiempo promedio de dos horas; se marchaba a eso de las siete, cuando el tránsito se había vuelto razonablemente descongestionado, Entonces volvía sobre sus pasos, hasta el centro comercial, abordaba su carro y en cosa de minutos estaba en su apartamento.


La mañana después de una historia de amor 3

    

La vio en el curso del segundo sorbo de su coctel. Le gustó su estilo: la manera como tomaba una aceituna con  la punta de los dedos y la mordía perezosamente en un extremo; llamó su atención la cierta sombra de desdicha envolviéndola; esa impresión ─¿una ilusión suya, una intuición?─ trajo a su mente aquel melancólico:


Adiós tristeza./ Buenos días tristeza./ Estás inscrita en las líneas del techo. / Estás inscrita en los ojos que amo./ Tú no eres exactamente la miseria, / pues los más pobres labios te denuncian / por una sonrisa. / Buenos días tristeza. / Amor de los cuerpos amables, / potencia del amor, / cuya amabilidad surge /como un monstruo incorpóreo. / Cabeza sin punta, / tristeza bello rostro.


Sintiéndose atisbada, la muchacha le deparó una mirada rápida y volvió a concentrarse en su trago; él creyó percibir un rastro de sonrisa en sus labios. No estaba seguro; podía haberla imaginado.


Lucía melenita castaña y rasgos faciales bien proporcionados, correspondientes a la dimensión áurea, pensó; su trasero en forma de manzana se destacaba por la posición sedente en el taburete de la barra. Ocurrió otro cruce de miradas, esta vez un tanto más cálido, pasó el tiempo, y ella seguía sola; esa circunstancia y el inicio del segundo manhattan lo animaron a abordarla. Ambos bebían el mismo coctel, feliz coincidencia; podía servir de punto de partida y así fue.


Con el tercer manhattan ya charlaban amigablemente; desde luego una plática superficial, sin aportar datos más íntimos. El tiempo voló y llegó una hora adecuada para cenar; la invitó a un restaurante italiano próximo al bar, la chica aceptó de buena gana.

La mañana después de una historia de amor 4

Como por obra del azar, las manos se rozaron una y otra vez y terminaron entrelazadas, en un rincón sombrío del estacionamiento se dieron el primer beso, húmedo y profundo. La muchacha no objetó su proposición de tomar la última copa en su apartamento.


La pasión no les dio tiempo de compartir el trago; apenas cerraron la puerta a sus espaldas se enredaron en un abrazo y en el sofá, a medias desvestidos, consumaron su primera entrega recíproca.


Mitigado el ardor de la llama que quema sin consumir del todo, volvieron a hacer el amor, ahora con sosiego, recreándose en exquisiteces eróticas. Cada uno bebió del otro en todas las fuentes del amor; sugirió ella la entrega anal y entre gritos ahogados, ayes y suspiros fue debidamente complacida. Varias veces cumplieron su vuelo hacia la eternidad, hasta la extenuación del cuerpo y el espíritu; entre lamentos y risas hicieron una súplica del corazón en el mar de amor, deleitable, sin fin.


Se despertó presa de una vaga ansiedad, ella no yacía a su lado en la cama ni se encontraba en ningún otro lugar del apartamento; confundido, buscó aquí y allá alguna señal de la muchacha, quizá un mensaje. Súbitamente advirtió que lo  único que sabía de ella era un nombre, porque ni el teléfono; nada encontró.


¿Cómo pudo irse así, sin despedirse, sin dejar una nota, cuando anoche parecía tan dulce, tan entregada, tan enamorada? Sólo sabía su nombre, bueno el nombre que le había dado, ni un dato más. Entre resignado y amargado reflexionó mientras se dirigía al baño: “¡Hay gente rara en este mundo! Ese será su juego, el juego perverso de pasar por la vida de los hombres como un ensueño; usarlos una noche y a continuación desecharlos”.

La mañana después de una historia de amor 5

Se percibió a sí mismo como una toallita kleenex. “¿Cómo llamarán los sexólogos esta desviación de la conducta sexual humana? ¡Esta ciudad está llena de locos!”, concluyó, disponiéndose a olvidar el incidente, entrando al baño a rasurarse.


Y he aquí que siente en su corazón en helado zarpazo del horror al leer lo que, en efecto, era el mensaje de despedida de su amante de la noche anterior; claramente escrito en el espejo con lápiz labial, decía: Bienvenido al mundo del SIDA.



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Referencias: