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La muerte en Venecia de Thomas Mann (1ª parte)

Letras La muerte en Venecia de Thomas Mann (1ª parte)

La muerte en Venecia… o en cualquier otro lugar del mundo.

 

"La palabra sólo puede celebrar la belleza, no reproducirla".  - Thomas Mann

 

Nunca he estado en Venecia; que sí en Florencia, que sí en el Mediterráneo, que sí en un lugar donde la muerte apesta en las calles y la gente miente para ocultarla, que sí donde el deseo carcome las entrañas. Además, he leído los limpísimos versos prosados de Thomas Mann al respecto y, aunque podría parecer que no se antoja visitar esas callejuelas embrujadas, la gana de ver de frente, a los ojos, a la majestuosa muerte que en sus páginas colorea los cielos venecianos de un gris insoportable, no podría ser más potente en mi alma.

 

Como a Mann, como a Aschenbach, después de estremecerme de placer cuando mi espíritu se inclinó, reverente, ante la belleza contenida deliciosamente en sus líneas, franqueada por los inquilinos de una mitología olímpica viva a lo largo de sus hojas, me asaltó un deseo inmenso de escribir.

 

 

La muerte en Venecia, un exquisito vaivén de descripciones y sentencias demoledoras, un constante subibaja entre el pasado y el presente, entre el hado inevitable que nos cobija y el libre albedrío, nos lleva de la mano, ya no a leer, sino a vivir, sentir y encarnar la escritura, el viaje, la belleza y finalmente, la estocada última: la muerte. El lector, si acaso, apenas, sobrevive.

 

 

Dicen las malas lenguas que, en efecto, Mann estuvo alojado en el Hotel de los Baños de Venecia con su mujer y uno de sus hermanos, en 1911, año en que se publicó la novela en cuestión. En la habitación vecina, en la mesita del desayuno y en la playa contigua, lo acompañó un niño polaco de 11 años. Era angelical, según cuentan. Luego de las páginas, el relato llegó a la pantalla a manos de Visconti y, a la ópera, gracias a Britten.

 

El escritor

 

Fue difícil para mí, como seguramente también lo fue para otros lectores, distinguir al Mann escritor del Mann narrador, de Aschenbach, de mí misma. Sentí mi corazón, como todos los anteriores, latir de miedo y de enigmáticos deseos. Y dieron las tres de la mañana, como es costumbre, y al leer esa sentencia la respiración se detuvo y no pude más que vivirla, como la escribe Mann: esa preocupación, tan propia de los artistas, de que la arena del reloj pueda escurrirse antes de que hayan culminado su tarea y logrado su plena realización. ¿Qué no así vivimos los hombres? Angustiados por el tictac que marca el paso incansable del tiempo, incompletos, insatisfechos, inacabados.

 

 

La reflexión para aquél que dedica su vida a la escritura es patente y aunque totalmente intencionada, fluye en la lectura, sigilosa, cavando en el espíritu y en el intelecto, hasta que uno se detiene por un vaso de agua, un cigarro o un poco de aire fresco y entonces detona: ¿No es el escritor, el poeta, como dice Huidobro, un pequeño Dios? Mann, a su manera, con sus palabras particulares lo pregunta también en la novela: “¿No operaba también en él, cuando, impulsado por una sobria pasión, liberaba de la masa marmórea del lenguaje la esbelta forma que había contemplado en su espíritu y la ofrecía a los hombres como imagen y espejo de la belleza espiritual?” Lo divino permea la vida diaria, lo profano es un invento para clasificar cuestiones que son inseparables. Escribir es adentrarnos a lo sagrado y devastar; es devastarnos, en su acepción más pura: desprendernos de aquello que nos sobra, esculpir la belleza que contiene el universo y, para eso, la orilla letal de la palabra que anuncia Gorostiza no es la mejor, sino la única herramienta.

 

 

 La muerte en Venecia de Thomas Mann (2ª parte)

 

La muerte en Venecia de Thomas Mann (3ª parte)

 


Referencias: